Cultura, de conocimiento y de vida

Cultura, de conocimiento y de vida

 

Sin ánimos aguafiestas, la verdad es que abogar a todos los vientos y en todos los tonos por una cultura de paz es bastante poco. Parece mucho cuando se lo mira con los ojos del pasado, que sólo saben de violencia. Pero es muy poco cuando se redimensionan bien las cosas.

 

Política y socialmente, la mejor traducción de los acuerdos de paz consiste en poder plantear –eso: poder hacerlo– un proyecto nacional, un proyecto país. Algo que en toda la historia desde la independencia jamás ha conocido Colombia. Las élites nacionales*, nunca han tenido la capacidad de plantearse un proyecto tal. En ningún sentido o acepción de la palabra. 

 

Élites que jamás han podido pensar el país como tal; apenas sí sus pequeñas parcelas, sus fincas y haciendas, sus lotes de engorde y sus terrenos muchas veces mal-habidos. Todos, siempre locales y regionales. Que ha sido siempre, justamente, la razón de la violencia.

 

Consiguiente, estas élites jamás han tenido una verdadera política del conocimiento. Precisamente porque tenían, en un país cuya naturaleza ha sido rica y generosa, la mita y la encomienda. Y entonces, literalmente, jamás han trabajado, para nada. Pues han tenido a otros que trabajen por ellos: la tierra y el ganado, las empresas y las máquinas. Si ayer eran rentistas agrarios, hoy son ante todo financistas y banqueros. Colombia jamás conoció, ni de cerca, algo así como una “revolución industrial” (propia).

 

Cuando se creó, y mientras existió, el Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología –SNCyT–  jamás alcanzó un presupuesto ni siquiera cercano al 0.5 por ciento del PIB. En materia de conocimiento y de ciencia y tecnología, jamás ha habido una política precisa y de largo alcance y aliento. Y sin embargo, Colombia cuenta con científicos y académicos, así como con ingenieros y tecnólogos connotados. La misma situación puede plantearse en el campo de las artes y las humanidades, en el que, a pesar del Estado y los gobiernos, han existido y existen nombres sobresalientes.

 

El padre de las matemáticas en Colombia, el profesor Yu Takeuchi, solía decir: “un colombiano piensa mejor que un japonés. Pero dos japoneses piensan mejor que dos colombianos”. Acá existe mucho talento humano individual, la gente se hace a sí misma, con base en mucho trabajo, estudio y esfuerzo. Jamás como resultado de políticas –de conocimiento, de artes y humanidades, de deportes y ciencia y tecnología. 

 

Pues bien, la ausencia de políticas de conocimiento, en el sentido al mismo tiempo más amplio y generoso, se corresponde perfectamente con la ausencia de políticas de vida, en toda la historia de esta nación. Lo mejor que jamás se ha alcanzado es a plantear una política de paz. Que se la presenta como si gran cosa, cuando en realidad es bueno, pero muy insuficiente. Pues no por hablar de paz y defenderla, se habla y se exalta necesariamente a la vida.

 

La vida es una gran red de cooperación, en toda la línea de la palabra. Y cooperación solidaria, ayuda recíproca y confianza es lo que ha faltado, históricamente de parte de las instituciones colombianas. Cuando llegan momentos de penuria –como en los terremotos, por ejemplo–, el verdadero resorte de sostenimiento de las gentes son la familia, los amigos y el vecindario. Y la buena disposición de gente bien intencionada y bien pensada.

 

En Colombia, en el futuro previsible, seguirán surgiendo grandes personalidades,  Gabos y Mutis, Nairos y Shakiras, Reynolds y Hakims, por ejemplo; pero todos ellos serán el resultado del propio esfuerzo, del tesón, las ganas y la disciplina propia. No de políticas estatales o gubernamentales.

El día que surja un proyecto país, habrá también, concomitantemente, unas políticas de conocimiento. Ese día habrá entonces una política y una cultura de vida. Mientras tanto, el tejido social será posible en el valor individual y el tejido familiar y vecinal contiguo. Y todo, a pesar de los gobiernos de turno y del Estado. Pues acá, de manera atávica, la vida es posible, en numerosas ocasiones, a pesar del Estado y del Gobierno. Mientras las élites aprenden, si es que logran hacerlo alguna vez. Y garantizar entonces un proyecto país. ν

 

* Primero las de Cundinamarca, o las de Popayán, o las de Antioquia, en el siglo XIX, y luego las centralizadas en Bogotá con los gamonales y los caciques regionales, en el siglo XX y XXI.

 

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