A fines de diciembre comenzaron las manifestaciones en Irán, y unos diez días después la población empezó a sufrir una brutal represión. La libertad de acción concedida a las fuerzas del orden sugiere que las autoridades están acorraladas. Tras el agotamiento del aparato ideológico islamista, los cimientos nacionalistas se están desmoronando. El aumento de las desigualdades y la negación de las aspiraciones de la población favorecen las injerencias extranjeras, que suponen una grave amenaza para la unidad del país y la estabilidad de la región.
A partir del 8 de enero la violencia invadió las calles. Se volvió imposible evaluar la verdadera dimensión de la insurrección, el papel de actores externos, el nivel de las provocaciones policiales y la voluntad del gobierno de sofocar cualquier reclamo a costa de una masacre. El corte de internet horas antes de que irrumpieran en las calles escuadrones armados y la negativa a dar visados a periodistas extranjeros facilitaron los actos de represión.


