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30 años después de su muerte. Michel Foucault, el poder y la emancipación

A los 30 años del fallecimiento del pensador francés Michel Foucault, recordamos en este artículo sus deudas teóricas con Nietzsche, su teoría del poder y las posibilidades de libertad que tiene el sujeto para emanciparse en una sociedad determinada.

“El poder no opera en un solo lugar, sino en lugares múltiples: la familia, la vida sexual, la forma en que se trata a los locos, la exclusión de los homosexuales, las relaciones entre los hombres y las mujeres […] relaciones todas ellas políticas. No podemos cambiar la sociedad, a no ser que cambiemos éstas relaciones”.

Michel Foucault

 

Sus deudas con Nietzsche

 

Como el de Nietzsche, el de Michel Foucault es un pensamiento transgresor, inscrito en la tradición crítica, al mejor estilo de Kant y Marx, esto es, un discurso que lucha contra la autoridad, la heteronomía, pero también contra las ocultaciones, la dominación y el poder. La suya fue una “Historia crítica del pensamiento”, entendida como “un análisis de las condiciones en las que se han formado o modificado ciertas relaciones entre sujeto y objeto, en las medidas en que estas constituyen un saber posible”(1). De ahí su atención por la manera como el sujeto fue constituido y producido en la modernidad, por las formas de subjetivación que lo hicieron posible como “un sujeto que conoce”. Esto implicaba mostrar también cómo era posible que “algo” se convirtiera en objeto del conocimiento, ya fuera la locura o la sexualidad. Por eso el suyo es un planteamiento novedoso y diferente; en él no encontramos los clásicos discursos románticos sobre el acontecer histórico. Lo hecho por Foucault fue un irse al pasado, desenterrar los documentos y mostrarnos otra historia. El pensador francés fue un arqueólogo que nos permite ver la manera como se constituyen los sujetos a través del acaecer histórico. De su mano aprendemos que la historia no es benévola, sino, por el contrario, una trama de acontecimientos entretejidos que performan al sujeto de la modernidad y que, sin embargo, ofrece posibilidades de libertad, de emancipación.

Foucault fue un nietzscheano que prosiguió la labor iniciada por su maestro un siglo atrás. Nietzsche empezó una deconstrucción de la historia, de la civilización occidental cristiana; el filósofo alemán tomó su maletín de filólogo y se dedicó a escarbar, escudriñar, remover, hurgar en el pasado para así mostrarnos la forma como nacieron los valores, la moral, los deberes y las obligaciones, el cristianismo, la metafísica. Nietzsche y Foucault destruyeron muchos mitos, mostraron que lo que somos fue construido de una forma macabra y dantesca; develaron los fundamentos sobre los que se construyó la civilización, la falsedad de sus premisas. Decía Nietzsche: Casi todo lo que nosotros denominamos ‘cultura superior’ se basa en la espiritualización y profundización de la crueldad –esa es mi tesis” (2). En ellos el poder, el Estado, la sociedad aparecen desnudos de cualquier fetiche, mostrándose en su proceso de formación, de constitución. Foucault se ufanó de enseñar a pensar de otro modo, ese era su objetivo. Él mostró otra visión de los hechos; nos enseñó a observar el pasado de forma radicalmente distinta.

Los estudios de Foucault son profundos, minuciosos, están sustentados con una documentación extensa. En su tarea desenterró documentos, desempolvó pergaminos, escudriñó bibliotecas, sólo con el fin de mostrar cómo hemos llegado a ser lo que somos, esto es, mostró una “ontología del presente”, con la que podemos detectar los límites de nuestra experiencia y así apostarle a la creación de otros modos de ser, de otras subjetividades.

