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La modernidad líquida: servidumbre voluntaria desde el miedo y la vigilancia

La modernidad líquida: servidumbre voluntaria desde el miedo y la vigilancia

“Hoy se sabe que las cosas más preciadas envejecen rápido, que pierden su brillo en un instante y que súbitamente y casi sin que medie advertencia alguna, se transforman de emblema de honor en estigma de vergüenza”.
Zygmunt Bauman

 

La literatura a lo largo de los siglos ha sido y seguirá siendo, mientras se mantengan las exigencias del arte clásico, una de las expresiones culturales que anuncian el ser humano venidero. De tal forma que el autor siente el palpitar de la humanidad y en sus personajes vislumbra los tiempos futuros. Para la muestra dos ejemplos: Aldoux Huxley (1894-1963) que publica su obra “Un mundo feliz” (1932) novela distópica que advierte un mundo tecnificado donde todo está controlado, donde el género humano es saludable y de una avanzada tecnología que le permite vivir en un mundo feliz. De hecho, la felicidad es sinónimo de máquinas, control, programación y ruptura con todo tipo de vínculo social. Igualmente, citemos a George Orwell (1903-1950) que en su novela política de ficción distópica “1984” (publicada en 1949) anuncia un mundo donde se manipula la información y se hace tan normal la vigilancia masiva y la represión, en todas sus modos, que incluso es de carácter voluntario por parte de los usuarios. Lo anunciado por Huxley y Orwell ya no hay que leerlo sino vivirlo porque ya está aquí. Una sociedad líquida que busca mantener su control en el miedo y la vigilancia.

Ahora en el mundo de la realidad, el sociólogo Zygmunt Bauman (Poznán, Polonia, noviembre 1925-2017) en su obra “Modernidad líquida” (1999) plantea la tesis esencial y bastante contundente al caracterizar al ser humano moderno como: un ser flexible que necesita hacerse a una identidad líquida, maleable y mutable adecuada al recipiente donde se le vacíe. Por ello, su versatilidad exige mantenerse atrapado a los múltiples cambios tecnológicos que debe enfrentar en la vida moderna. La modernidad y su estado líquido, como caras de una misma moneda, se configuran en la metáfora que pone de manifiesto la fragilidad y la falta de responsabilidad de las relaciones humanas en todos los ámbitos. Una idea contrapuesta a lo sólido, pues este nuevo estado no conserva su forma por mucho tiempo y, por ende, tiene una entera disposición a cambiarla.

 

La alegría de deshacerse de las cosas, de descartarlas, de arrojarlas al cubo de la basura, es la verdadera pasión de nuestro mundo.
La capacidad de durar mucho tiempo y servir indefinidamente a su propietario ya no juega a favor de un producto. Se espera que las cosas, como los vínculos, sirvan sólo durante un “lapso determinado” y luego se hagan pedazos; que, cuando, tarde o temprano, pero mejor temprano, hayan agotado su vida útil, sean desechadas. Por lo tanto hay que evitar las posesiones, y particularmente las posesiones de larga duración de las que no es fácil librarse. El consumismo de hoy no se define por la acumulación de cosas, sino por el breve goce de esas cosas (1).

 

De tal forma, que lo importante en esencia es el fluir del tiempo presente, rápido y a la velocidad de la luz y no el espacio y la constancia del estado sólido. Por tanto la fluidez, se convierte en una relación análoga con las mareas. Van y vienen con alguna fuerza pero vistas en detalle son las mismas. Una sociedad vertiginosa, cambiante y dispuesta por naturaleza a la evaporación como producto de las nuevas tecnologías y que obliga a todos los ciudadanos a surfear o navegar.

Desde tal panorama la sociedad, familia, educación, amor, amistad, etcétera, en una sociedad individualista y egoísta, encuentra su expresión de placer en lo efímero y temporal de las mismas relaciones. Indiscutiblemente se define por los cambios diarios y la impaciencia. Así, el ser humano moderno y sus lazos se tornan fluctuantes, acuosos en todas sus formas y de un día para otro se evaporan pues ya no son funcionales, o bajo la excusa de inservibles para los fines personales se cambian. La familia es una institución fácil de trasvasar de un recipiente a otro y, por ello, cada día los espacios de diálogo están determinados por lo tecnológico, y paso a paso se convierte en un grupo de individuos unidos por la sangre, pero aislados bajo un mismo techo, con un único fin: ganar y gastar dinero en los nuevos templos de la religión consumista: los centros comerciales.

