En 1980, para resumir su visión de las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética, Ronald Reagan usó esta fórmula: “Nosotros ganamos; ellos pierden”. Doce años más tarde, su sucesor inmediato en la Casa Blanca, George Bush, se congratulaba por el camino recorrido: “Un mundo antes dividido entre dos campos armados, reconoce que sólo hay una única superpotencia: Estados Unidos de América”. Fue el fin oficial de la Guerra Fría.

Este período, a su vez, ya es pasado. La hora de su muerte sonó el día en que Rusia se cansó de “perder”, y estimó que su programado descenso nunca tocaría fondo, dado que cada uno de sus vecinos se veía sucesivamente atraído –o sobornado– por una alianza económica y militar dirigida contra ella. Por otra parte, el pasado marzo, en Bruselas, Barack Obama recordó: “Los aviones de la OTAN patrullan los cielos sobre el Báltico, hemos reforzado nuestra presencia en Polonia y estamos dispuestos a ir por más” (1). Frente al Parlamento ruso, Vladimir Putin asimiló tal disposición a la “infame política de la contención” que, según él, las potencias occidentales oponen a su país desde… el siglo XVIII (2).

Sin embargo, la nueva Guerra Fría será diferente a la anterior. Ya que, como lo reveló el Presidente de Estados Unidos, “a diferencia de la Unión Soviética, Rusia no lidera ningún bloque de naciones, no inspira ninguna ideología global”. La confrontación que se instala dejó también de oponer una superpotencia estadounidense que basa en su fe religiosa la seguridad imperial en un “destino manifiesto”, a un “Imperio del Mal” que Reagan maldecía además por su ateísmo. En cambio, Putin corteja –no sin éxito– a los cruzados del fundamentalismo cristiano. Y cuando anexa Crimea, recuerda de inmediato que es el lugar “donde fue bautizado San Vladimir […], un bautismo ortodoxo que determinó los fundamentos básicos de la cultura, los valores y la civilización de los pueblos rusos, ucranianos y bielorrusos”.

Tanto como decir que Moscú no admitirá que Ucrania se convierta en la base de operaciones de sus adversarios. Caldeado al rojo vivo por una propaganda nacionalista que incluso excede el lavado de cerebro occidental, el pueblo ruso se opondría a eso. Ahora bien, en Estados Unidos y en Europa, los partidarios del gran rearme superan la puja: proclamaciones marciales, avalancha de sanciones heteróclitas que sólo fortalecen la determinación del campo contrario. “Quizás la nueva Guerra Fría será aun más peligrosa que la anterior –ya advirtió uno de los mejores expertos estadounidenses de Rusia, Stephen F. Cohen–, porque, contrariamente a su predecesora, no encuentra ninguna oposición –ni en la administración, ni en el Congreso, ni en los medios de comunicación, las universidades, los think tanks– (3).” La receta probada de todos los engranajes… 

 

1. Discurso de Barack Obama en Bruselas, 26-3-14.

2. Discurso de Putin en el Parlamento ruso, 18-3-14.

3. Pronunciada en la conferencia anual Rusia-Estados Unidos, Washington, 16-6-14. Retomada en The Nation, Nueva York, 12-8-14.

 

*Director de Le Monde diplomatique.

Traducción: Teresa Garufi

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