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Contexto histórico y cultural de la minería extractiva

Contexto histórico y cultural de la minería extractiva

La minería extractiva no es un fenómeno exclusivamente colombiano. Por el contrario, es un problema mundial con numerosas consecuencias en el orden medioambiental, de salud, científico y filosófico. A continuación los contextos histórico, social y cultural del problema.

El concepto de energía

La minería forma parte del sector energético, y de las políticas que en este campo tenga un país. Precisamente, uno de los indicadores de desarrollo de un país consiste en el tipo de energía que necesita, consume y produce. El problema delicado estriba en que el desarrollo de un país se mide por crecimiento económico, consumo de energía o Producto interno bruto (Pib), notoriamente, todos los cuales van en contravía de la calidad de vida, la equidad, la justicia social y el medioambiente.

La extractiva es una minería de tajo abierto, esto es, literalmente, ruptura de la tierra, violencia contra el subsuelo, arrasamiento del medioambiente.

Pues bien, el concepto de energía surge apenas a finales del siglo XIX, y sin duda alguna, el físico M. Faraday (1791-1867) contribuyó activamente a formar tal concepto gracias a que demostró que la electricidad y el magnetismo estaban ligados. La comunidad científica pensó en lo sucesivo que cualquier otra forma de energía podría relacionarse con la electricidad y el magnetismo.

El desarrollo de este concepto constituye el mayor logro de la física del siglo XIX, y supera e incluye a la vez el concepto de materia (o masa) formulado por Newton. Así, mientras que la masa es una medida de la gravedad, la energía lo del movimiento. Al incluirlo, la energía expresa mejor lo que el concepto de “materia” (o masa) quiso hacer en el siglo XVIII. De manera habitual, la masa se mide mediante la fuerza –que permite o demanda–. Por su parte, la medición de la energía procede mediante el consumo. El concepto de energía caracteriza, de manera fundamental a la sociedad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX y, desde otro punto de vista, al capitalismo industrial.

Pues bien, de acuerdo con los indicadores mundiales de desarrollo (IMD), el problema estriba en que los países necesitan cada vez más energía para crecer y desarrollarse, pero el uso de la misma es crecientemente insostenible, lo que se traduce en dependencia de energía y de las fuentes que la procuran, y una mayor o mejor eficiencia en el manejo de la misma. En este contexto, lo no determinado ni evidente en absoluto es que el crecimiento económico implique necesariamente desarrollo humano. Las leyes del mercado van en contravía de la dignidad y la calidad de la vida en consonancia con el medio ambiente.

Así las cosas, el consumo de energía se yergue como el indicador del crecimiento económico de un país, y el grado de desarrollo de una sociedad. Dicho en lenguaje económico: las sociedades de reproducción ampliada sólo son posible al costo de un consumo creciente de energía. Tal práctica implica una búsqueda desenfrenada de tantas formas de energía como sean imaginables. Pues bien, la fuente más inmediata de las mismas es la naturaleza. De esta suerte, el crecimiento económico y el desarrollo social, bajo las condiciones de las sociedades de reproducción ampliada, implican necesariamente una relación parasitaria hacia, y depredadora de la naturaleza. La última expresión de este parasitismo es el extractivismo y el neoextractivismo.

¿Qué es la minería extractiva?

Esta minería constituye la cara más agresiva, inmediatista y eficientista de las políticas energéticas y de minería de un país. Más aún, la extractiva consiste en la práctica de aprovechamiento y explotación de los recursos allí donde están disponibles. A nivel nacional esto implica un fuerte desequilibrio social y económico; y a nivel internacional queda traducido como formas nuevas y sutiles de explotación corporativista.

Pues bien, la minería extractiva se lleva a cabo mediante maquinaria pesada, empleada para talar árboles, abrir la tierra y excavarla, tratar de extraer metales preciosos, lavar la tierra, cribarla, transportar los hallazgos, en fin, acumular dichos metales, que, generalmente, no se quedan en el país de origen, sino que van a parar a las grandes trasnacionales mineras alrededor del mundo.