Ahora bien, la educación, la cultura, el placer de la lectura, dejaron de ser un procesos de pensamiento ordenado, riguroso y exigente para convertirse en un producto utilizable y desechable. La idea de las artes, el ser culto y el amor por libros desde el mundo educativo y social, quedó como un recuerdo del lejano y dizque “abominable” pasado. Se pensaba que estas expresiones de la inteligencia eran para toda la vida, pero hoy solo son formas para usar y desechar, usar y responder un examen, usar y olvidar, leer y olvidar. Improvisar es el lema para vivir en este mundo, base primordial para ser un alto y digno representante del rastacuerismo. Se repentiza en los chapuceros “performance” (2) como si fueran arte, cuando en esencia son una “caca de elefante”(3), la música de gritos estridentes de un neopoeta o las pobres metáforas de un señor que dice cantar, el cine comercial para “desternillarse”, la literatura de twiteros con delirios de creerse creadores de aforismos o escolios. En realidad, el efecto es volverse un técnico que no piense o no exija sus derechos.

Por su parte, el amor y la amistad se hacen etéreos, sin unión por el otro y de una forma rápida en un like sin rostro en la web se configuran las relaciones. Ya no hay espacio y mucho menos tiempo que perder. Todo está definido por la muerte del pasado e incluso la eliminación de los símbolos, imaginaciones, ensoñaciones. Ahora es ya y nada más. Por ejemplo, asistimos a la muerte del erotismo que tantas imaginaciones y obras produjo. Tal vez ahí radica la misma muerte del arte.

 

Ésta ha sido siempre un fermento ígneo de la creación artística y literaria y, recíprocamente, pintura, literatura, música, escultura, danza, todas las manifestaciones artísticas de la imaginación humana han contribuido al enriquecimiento del placer a través de la práctica sexual. Por eso, no es abusivo decir que el erotismo representa un momento elevado de la civilización y es uno de sus ingredientes determinantes (4) .

 

Son relaciones sin amalgama de afectos, instantes, momentos de placer donde el acrónimo Yolo (“you only live once” (Sólo vives una vez) es una marca inherente en las relaciones tanto amorosas como de amistad hoy en día.

 

La solidez de los vínculos humanos se interpreta como una gran amenaza. Cualquier juramento de lealtad, cualquier compromiso a largo plazo (y mucho más un compromiso eterno) auguran un futuro cargado de obligaciones que (inevitablemente) restringiría la libertad de movimiento y reduciría la capacidad de aprovechar las nuevas oportunidades en el momento en que (inevitablemente) se presenten (cursiva del autor). La perspectiva de cargar con una responsabilidad de por vida se desdeña como algo repulsivo y alarmante (5).

 

Como tal la modernidad líquida es un estado de tiempo y no de espacio, donde no hay seguridades sino verdades minúsculas, temporales, funcionales, sujetas a mutaciones constantes, con comportamientos fáciles de modificar, ideas desechables y donde cualquier juramento o compromiso poco o nada tiene que ver con los nuevos valores. Ahora vive y respira la adiaforización como modelo de vida, pues todo acto y propósito inmediatamente se vuelve moralmente neutro, irrelevante e intrascendental.

