Entre fríos discursos leídos y arañazos de tigre, Colombia asoma a un nuevo abismo electoral esperando milagros, mientras el miedo al futuro dicta la pauta del voto en defensa propia y las encuestas prometen descifrar si la ilusión del “cambio” será suficiente para vencer al atávico fantasma del comunismo.
En el país del Sagrado Corazón de Don Jediondo y Karol G habrá elecciones. Un país donde se tiende a tragar entero, sin saborear, prestándole poca atención al olfato. Y se asiste con impavidez a la impunidad con que se roban, entre otras, las palabras Libertad, Cambio, Dignidad. Un país que enciende velas cuando juega su selección de fútbol, ansiando goles milagrosos que le alegren la vida, así como espera que el próximo gobierno resuelva algo de lo mucho que ningún gobierno le ha resuelto en su vida. Fuera de toda duda razonable, se trata de un país con exceso de víctimas que no se rebelan y así devienen clientela de la esperanza, creyendo que algún día se tendrá algo diferente a lo que se vive gracias a eso que se elige.
En ese país, entre el verbo rector prometer, y el verbo rector defraudar, ocupa el palacio de gobierno un presidente que amparado en todos los creyentes que repiten “hay que darle tiempo”, insiste con que no lo dejan gobernar mientras indica a quién se debe elegir “por aclamación”, y por cuál consulta de izquierda no se debe votar. Lo respalda ese enamoramiento de, como mínimo, la tercera parte del país con él. Ese enamoramiento que alguien definió como un fenómeno neurobiológico caracterizado por la liberación de dopamina, oxitocina y serotonina, y que en este caso parece ser un no muy explicable fenómeno masivo.
Cuando más de 100 precandidatos se reducen a 3
Durante meses cada semana más y más personajes se incorporaban a la maratón, unos motivados por fantasías de poder hacer algo bien, otros por deseos de poder a secas, y otros por fantasías de contratos, comisiones, dinero para el sabroso buen vivir. Llegaron a ser más de cien. Luego, como era de esperarse, con la gimnasia de la realidad la cifra fue adelgazando, hasta que poco a poco se llegó a un tarjetón final que dista mucho del que se presentó para la elección presidencial peruana, donde 35 candidatos saturaron la capacidad del ciudadano para escoger luego de una prolongada crisis en la que se sucedieron ocho presidentes en los últimos diez años.
En la derecha, como en un ejercicio de fe, se mantiene Miguel Uribe, papá del Miguel asesinado no se sabe por orden de quién. Compitiendo con gestualidad militar, con garras de tigre therian destripador de izquierdistas y defensor de la patria de Uribe pero más, no cede espacio Abelardo de la Espriella, el exitoso abogado defensor de criminales varios, que si se esforzara con la imaginación para ir más lejos podría llegar a proponer hasta que en su gobierno quien viola la ley será juzgado con Inteligencia Artificial. Pero el patrón de la derecha piensa que no se puede confiar demasiado en ese muchacho, y que mejor Paloma, que es dócil, y su fórmula, que se adapta. Entonces tuitea para convencer despistados: “Paloma y Juan Daniel carecen de odios y resentimientos; defienden al ciudadano libre de la esclavitud del estado; son sencillos como el labriego y el obrero; organizados y ejecutores como los buenos empresarios; cumplidos como la mujer microempresaria; austeros y trabajadores como las familias de ingreso medio. Paloma y Juan Daniel son garantía para una Colombia libre y de bienestar”. Pero, así como se dice que la vida es muy corta para tener un matrimonio aburrido, se sabe también que una campaña electoral es muy larga para sostener las apariencias de un romance ideal. Es ahí donde asoma la fragilidad de la puesta en escena protagonizada por Paloma Valencia ocupando el rol del hombre de la casa por delegación de Álvaro Uribe, y Juan Daniel Oviedo en el papel de simpática pareja presidencial.