Son muchos los metales que se explotan, algunos de ellos desde hace siglos, entre estos el oro, el carbón, el cobre, la plata, el zinc; entre los de explotación más reciente está el coltán, de amplia utilización en toda serie de artefactos de última generación como los smartphones, microprocesadores, y cámaras pequeñas y finas.

La minería extractiva produce desertificación de la tierra, contamina el aire y las aguas y la propia tierra, desconoce absolutamente la importancia de la naturaleza, y crea auténticas cicatrices naturales de kilómetros de ancho y hondo, eliminando prácticamente toda forma de vida en ese lugar y en sus alrededores.

En otras palabras, estamos ante una relación de depredación, literalmente, de los recursos naturales, que implica contaminación de las aguas, tala indiscriminada de bosques, desplazamiento de la población e, incluso, la muerte y asesinato de ecologistas y ambientalistas. Brasil, Costa Rica o Colombia –por relacionar apenas unos cuantos nombres de países– conocen ejemplos propios de cómo la minería extractiva y la destrucción de la naturaleza va siempre acompañada de crímenes, persecuciones y violencia en distintas formas, los que, en su inmensa mayoría de los casos, permanecen en total impunidad.

En la cadena de producción del extractivismo participan desde los propietarios de las grandes maquinarias, que las venden o las alquilan, hasta población pobre que es explotada en el proceso; desde las grandes corporaciones que fijan –desde las Bolsas internacionales– los precios de los metales, hasta los gobiernos nacional y locales que son permisivos en las prácticas depredatorias; desde los múltiples mecanismos de corrupción en toda la línea de la palabra, hasta el crimen organizado, la existencia de esquemas paramilitares –es decir, seguridad privada–, que pueden hacer casi todo lo que desean en territorios donde el Estado no llega o donde su existencia es parcial y deficiente.

De este modo, la minería extractiva de cielo abierto va acompañada de una mentalidad rentista y de prácticas criminales, de cadenas de corrupción  e impunidad jurídica, a la sombra de todo lo cual son perdedores en primer lugar el medioambiente y la naturaleza afectando la calidad de la vida y la dignidad de la vida durante largos años e, incluso, generaciones, pues los daños medioambientales son irreparables y tardan muchísimo tiempo para que la naturaleza pueda recuperarse alguna vez, por lo menos restablecer las condiciones que tenía antes de que, sobre su base y entorno, alguien emprendiera las prácticas extractivista y neoextractivista.

Cabe considerar dos alternativas al extractivismo: uno radical e idealista, y otro factible y alternativo. El primero hace referencia a la necesidad de detener por completo la minería de tajo alrededor del mundo. Un ideal plausible pero bastante poco realista. Y el otro es el de un sistema fuerte de impuestos a las trasnacionales proporcionales a las ganancias y al daño medioambiental. No tanto el Ministerio de Hacienda puede contribuir tanto –que también- cuanto que el Ministerio de Medio Ambiente. Algo semejante al mercado de carbono, implementado por países como Costa Rica. Se trataría de un sistema de impuestos cuyo beneficio final no fueran las cuentas públicas como las comunidades locales y la protección a largo plazo de la naturaleza en cada caso.

Modelo y desarrollo económico: la lucha contra la naturaleza

En la agenda tradicional, si cabe la expresión, de la civilización occidental, y a fortiori, en el mejor producto de esa civilización que es la sociedad de libre mercado, el cuidado y el respeto a la tierra, el reconocimiento de la biodiversidad jamás han sido un tema suyo.

Muy recientemente, en particular a partir del primero y del segundo Informe Brutland al Club de Roma, el capitalismo ha aprendido el concepto de sostenibilidad. “Debemos poder legarles la naturaleza a las generaciones siguientes por lo menos tan bien como la recibimos”; palabras más, palabras menos.