Ante este panorama crítico, para algunos viejos, pero un estado normal e ideal para los jóvenes y los adulescentes (6), podemos decir que hay dos elementos que logran mantener y apuntalar el estado de las cosas: el miedo líquido y la vigilancia líquida. El primero como una sensación de parálisis ante un evento, objeto, animal o personaje que impide la movilidad y el razonamiento. El segundo, desde el vigilar bajo el pretexto de seguridad cuando en realidad es inspección. Uno tiene sus sinónimos en: temor, terror, pavor, pánico, espanto, horror, susto, turbación, desasosiego. El otro: atención, celo, cautela, acecho, supervisión, cuidado, observación, custodia, guardia. Bauman los define respectivamente: “«Miedo» es el nombre que damos a nuestra incertidumbre: a nuestra ignorancia con respecto a la amenaza y a lo que hay que hacer”, y dice que se sintetiza en solo cuatro palabras de Luden Febvre: “«Peur toujours, peur partout» (miedo siempre, miedo en todas partes)” (7). Mientras que “La opinión más extendida sobre la vigilancia entiende estos desarrollos como un efecto del progreso acelerado de la tecnología, que coloniza cada vez más ámbitos de nuestra vida y deja intactas cada vez menos áreas «indígenas» con una existencia «privada»” (8). De tal forma que ambas funcionan perfectamente para mantener el status de esta sociedad que cada día se permea a través de una membrana muy delgada: la complacencia de la ignorancia y el estado de confort. Con entera claridad en 1980 Estanislao Zuleta lo expresó en su texto “Elogio de la dificultad”: “En vez de desear una sociedad en la que sea realizable y necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades, deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa sala-cuna de abundancia pasivamente recibida”.

Cuando nos referimos al miedo tenemos que pensar que entre los seres vivos el humano tiene un miedo diferente. Los animales lo tienen y ante él huyen como posibilidad de salvación y conservación de la vida misma. Por su parte los humanos lo sienten y lo padecen, pero ahora sin posibilidad de huir. En el mundo de la modernidad líquida éste ha sido un factor de provecho para los estamentos del poder. Pensemos por un instante en el miedo que se padece ante un animal X. Ante su presencia sentimos pavor, quedamos inmóviles, nos recorre el sudor paralizante y, por unos instantes, somos irracionales. Pero en la actualidad ese sentir es “reciclado social y culturalmente” a través de símbolos que se hacen reiterados. Símbolos que reafirman la idea de volatilidad, temporalidad, rapidez y sustitución por otros. De hecho, el miedo “se hace más profundo cuando es disperso, poco claro y no puede ser identificado a objeto o lugar concreto” (9). Las imágenes a las cuales les tenemos miedo y que paralizan: la vejez y el ancianato, la falta de atención en la salud, la muerte, el desempleo, la gordura, la fealdad o, simplemente, ser del siglo XX, entre otros.

Así es que la mejor táctica para mantener los últimos reductos de la sociedad unida y crítica es, precisamente, sembrar el miedo en todas las esferas. Y decimos que son los últimos estertores porque se anula el pasado y hoy solo es válido el individualismo, el egoísmo y la utilización personal de los otros como regla de oro. En consecuencia, estaríamos en contravía de lo que en esencia fue la sociedad hasta hace pocos años: un conjunto de individuos que en medio de las diferencias buscan un bien común. Ahora ésta podría redefinirse como una serie de individualidades egoístas (manipuladas por el Estado y manipuladoras de sus vecinos), y conectadas por la red, que buscan por todos los medios destruirse unos a unos, animadas por un único fin: el bienestar y el ascenso propio.

En términos de Bauman, tenemos tres tipos de miedos que van desde lo personal, social a lo universal. Por todo lado cunde el miedo.

 

Los hay que amenazan el cuerpo y las propiedades de la persona. Otros tienen una naturaleza más general y amenazan la duración y la fiabilidad del orden social del que depende la seguridad del medio de vida (la renta, el empleo) o la supervivencia (en el caso de invalidez o de vejez). Y luego están aquellos peligros que amenazan el lugar de la persona en el mundo: su posición en la jerarquía social, su identidad (de clase, de género, étnica, religiosa) y, en líneas generales, su inmunidad a la degradación y la exclusión sociales.