Mientras en cada una de las campañas de estas “atracciones” buscan detectar patrones, “insights” para conectar a la gente con sus candidaturas, es sabido que la mayoría del país, entre el enojo, la esperanza y la apatía, cuando vota lo sigue haciendo en defensa propia. Una defensa propia que se enerva por rutina ante la inseguridad, pero más ante esos escándalos mediáticos que señalan la corrupción de los políticos. Entonces, al tiempo que se reproducen los discursos que ofrecen luchar contra esa corrupción como camino para decidir el voto de la gente, vemos instalarse predeciblemente en ese discurso a Abelardo y Paloma, que señalan cada caso de corrupción en el gobierno Petro, pero no pueden evitar hacernos recordar aquí a Norberto Bobbio, que escribió: “El fascista habla todo el tiempo de corrupción. Lo hizo en Italia en 1922, en Alemania en 1933 y en Brasil en 1964. Pero el fascista es solo un criminal, un sociópata que persigue una carrera política. En el poder, no vacila en torturar, violar, robar pertenencias, libertad y derechos. Más que corrupción, el fascista practica la maldad”. Pero no es fácil imaginar esa maldad cuando el rostro que habla de la corrupción ajena inspira simpatía a quienes no miran más allá de TikTok o Instagram.
Reivindicando aquello de que la realidad supera a la imaginación, no reparando en errores cuando se trata de no quedarse fuera de la función, Iván Cepeda, el tercer sobreviviente del enorme pelotón inicial con posibilidades, promete que al día siguiente de asumir la presidencia se acabará la corrupción, lo que se interpreta como un querer desmarcarse del mal en el gobierno de quien lo eligió como sucesor. Entonces, jugando con esa realidad que supera a cualquier ficción, en una entrevista del canal RCN Roy Barreras, que pese a no tener mayor opción de triunfo sus cualidades le hacen seguir teniendo protagonismo en la escena, recoge el argumento de una novela de José Saramago, y le pregunta al país qué pasaría si ese más del 20% de personas indecisas respecto a por quién votar, tomaran la decisión de votar en blanco. Es que ese porcentaje que supera al de intención de voto por Paloma y por Abelardo, si votara en blanco pasaría a disputar la segunda vuelta con Iván Cepeda, cuya intención de voto lo muestra incuestionablemente allí, en segunda, y no en la presidencia “en primera”, pese a la fantasía del presidente actual.
Cuando al centro lo definen los miedos
El tema cada día más vigente en el escenario electoral es, en primer lugar, quien sabe captar la atención y tiene la capacidad y los recursos necesarios para sostenerla. En segundo lugar, despertada y sostenida la atención, el nuevo desafío es si con eso se es capaz de construir confianza. Aquí, creyendo disponer de esa confianza y disfrazado del rol que en el fútbol desempeña el líbero pretendiendo defender en el centro los buenos modales, reapareció, una vez más el profesor antioqueño, Sergio Fajardo, con el apoyo regional de grandes apostadores empresarios al poder. Primero trató con esa suerte de desgano conque se muestra ante las tentaciones, evocando en quienes atraviesan la tercera o cuarta edad el título de aquel drama Nouvelle Vague que dirigió hacia el final de los años 50 Claude Chabrol, El Bello Sergio (Le beau Serge). Luego aceptó la marcación que evidentemente le hizo su equipo estratégico, y salió en sus contenidos digitales con los guayos de punta, a mostrar qué había en esa garra sugerida por la expresión constante de malestar. Pero el escenario de la derecha jugando al centro ya tenía otros competidores más llamativos que él.
