El desprecio no es un sentimiento más, sino el combustible de las fuerzas de derecha que amenazan la democracia. Sutil y maleable, se propaga por la sociedad cruzando clases, géneros y geografías. Entender cómo funciona es central para evitar sus efectos devastadores contra el tejido social.
Multiforme y contradictorio, el sentimiento de desprecio excede el mero desprecio de clase y se vuelve la energía emocional de las fuerzas y los movimientos que amenazan a las democracias. En efecto, el desprecio (o lo que entendemos como tal) está en todas partes. Anula las críticas a la explotación, eje del pensamiento y la acción de las izquierdas, que de un tiempo a esta parte se ven amenazadas por los populismos.
No hay una sola huelga, movilización, manifestación o encuesta de opinión que no denuncie el desprecio de los dirigentes y las élites. “¡Automovilistas, les están mintiendo! ¡Ciudadanos, los desprecian!”, proclamaba una pancarta de los Chalecos Amarillos. El sentimiento de desprecio aparece y se desarrolla no sólo entre aquellos evidentemente más dominados y más discriminados. Gremios enteros son despreciados –docentes, personal de la salud, agricultores– , así como minorías, habitantes de los barrios populares y de territorios olvidados. Los electores son despreciados, al igual que los “franceses de fuste” que ven desaparecer su mundo, y también los televidentes que adhieren a las denuncias contra el “desprecio de las élites”.



