Hasta hace relativamente poco ubicaba a Peter Singer dentro de la tradición liberal, junto a otros clásicos de la ética animal como Tom Regan y Gary Francione, aunque cada uno con planteamientos distintos. Creía además que su filosofía era esencialmente moral, desligada de la filosofía política y de la historia, así como de las ciencias sociales. Veía en su obra una falta de originalidad, cuya única aportación habría sido aplicar el principio utilitarista de maximización del placer y disminución del sufrimiento a los animales no humanos. ¡Qué equivocado estaba y qué injusto fui!
A cincuenta años de la publicación de Liberación animal, mi lectura de esta obra y de su pensamiento en general se ha transformado radicalmente. Singer es, en esencia, un pensador de la acción. Y lo es en un sentido literal: sus ideas solo cobran fuerza en el marco de la acción y de la historia.
No es casual que durante sus estudios en Oxford participara en el movimiento contra la guerra de Vietnam, al igual que en otras luchas como la defensa de migrantes y refugiados. De hecho, su tesis doctoral, publicada en 1973 –dos años antes de Liberación animal–, llevó por título Democracia y desobediencia. Por la misma época, entre finales de los setenta y principios de los ochenta, escribió y publicó un libro sobre Marx (1980) y otro sobre Hegel (1982). Fue un periodo de intensa actividad intelectual inseparable de su compromiso político. Paula Casal resume bien ese compromiso cuando afirma lo siguiente en la presentación de la edición en castellano de 1999 de Liberación animal:
“No se sabe cómo, pero aún parece sobrarle tiempo para protestar por las injusticias que expone en sus libros, para hacer sentadas dentro de una jaula en las plazas públicas o vigilias ante las peleterías, para ir a las manifestaciones y a las reuniones de las organizaciones que unas veces dirige y otras apoya como uno más, para trabajar en el partido de los Verdes Australianos y presentarse a las elecciones, e incluso para ser arrestado fotografiando cerditos en la granja porcina del Primer Ministro”1.
A todo esto debe añadírsele que Liberación animal se inspira en los movimientos de liberación característicos de los sesenta y setenta. Los movimientos por la liberación sexual, la emancipación de las mujeres, las luchas del llamado Tercer Mundo, entre otros, marcaron sin duda su pensamiento. Singer, que se reconoce como un intelectual de izquierda, no representa la continuidad del liberalismo clásico, sino la renovación de la izquierda. Es un exponente particular de la nueva izquierda. Por ello, su vitalidad política no puede disociarse de sus obras sobre Hegel, Marx y la desobediencia civil. Singer es, ante todo, un pensador de la libertad y de la lucha contra formas históricas concretas de opresión y explotación; y, en tanto pensador de la libertad, defiende una libertad irreductiblemente histórica y social, nunca meramente individual. Baste recordar que inicia el prólogo a la primera edición de Liberación animal con estas palabras:
“Este libro trata de la tiranía de los humanos sobre los no humanos, tiranía que ha causado, y sigue causando, un dolor y un sufrimiento solo comparables al que provocaron siglos de dominio de los hombres blancos sobre los negros. La lucha contra ella es tan importante como cualquiera de las batallas morales y sociales que se han librado en años recientes”2.
Este pasaje revela que aquello que molesta a Singer, en el fondo, no es simplemente el sufrimiento, sino la tiranía: la opresión y la explotación. Surge entonces la pregunta: ¿cómo se explica que Liberación animal sea un libro de ética antes que de sociología o de ciencia política?, ¿por qué apelar a lo justo en lugar de analizar los mecanismos que posibilitan la opresión y la explotación? No por ignorancia, sino porque sus libros de ética son libros para la acción, están escritos para intervenir en condiciones históricas concretas, en especial en el marco de sistemas políticos democráticos constitucionales o republicanos.
Mi tesis, a cincuenta años de la primera edición de Liberación animal, es que el discurso moral singeriano siempre ha tenido un fundamento histórico-político. Este fundamento no es otro que la acción política, incluida la desobediencia civil, propia de los sistemas democráticos donde la igualdad se erige en principio fundamental. La denuncia de las formas de discriminación, correlato de la desigualdad, la opresión y la explotación, es la principal vía de denuncia legítima en contextos que se presumen democráticos, en comunidades estructuradas en torno al principio de igualdad. Pero esto solo puede comprenderse plenamente si leemos Liberación animal junto a sus obras sobre Marx, Hegel y la relación entre democracia y desobediencia.
De Hegel, Singer aprendió que la sociedad no es una suma de individuos, sino una totalidad orgánica en constante movimiento; que la libertad solo es posible dentro de una comunidad política con fundamentos éticos; que el desarrollo de la conciencia individual no se opone sino que se acompasa al de la conciencia de la totalidad social; que esta dialéctica de la libertad individual y social implica criticar la alienación y, con ello, comprender no solo nuestras preferencias, sino también las razones y condicionamientos que nos llevan a preferir lo que preferimos en el marco de la red de relaciones que nos constituye; y que, no menos importante, nuestras abstracciones solo adquieren pleno sentido a la luz de la historia y del devenir de lo social.
