En 1795 Immanuel Kant escribió el ensayo La paz perpetua. Allí planteaba que los Estados se comportan como individuos que buscan siempre el poder para dominar, pero también para resistir. Si no reconocen ninguna autoridad superior a la suya, el orden mundial será un sistema acéfalo regulado solo por la fuerza.
El ensayo filosófico-político La paz perpetua, escrito hace casi dos siglos y medio por Immanuel Kant, parece todavía tener actualidad si consideramos lo que sucede en la escena internacional, específicamente en Ucrania, en la Franja de Gaza, pero también en el Caribe. Didáctico, fácil de leer, pone de relieve la dialéctica entre la naturaleza humana, profundamente egoísta, y la razón moral legisladora. Kant dice que existe una disposición moral que duerme en el hombre, aunque él sea manifiestamente egoísta. Y no hay actividad humana que no se inscriba entre estos dos polos que modelan la historia. Bueno y malo simultáneamente en religión y en economía, el hombre lo es también en política. De este modo, cuando dirige el Estado, no alcanza a emanciparse de sus condicionamientos patológicos. Kant subraya que los Estados se comportan como individuos que buscan permanentemente el poder para lograr dominar, pero también para resistir a la dominación. Pero si bien la política evolucionó y progresó bajo la forma del Estado-nación que, a través del monopolio del ejercicio de la violencia, protege la paz civil por medio de la coacción y la ley en el interior de fronteras definidas, en el plano internacional no existe ninguna instancia superior a los Estados que les imponga respetar el derecho. Los Estados no reconocen ninguna autoridad superior a la suya, lo que instala a la escena mundial dentro de un sistema acéfalo regulado por la fuerza, una situación anárquica de no-derecho en la cual la resistencia es la única respuesta a la tentación hegemónica de las potencias imperiales. Kant habla de una libertad bárbara de los Estados, los cuales, al igual que el hombre particular, son belicosos y están llenos de hostilidad y de un apetito insaciable de poder. Pero existe, dice, “un mecanismo de la naturaleza para dirigir el antagonismo de las disposiciones hostiles […] de manera tal que los hombres [o los Estados] se obliguen mutuamente, ellos mismos, a someterse a leyes de coacción que producen así, necesariamente, el estado de paz en el que las leyes disponen de la fuerza” (1).