 

Miedos que si los vemos en detalle se viven a diario, son una constante en los discursos, medios, titulares, etcétera y, por ende, fluyen de lado a lado como si fueran parte definitiva de la vida misma. Un instante sin trabajo genera un tsunami de incertidumbres, las materializaciones se van como agua entre las manos, angustias y parálisis se proyectan a la vejez misma. La preocupación ya no es la muerte como tal, sino las condiciones en las que se muera. Por ejemplo, sin seguro social, sin los gastos funerarios o sin un espacio donde morir y cómo “asegurarse”, parcialmente, con un trabajo. Por consiguiente, todo genera el miedo y la pérdida de un status crea un abismo de soledades y angustias. Miedos que afectan el lugar de la persona en el mundo en cuanto a su identidad y que inmovilizan cualquier forma de reacción: el miedo a ser ilegal, a manifestar su credo musulmán o judío, a sentir orgullo por su lugar de origen. Lo que era un motivo de expresión hoy se tambalea entre el miedo y el terror, con su correspondiente anulación. La propagación de los miedos puede deslizarse por cualquier recodo o rendija de nuestros hogares y de nuestro planeta. No hay escape o salida. Por ello, el miedo crea un espacio de resignación y conformidad, ante los vejámenes de aquel que detenta el poder.

Como complemento o cimiento de la modernidad líquida tenemos la vigilancia líquida. “Sin un objetivo fijo, pero presionada por las exigencias de la «seguridad» y pasada por el prisma de la insistente publicidad de las empresas de tecnología, la vigilancia se esparce por doquier” (10). Una sociedad donde cámaras en los apartamentos, unidades residenciales, calles, semáforos, vigilantes a pie, drones visibles e invisibles, correos filtrados y clasificados antes de ser enviados, Facecom o el reconocimiento del rostro, Facebook, Google, WhatApps, Instagram, entre otros, se han convertido en los tatuajes electrónicos que atentan contra la privicaidad, tal y como lo manifestó Juan Enríquez en su charla TED (11).

En consecuencia, todo está explícito, expuesto y divulgado a través de las redes. Y con rigor estamos asistiendo cada día al sepelio de la vida privada y secreta. Todo es público y está a la orden del día de los demás. Nuestra vida deja de ser propia para ser de un ente de la red que tecnológicamente se nos vende como la felicidad en promociones y controles.

“La tecnología permitirá analizar los comportamientos de la gente. Y esto no sólo interesará a los anunciantes. También podría permitir la realización de evaluaciones psicológicas o culturales, que, por ejemplo, interesarán también a las compañías de seguros”. Sobre todo teniendo en cuenta que las empresas de recursos humanos y de trabajo temporal ya utilizan sistemas de análisis de voz para establecer un diagnóstico psicológico inmediato de las personas que les llaman por teléfono en busca de empleo… (12).

 

Un mundo feliz anunciando desde 1932, hoy actualizado, asentado cada vez con mayor fuerza en los reductos cada vez menores que se tiene de la vida íntima.

Y bajo la excusa de seguridad subyace el control. Control siempre, control en todas partes. Ya no estamos en el mundo físico del panóptico, y mucho menos en la ciudad amurallada como protección de los otros. Ahora las paredes cayeron y los vigilantes son voluntarios. La ciudad no protege, sino que paradójicamente es el lugar donde se crean y viven los miedos. Con el miedo y la vigilancia estamos asistiendo al nacimiento de un mundo feliz donde el neofascismo/neoesclavitud, el “Gran Hermano”, permea por todo lado y “juntos” como manada individualista clamamos por la seguridad y damos permiso abierto, libre, natural, consentido, para que nos vigilen. Con entera claridad, Carlos Fajardo Fajardo, citando a Bauman, lo expone en su texto “Del síndrome tecno-administrativo a los fascismos mediáticos”:

 

Zygmunt Bauman le llama “panóptico casero”. La familiarización de cada uno como vigilante del otro garantiza la seguridad de lo institucional. “Con el sinóptico, dice Bauman, en lugar del panóptico, ya no es necesario construir espesas paredes y elevar torres de observación para mantener dentro a los reclusos, mientras se contrata a un gran número de supervisores que aseguran que aquéllos se ajustan a la rutina establecida […] A partir de entonces se espera que los operarios se auto disciplinen y carguen con los costes materiales y psicológicos de organizar su producción. Se espera que los empleados se construyan ellos mismos las paredes que los rodean y se mantengan dentro de ellas por voluntad propia” (13).

