Una olla a presión en las entrañas de las finanzas desreguladas amenaza con explotar. Los inversores-acreedores empiezan a inquietarse. Una crisis provocaría una reacción en cadena devastadora para una economía ya debilitada por el aumento de los precios de la energía y el temor a la iliquidez de los colosales fondos invertidos.
Los marineros de alta mar la llaman “la ola asesina”. Se trata de una monstruosa anomalía de la mecánica de fluidos oceánicos, una enormidad que se destaca en medio del mar, por muy embravecido que esté. Nada supera a “la ola asesina”; incluso los petroleros o los buques cargueros más pesados le temen. Si se confirma la conjunción de tendencias, tanto financieras como económicas, que actualmente están en marcha, quizá pronto nos enfrentemos a algo equivalente. Las crisis financieras anteriores procedían de un único compartimento, bien identificado: los créditos hipotecarios titulizados en el caso de la crisis de las hipotecas subprime en 2007-2008, las acciones de las empresas puntocom en el caso del colapso de Internet en 2000-2001. Aquí, la alarma suena en los cuatro puntos cardinales del planeta simultáneamente. Mientras tanto, en Estados Unidos, un poder político desquiciado está fabricando de la nada una gigantesca crisis petrolera en el Estrecho de Ormuz, de la que resultará una combinación particularmente violenta de recesión global e inflación. Se busca una conjunción de planetas similar a la peor de la historia del capitalismo, sin encontrarla.