En cuanto al caso de Claudia López, que también ha intentado en distintos momentos el difícil equilibrio entre derecha e izquierda, fue obvio que el factor ansiedad le ganó: se instaló demasiado temprano en el partidor de la competencia, amagó feminizar su imagen para resolver resistencias que pudieran presentarse en regiones, luego regresó a su natural, y entre uno y otro ajuste cazó pelea innecesaria con la debutante por derecha Vicky Dávila, agotando la atención del honorable público en muy poco tiempo. Un público que se ha insistido en denominar “de centro”, “indecisos”, pero que si tiene una característica común, esa es el miedo. Miedo a perder lo poco o mucho que tiene, perder ingresos, perder trabajo, perder oportunidades, perder derechos, perder libertades. Miedo que se alborota cuando los extremos sacan a relucir su gran capacidad de irritación. Ese miedo que es una enfermedad de nuestra imaginación cuando explora la abstracción que llamamos “futuro”. Miedo que se escoge, aun cuando no sepamos cómo ocurre. Miedo ante el que no sirve pedir Señor, líbranos del mal aliento, del mal polvo, del mal eterno, para después tomarnos las manos y pedir Señor, líbranos del mal de los que piensan que el bien suyo debe tener un precio y es el mal de nosotros.
Y está Roy, el hombre liberal de izquierda, el que concretó las leyes para las víctimas, el que tanto contribuyó a despejar el horizonte para los acuerdos de paz en La Habana, el que fue fundamental para el triunfo de Petro en 2022 y luego consiguió unir al Congreso para aprobar el Plan Nacional de Desarrollo y la reforma tributaria. Roy, que empezó muy bien después de la embajada en Londres y un viaje a Tibet, donde se entregó a la meditación. Que regresó hablando con serenidad, recorriendo el país para escuchar, desgranando ideas sobre cómo desarrollar a Colombia para ser el gran país de oportunidades y justicia social que tanta gente merece y espera ver convertido en realidad. Como un predicador, espiritual, sereno, lúcido, perfilándose como el único capaz de unir al país. Estaba a un paso de sentir aquello de que todo llega cuando se sabe esperar, pero al poco tiempo dejó ver lo difícil que es desprenderse del pasado. Porque conservaba de su época anterior aquello que suelen tener quienes saben hacer quorum en el Congreso para hacer aprobar lo que hace falta aprobar, y no pudo con su historia. Puso un pie en Colombia y al día siguiente se dedicó a tramar la nueva versión de su partido, La Fuerza, montando una inflamable lista al Senado para acompañar su candidatura. Tan inflamable era la lista que se quemó el mismo día en que la consulta de izquierda, saboteada por el presidente y el Pacto Histórico, le dio a Roy ese débil triunfo de unos 250.000 votos.
Cuando las encuestas aturden, y se sueña con ganar “en primera”
La última encuesta Celag, divulgada a comienzos de abril, mostró que el 46,4% piensa que Colombia se está transformando en un mejor país, en tanto el 43,1% piensa que todo va por mal camino. Ambos resultados prácticamente coinciden con la imagen del presidente: 46,7% positiva, 45,1% negativa. Una imagen que el candidato del gobierno supera en positivo (48,8%) y lleva mejor en cuanto a imagen negativa (40,5%). Esta primera lectura apuntala el triunfalismo de la campaña de Iván Cepeda, que tiene en esta encuesta 40,5% de intención de voto, pero con el potencial de que podría llegar a votarlo el 50,9%, y así ganar en primera vuelta, algo que solo logró Álvaro Uribe Vélez. En esta misma encuesta, el 71,8% dice que ya decidió el voto, y eso indica que los indecisos, esto es los que no tienen claro qué les puede convenir o quién les produce más seguridades o menos miedos, nuevamente van a jugar un papel protagónico. Y ahí hay que ver que, en cuanto a las sensaciones sobre las elecciones que Celag muestra, la incertidumbre marca 24,4% y el miedo 8,7%, en tanto la ilusión 19,5% que podríamos pensar se puede sumar al Cambio, que registra 34,9%.
Es de aclarar que ese “cambio” tiene una doble lectura posible: cambio con respecto al actual gobierno, o cambio como la promesa de Petro, también de Rodolfo, que se votó en 2022. Es decir, ese cambio que necesita continuidad y, que algunos reclaman a este gobierno, cuyas intenciones hechas de “reformas” naufragaron en el Congreso. Para ponerle luz a la inocencia de algunos, también aquí debe observarse que cuando la gente quiere “cambio”, quiere cambio, y no solo reformas que en el manoseo del Congreso se convierten frecuentemente en colchas de retazos.