De Marx aprendió, por su parte, que la historia no es solo expansión de la libertad entendida como libertad social, sino que progresa a través de luchas y contradicciones. Comprendió así que la lucha es uno de los motores de la liberación. También aprendió que existen constructos ideológicos que legitiman, normalizan y reproducen las situaciones de opresión y explotación, y que, por lo tanto, estas son indisociables de los prejuicios y del sentido común. De ahí que señale en el último capítulo de Liberación animal:
“cuando se menciona a los animales de granja en los libros de ilustraciones o en los cuentos y en los programas de televisión infantiles la evasión puede convertirse en un intento deliberado de engañar al niño sobre la naturaleza de las granjas modernas y, por tanto, de ocultarse la realidad que analizamos en el capítulo 3”3.
De Marx, Singer también aprendió a valorar la perspectiva de las y los oprimidos, a producir un conocimiento práctico y terrenal, y a vincular la liberación con el desarrollo de diversas capacidades. Su lectura de Marx y Hegel está, por supuesto, impregnada de racionalismo y empirismo propios de la tradición anglosajona, pero eso no lo convierte en un mero reformista liberal.
Junto a autores como Rawls, Habermas o Arendt, Singer sostiene que en los sistemas democráticos constitucionales el legalismo procedimental y la regla de las mayorías no bastan, la democracia presupone además participación y consentimiento. Sin embargo, esto último implica que desobedecer la ley resulta más difícil de justificar que en sistemas autoritarios. Ahora bien, si la ley y la formación de mayorías conllevan una injusticia de base para con las minorías –entendidas no en términos numéricos, sino de poder–, entonces lo que se está violando es el fundamento mismo de la democracia: la igualdad. La desobediencia se justifica, por tanto, como medio para poner de manifiesto una desigualdad estructural asociada a la opresión y la explotación.
No obstante, la desobediencia debe estar orientada no a coaccionar, sino a transformar el sentido de justicia de las mayorías. Así, en el caso de la lucha contra el especismo, la apelación a la moral representa un movimiento estratégico en el marco de una democracia constitucional, a saber, está orientada a legitimar la desobediencia y a transformar las condiciones materiales y el sentido de justicia de la sociedad. De ahí que esa desobediencia deba ser no violenta, no por adhesión a una moral pacifista universal, sino porque en sociedades democráticas los medios más eficaces no son las bombas ni la coacción, sino la justicia de la causa: “nuestras posibilidades de victoria se encuentran en la justicia de nuestra causa y no en el miedo a nuestras bombas”4. Aunque, en contextos profundamente autoritarios, podría pensarse que la conclusión es distinta.
Si no se apela al sentido de justicia de la mayoría, la libertad no llega a ser social, pues no se modifica lo que Hegel llamaría el espíritu de la comunidad ni las condiciones materiales en las que Marx insistiría. Por eso Singer afirma que la liberación humana es también la liberación animal. Esta concepción de la libertad lo acerca más a las tradiciones socialistas y colectivistas anarquistas que al liberalismo clásico, para el que la libertad equivale a mera ausencia de impedimentos externos.
En todo caso, Singer se distancia de las tradiciones socialistas, especialmente de las marxistas, al sostener que existe un resquicio de naturaleza humana que solo la biología puede iluminar y no la sociología. De allí su llamado a un “darwinismo de izquierdas” orientado a comprender las inclinaciones biológicas humanas, de manera que, si descubrimos tendencias hacia la competencia antes que hacia la cooperación, estas puedan corregirse y ajustarse a una dinámica cooperativa. Aunque Singer no sea el liberal que muchos piensan, sino un teórico de la nueva izquierda y un demócrata radical, su aproximación a las ciencias biológicas es todavía insuficiente y su comprensión de las estructuras psíquicas, sociales y simbólicas resulta aún superficial.
El movimiento de liberación animal está llamado hoy no solo a fundamentar histórica y políticamente el concepto de especismo, sino también a comprenderlo como un orden de poder histórico. Está llamado a explorar la estructura misma del deseo, de lo simbólico, a cuestionar la dicotomía entre ciencias naturales y sociales y a introducir en sus tácticas la ficción, no en oposición a la constatación de lo real, sino como fuerza creadora de realidad. La ciencia nunca ha sido meramente descriptiva, y no solo porque desempeñe un papel ideológico –que también lo tiene–, sino porque crea realidad.
El movimiento, finalmente, está llamado a desplegar tanto una macropolítica en defensa de los derechos de los animales, como una micropolítica de los devenires-animales capaz de transformar radicalmente nuestra cotidianidad. La pluralización no identitaria del veganismo es un buen indicio de ello.
Un camino interesante lo había abierto ya en 1965 la intelectual, artista y ensayista Brigid Brophy, con la publicación de su artículo “Los derechos de los animales”, del cual celebramos sesenta años durante el 2025. Sirva entonces este texto como homenaje cruzado a Brophy y Singer, y como una invitación a resituar el pensamiento singeriano a la luz de nuestras propias condiciones históricas y políticas.
1. Singer, P. , Liberación animal, Trotta, 1999, p. 13.
2. Ibíd., p. 19.
3. Ibíd., p. 263.
4. Ibíd., p. 32.
** Una primera versión de este artículo fue presentada durante el evento “50 años de Liberación animal: influencia y legado”, el cual se llevó a cabo el 25 de septiembre del 2025 y contó con la participación del propio Peter Singer. Les agradezco a Javier González y a Sandra Rojas, integrantes del Observatorio Animalista, su invitación a participar en este valioso espacio.
* Doctor en filosofía y politólogo. Docente universitario.