Es clara la influencia de Nietzsche en su obra, del cual tomó el método, la genealogía. Ese amor por desenterrar fantasmas e inquirirlos sobre cómo penetraron en la subjetividad hasta convertirse casi en instintos, fue una mirada que los dos compartieron. Nietzsche, en la Genealogía de la moral, aplicó a sus estudios históricos sobre los valores lo que él llamó la capacidad de ‘rumiar’, para hacer alusión a ese ejercicio de relectura crítica sobre la historia, actividad para la que se requería “ser casi vaca” (3). Foucault dedicó un escrito titulado “Nietzsche, la genealogía, la historia”, al estudio del proceder epistemológico del pensador alemán. De él extrajo ideas relativas a la historia, entre ellas, la desconfianza por la “quimera del origen” (4) y la participación de procesos de emergencia y procedencia en la constitución del presente. Foucault no creía en el origen de los sucesos, pues pensaba que suponer un origen era una postura metafísica, donde se acudía a presupuestos transhistóricos, suponiendo que existía ya algo de antemano como la identidad o ser y que el origen del evento era sólo una perfección de esa antesala preexistente al acontecimiento mismo. No hay un origen de las cosas, éstas emergen en las relaciones de fuerzas, en las prácticas; la religión, por ejemplo, no tiene un origen, sino que en un momento dado tuvo que haber ocurrido algo que la hizo aparecer. Foucault, de acuerdo con una interpretación que hace de Nietzsche, utiliza la palabra invención para reemplazar la palabra origen.

El conocimiento, por ejemplo, fue inventado. Dice Foucault: “el conocimiento no constituye el instinto más antiguo del hombre […] dice Nietzsche que el conocimiento está de hecho relacionado con los instintos, pero no está presente en ellos ni ser siquiera un instinto entre otros; el conocimiento es simplemente el resultado del juego, el enfrentamiento, la confluencia, la lucha y el compromiso entre los instintos. Es precisamente debido a que los instintos chocan entre sí, se baten y llegan finalmente al término de sus batallas, que hay un compromiso y algo se produce. Este algo es el conocimiento” (5). Esto no quiere decir que el conocimiento sea natural, por el contrario, es contranatural, es opuesto a la realidad, es una “entidad” diferente, surgió como producto del azar. No hay ninguna semejanza entre la naturaleza humana y el mundo por conocer. El conocimiento no es afinidad con el mundo, es lucha, tensión.

Foucault da el salto y verá el conocimiento como una relación de poder: “O sea, el conocimiento es siempre una cierta relación estratégica en la que el hombre está situado. Es precisamente esa relación la que definirá el efecto del conocimiento y, por ésta razón, será totalmente contradictorio imaginar un conocimiento que no fuese en su naturaleza obligatoriamente parcial, oblicuo, perspectivo” (6), este carácter perspectivo del conocimiento se debe a que hay relación de fuerza, hay batalla, hay un ángulo especial desde el cual nos acercamos al objeto. En esto, la concepción de la verdad de Nietzsche, entendida como efecto de poder, fue clave. De ahí que “la verdad no está fuera del poder, ni carece de poder […] produce efectos reglados de poder” (7). Por eso la educación, las ciencias, las ideologías, son productos del poder, pero también son perspectivas de verdad que crean o reproducen formas de control y dominación social.

 

Las relaciones de poder y las posibilidades de emancipación

 

Preguntémonos ahora: ¿qué entendía Foucault por poder y, paralelamente, cómo es posible la libertad para construir alternativas emancipatorias? Para Foucault en todas las relaciones sociales hay ‘relaciones de poder’, éstas están omnipresentes en la familia, la escuela, la fábrica; manifestándose claramente en la relación del padre con el hijo, del maestro con el alumno, del jefe de personal con el empleado.

Precisamente en esto consiste la teoría de los micropoderes. El poder no tiene un centro de irradiación; no es algo que lo posea una persona determinada y en quien tenga origen, pues no hay sujeto preexistente a las relaciones de fuerza: él ya está sumergido en un campo de poder.