Y es de advertir también que, así como en los últimos años las encuestas firmadas por encuestadoras como Guarumo o Atlasintel, tanto como otras, tienden a mostrar resultados que entusiasman a la derecha, también ocurre que, históricamente, las encuestas de Celag salen como hechas a la medida para estimular ese mismo entusiasmo en la izquierda. Lo cual, en ambos casos, no implica que la realidad corrobore luego esos resultados. Entramos entonces a la alta posibilidad de que no haya un ganador definitivo, y que se pase a una segunda vuelta. Celag encuentra ahí que Cepeda será un holgado ganador, en tanto otras encuestadoras muestran lo contrario o un resultado de empate, esto es en el margen de error. Y surge la pregunta sobre el por qué un candidato tan bien perfilado en la encuesta que comentamos, puede entrar en crisis en el escenario de segunda vuelta.
Respuestas posibles: una, la escasa capacidad para seducir indecisos de un hombre con aspecto permanentemente triste; dos, en una dirección vecina de la anterior, la falta de cercanía con la gente común de un candidato que se percibe cerrado en sí mismo, cuya imagen evoca el duelo de la Colombia de un cuarto de siglo atrás, y la campaña en que Horacio Serpa parecía un ganador seguro para luego salir derrotado por el peso del pasado reciente, el Caguán, la orgía paramilitar y la irrupción de Uribe ofreciendo más mano firme que corazón grande. Además, un candidato que llega al extremo de leer sus discursos en plaza pública, y se niega a participar en los debates frente a los otros candidatos, como si no tuviera más argumentos que los que alguien puso en los papeles que lee.
Una tercera respuesta, la tendencia hacia el país en blanco y negro, los unos contra los otros y el voto defensivo activado por la increíble permanencia como herramienta efectiva del trasnochado argumento de la derecha sobre todo candidato alternativo tildándolo de castrochavista, ese miedo visceral que esta vez puede apuntar con mayor precisión señalando “comunista”. Y eso tomando como referencia el pasado familiar del candidato, ser hijo de Manuel Cepeda, secretario del Partido Comunista cuyo nombre, para mayor énfasis, es hoy el que ha adoptado en el Valle del Cauca uno de los frentes de disidentes de los acuerdos de paz de La Habana. Un argumento al que sumarán como si fuera una lápida, la formación filosófica del candidato en Bulgaria, en tiempos de la Unión Soviética, más alguna cercanía suya con la Juventud Comunista, aunque se remonte a la adolescencia.
Es decir, en un país con miedo atávico al “comunismo”, un gran dedo acusador espantará indecisos señalando el peligro, al tiempo que otro dedazo indicará que el aspecto de salud frágil de este hombre, más los antecedentes de haber superado un cáncer que luego volvió, y eso como una posible tendencia que podría reaparecer, dejarían la presidencia en cabeza de Aida Quilcué, la lideresa indígena Nasa, lo que enciende alarmas en una parte del país que no ha podido o no ha querido salir del racismo colonial, donde la fuerza de esta mujer evoca bloqueos de vías, Mingas poderosas tomándose las ciudades, o temor a quienes tumbaban estatuas de los “héroes” oficiales, aunque esos no fueran Nasa sino Misak. Pero Cepeda tiene el brazo del patrón del gobierno para apoyarse. Y ese patrón promete bajar más el precio de la gasolina, y nadie cae en cuenta de cómo está volando el precio del barril de petróleo crudo, ni se habla de que las grandes refinerías están en llamas, ni de los precios de todo que también van a comenzar a volar como inflados con helio. Ni de lo impredecible que es el gran bravucón Trump. Pero ese candidato que en un principio no quería ser candidato, hasta que llegó ese momento en que te haces a la idea de que ya no te queda tanto tiempo como creías tener para esperar, ahora está convencido de que puede ganar en primera, porque lo dice Petro, y porque lo dicen en el primer anillo de la barra brava. Y ya solo queda esperar.
* Periodista, fotógrafo y estratega político