 

Desde tal idea del totalitarismo cibernético, el mundo voluntariamente –con todas sus prácticas cotidianas– logra que el miedo y la vigilancia se expanda. Claros fundamentos invisibles y espontáneos de la supuesta “libertad” del hombre en simuladas “democracias”, bajo las miradas de policías camuflados de civiles “amigos”, entre los adictos a la tecnología y un mar de soledades.
Para finalizar, nuevamente la literatura nos permite vernos en el espejo del arte, y el turno es para Oscar Wilde en su cuento “El imán”:

 

Había una vez un imán y en el vecindario vivían unas limaduras de acero. Un día, a dos limaduras se les ocurrió bruscamente visitar al imán y empezaron a hablar de lo agradable que sería esta visita. Otras limaduras cercanas sorprendieron la conversación y las embargó el mismo deseo. Se agregaron otras y al fin todas las limaduras empezaron a discutir el asunto y gradualmente el vago deseo se transformó en impulso. ¿Por qué no ir hoy?, dijeron algunas, pero otras opinaron que sería mejor esperar hasta el día siguiente. Mientras tanto, sin advertirlo, habían ido acercándose al imán, que estaba muy tranquilo, como si no se diera cuenta de nada. Así prosiguieron discutiendo, siempre acercándose al imán, y cuanto más hablaban, más fuerte era el impulso, hasta que las más impacientes declararon que irían ese mismo día, hicieran lo que hicieran las otras. Se oyó decir a algunas que su deber era visitar al imán y que hacía ya tiempo que le debían esa visita. Mientras hablaban, seguían inconscientemente acercándose.

 

Al fin prevalecieron las impacientes, y en un impulso irresistible la comunidad entera gritó:

-Inútil esperar. Iremos hoy. Iremos ahora. Iremos en el acto.

 

La masa unánime se precipitó y quedó pegada al imán por todos lados. El imán sonrió, porque las limaduras de acero estaban convencidas de que su visita era voluntaria.

 

Similares a las limaduras, nos precipitamos ante al imán multiforme, que con una sonrisa traidora nos llama y nosotros nos abalanzamos con amor verdadero hacia nuestro implacable verdugo. Con decepción, podríamos decir, que la única firmeza que tenemos en la vida es la firmeza para despreciar al otro, mientras abrazamos al amo.

 

1. Zygmunt Bauman, Los retos de la educación en la modernidad líquida, Barcelona, España: Gesida, 2008, p. 29.
2. Para un mejor análisis del panorama artístico ver “El fraude del arte contemporáneo” de Avelina Lesper. Editorial Elmalpensante. 2015.
3. Mario Vargas Llosa, ver el artículo “Caca de elefante” en: La civilización del espectáculo , Editorial Alfaguara, 2012.
4. Ibídem.
5. Zygmunt Bauman, Los retos de la…, op. cit., p. 28.
6. Una sociedad que pasó del “Pienso, luego existo” al “compro, luego existo” y como tal ha generado un fenómeno particular y único en su especie: el adulescente. Aquel adulto que lucha por todos los medios para mantener una imagen de juventud en un estado permanente. Por ello, los nuevos modelos impuestos por los medios pretenden perpetuar en este síndrome: la delgadez con un cuerpo torneado, la juventud así tengan 60 años, los videos juegos sin distinción de edad, entre otros aspectos e incluso se permea en los padres que no quieren asumir su rol de autoridad y la disfrazan de juventud en aras de una igualdad con sus hijos. Por ende, en contraparte los nuevos pecados, y fuertemente satanizados, son: gordura, vejez, pobreza y el desfase tecnológico.
6. Zygmunt Bauman, Miedo líquido. La sociedad contemporánea y sus temores, Paidós, Barcelona, España, 2010,p. 10.
7. Zygmunt Bauman, Vigilancia líquida, Paidós, Barcelona, España, 2013, p. 17.
8. Zygmunt Bauman, Miedo líquido, Paidós, España, 2007, p. 10.
9. Zygmunt Bauman, Vigilancia…, op. cit., p. 11.
10. https://www.ted.com/talks/juan_enriquez_how_to_think_about_digital_tattoos?language=es
11. Ignacio Ramonet, “Google, lo sabe todo de tí”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, febrero, 2015, pp. 12-13.
12. Carlos Fajardo Fajardo, “Del síndrome tecno-administrativo a los neofascismos mediáticos”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, pp. 13-14.

*Profesor Colegio Alemán de Cali.

 

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