El poder produce saber y también es constructor de lo real, de ahí que Foucault rechace la teoría marxista según la cual el poder es sólo represivo y actúa sobre una especie de naturaleza humana “limpia”, no influenciada por relaciones de poder. Además, la burguesía también está atravesada por las relaciones de fuerza, ella no es ‘externa’ a esas fuerzas actuantes dentro de la sociedad.

Foucault dice que él casi nunca utiliza aislada la palabra poder y que si lo hace es para abreviar la expresión “relaciones de poder”. El poder no es en Foucault lo que las personas del común normalmente piensan. Dijo Foucault en una entrevista: “cuando se habla de poder, la gente piensa inmediatamente en una estructura política, en un gobierno, en una clase social dominante, en el señor frente al esclavo, etc. Pero no es en absoluto en esto en lo que yo pienso cuando hablo de relaciones de poder. Me refiero a que en las relaciones humanas, sean cuales sean –ya se trate de una comunicación verbal, como la que estamos teniendo ahora, o de relaciones amorosas, institucionales o económicas– el poder está siempre presente: me refiero en cualquier tipo de relación en la que uno intenta dirigir la conducta del otro” (8).

He citado in extenso porque éste pasaje ilustra bien la concepción del teórico francés sobre este particular. Además, de aquí se extrae algo que es clave: el ejercicio del poder consiste en un juego de acciones sobre otras acciones, donde se buscaría incidir en la conducta de otro para obtener determinada consecuencia. El poder no está localizado, es un juego de estrategias donde se puede llegar a ciertos resultados. En las relaciones de fuerza se pueden producir múltiples respuestas, posibilidades, reacciones, resultados e invenciones posibles (9). Las relaciones de fuerza son una tensión donde una parte puede ser más fuerte que la otra, pero esa relación no es definitiva, es móvil, puede cambiar.

El poder es, pues, una maraña de redes entretejidas que atraviesa los cuerpos y por lo cual las múltiples tendencias que se originan en esas tensiones pueden desembocar en acontecimientos totalmente nuevos. Es dentro de esa red donde el individuo se constituye como sujeto, donde es moldeado por el discurso y por las prácticas y donde estarían las posibilidades de la construcción de una subjetividad diferente.

Por otro lado, debe entenderse que la existencia de relaciones de poder exige un cierto grado de libertad, la que permite, asimismo, la posibilidad de las resistencias. Y al evocar esta última probabilidad también entra en escena la factibilidad de engaño, de huida, de creación de estrategias para invertir la situación, etcétera. Si no existe libertad, es porque no hay relación de poder sino dominación total.

Para Foucault, la relación existente entre dos partes, donde una anula totalmente la posibilidad de que la otra resista, donde se suprime la libertad del otro de forma absoluta, se llama dominación. En este caso, gracias a que la posibilidad de reacción, de establecer una verdadera relación de fuerzas ha sido amputada, no queda otra opción que saltar por la ventana, matarse o matar al dominador (10). Fue por el exceso de dominación que ejercieron sobre los individuos que Foucault llamó al stalinismo y al fascismo dos “formas patológicas” o dos “enfermedades” del poder. En las relaciones de poder, pues, debe haber un resquicio de libertad, por ello señala nuestro filósofo: “no se me puede atribuir la concepción de que el poder es un sistema de dominación que lo controla todo y que no deja ningún espacio para la libertad” (11). Son en estos resquicios donde están las posibilidades políticas de emancipación. Veamos.

En una entrevista realizada por Raúl Fornet-Betancur, Alfredo Gómez-Müller y Helmut Becker le preguntaron al filósofo que hoy recordamos: “[…] el sujeto al que usted se refiere en los dos últimos años en sus cursos del colegio de Francia es un sujeto activo, políticamente activo […] Podría pensarse que se produce en usted un cambio, un cambio que no es quizás un cambio de perspectiva, sino de problemática”. Pregunta a la que respondió el pensador francés: “si bien ahora me intereso en efecto por cómo el sujeto se constituye de una forma activa, a través de las prácticas de sí, éstas prácticas no son sin embargo algo que se invente el individuo mismo. Constituyen esquemas que él encuentra en su cultura y que le son propuestos, sugeridos, impuestos por su cultura, su sociedad y su grupo social” (12).

Esta entrevista es fundamental. Y le doy tal importancia precisamente por ser una de las últimas brindadas por Foucault. Aquí él expresa que el sujeto siempre está inmerso en relaciones de poder-saber, pero éstas relaciones nunca son las mismas, ni son fijas o absolutas, entonces, es dentro de esas posibilidades donde el ser humano puede transformarse, experimentar nuevas formas de subjetividad.

Me parece importante resaltar que Foucault no es un juglar de la transgresión, del escándalo o del delirio por novedades que eclosionan salidas de la nada. No existe una libertad absoluta en la cual el individuo forje una forma de subjetividad totalmente transgresora, que quiebre los límites y los cercos que lo rodean. En este sentido, las propias afirmaciones de Foucault sobre una subjetividad que se constituye como obra de arte deben matizarse (13). Es clara su preocupación al final de su vida por los modos de subjetivación y des-subjetivación, lo cual implicaba superar las relaciones de saber-poder existentes en una determinada sociedad, lo que requería un ejercicio de permanente metamorfosis, antropotécnicas, prácticas de sí, escultura de sí, etcétera. Sin embargo, estos ejercicios de auto-transformación, de autogobierno –que significan además un ejercicio político de emancipación de los otros– no son absolutamente libres, lo cual se debe a que todo individuo concreto siempre goza de libertad relativa frente a factores culturales, económicos, políticos, pulsionales, etcétera. Es en esa libertad relativa donde están las posibilidades limitadas de cambio, de lucha, de resistencia política. Pensar en un dandismo absoluto en Foucault es ir contra su profundo sentido realista y nominalista.

Por eso, además de tener en cuenta que Michel Foucault no aporta mucho (no estoy diciendo que no aporta nada) a la hora de pensar la acción política colectiva, los movimientos sociales, el poder en la geopolítica, el tema de la filosofía política, entre otros aspectos relevantes para el mundo actual, no debemos pasar por alto sus propias palabras cuando decía: “Al dirigir la propia atención hacia sí mismo, no se trataba, como hemos visto, de abstenerse del mundo y autoconstituirse como un absoluto” (14).
A los treinta años de su muerte, estos son algunos de los aspectos que deben tenerse en cuenta para valorar su legado hoy. 
1 Foucault, M., Obras esenciales, Madrid, Paidós, 2010, p. 999
2 Nietzsche, F., Más allá del bien y del mal, Madrid, Alianza Editorial, 1997, pp. 188-189.
3 Foucault, M., La genealogía de la moral, Madrid, Alianza Editorial, 1997, p. 31.
4 Foucault, M., Nietzsche, la genealogía, la historia, Valencia, Pre-textos, 1992, p. 23.
5 Foucault, M., La verdad y las formas jurídicas, Barcelona, Gedisa, 2000, p. 22.
6 Ibíd.., p. 30.
7 Obras esenciales, op. cit., p. 389.
8 Foucault, M., Hermenéutica del sujeto, Madrid, La Piqueta, 1994, p. 125. Cursivas mías, D.P.
9 Foucault, M., Sujeto y poder, Bogotá, CARPE DIEM Ediciones, 1991, pp. 84 y 85.
10 Hermenéutica del sujeto, op. cit., p. 126.
11 Ibíd., p. 128.
12 Ibíd., pp. 124-125.
13 Foucault, M., La inquietud por la verdad. Escritos sobre la sexualidad y el sujeto, Buenos Aires, Siglo
14 Foucault, citado por GROS, F. “Situación del curso”, en: Hermenéutica del sujeto, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2008, p. 508.

*Profesor Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Santo Tomás. Doctorando en Filosofía.

 

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