El modelo de desarrollo sostenible ha querido ser la cara amable del capitalismo. Cuyas expresiones más próximas son: responsabilidad social empresarial, capitalismo con rostro humano, tercera vía, y otras semejantes. Capitalismo del cual cabe distinguir cuatro etapas y, correspondiente o concomitantemente, cuatro modelos de desarrollo. En la tabla adjunta se resumen estas etapas y modelos:

Etapas del capitalismo y modelos de desarrollo económico:

Etapas históricas del capitalismo

Modelos económicos de desarrollo capitalista

Capitalismo comercial (preindustrial)

Modelo clásico

Capitalismo industrial

Modelo neoclásico

Capitalismo financiero

Neoliberalismo

Capitalismo informacional

Desarrollo (humano) sostenible

Fuente: elaboración propia

 

A cada etapa histórica del capitalismo le corresponde un modelo económico de desarrollo. Sin embargo, hay que decir que el surgimiento de una etapa y de un modelo no son fenómenos que hayan tenido lugar en una relación uno-a-uno. Sin embargo, sí es evidente la existencia de una relación biunívoca entre cada momento señalado (1).

Como quiera que sea, lo cierto es que los cuatro modelos son exactamente una sola y misma cosa debido a que la función de producción permanece inalterada, siempre es la misma.

Esta idea implica que siempre ha predominado una relación de medio a fin, en el sentido de que la naturaleza ha sido considerada como medio para los fines, intereses y necesidades de cada uno de los modelos y etapas. Por definición, el capitalismo no sabe de antropología e historia, como tampoco de ecología y naturaleza. En un caso, unos países son tomados como fuentes de riqueza en recursos naturales y, en otro caso, el medioambiente jamás ha constituido un motivo serio, fundamental, de preocupación del modelo de producción y la forma de vida de la sociedad capitalista.

Este consumo de energía conlleva formas y estilos de vida, así como modelos de producción como los siguientes: el hiperconsumismo, la producción de productos con ciclo de vida limitados, la pérdida de la soberanía alimentaria por parte de la gran mayoría de países en beneficio de una élite mundial, el daño sistémico y sistemático a la naturaleza, la inequidad y la violencia física y simbólica en toda la línea de la palabra. Como consecuencia, ello comporta injusticia social, sistemas formales e informales de corrupción, depredación de la naturaleza, agotamiento de los recursos naturales, búsqueda insaciable de recursos energéticos para sostener aquellos estilos de vida y modelo económico.

Cabe decirlo de manera franca y directa: el capitalismo no sabe de tiempo. Se caracteriza por una función de producción y de utilidad que es cortoplacista, inmediatista, efectista. El sistema de vida y de producción capitalista ha debido aprender, a la fuerza y a regañadientes, acerca de la importancia del tiempo, el cual conduce y refiere necesaria e inevitablemente a los ciclos de la naturaleza. En verdad, pensar sobre ésta significa proyectar (pensar e intentar vivir) a largo plazo. La sociedad humana parece ser  de mirada corta y alta miopía, mientras que la naturaleza permite aprendizajes de largo alcance y muy alto impacto, a saber: impacto planetario.

Esta idea comporta un aprendizaje vital: cualquier pelea que el ser humano cace con la naturaleza la lleva perdida: a largo plazo. Más exactamente, las victorias humanas son de corto plazo, en tanto que los ciclos y períodos de la naturaleza suceden, por decir lo menos, en escalas geológicas. El modelo neoliberal y de desarrollo sostenible (o sustentable; lo mismo da), no sabe de tiempo. Justamente por ello, alrededor del mundo han tomado cuerpo movimientos sociales y políticos, académicos e intelectuales, culturales y locales por la búsqueda de modelos alternativos de desarrollo. Y modelos alternativos a los estilos de vida y a las formas de relación con la naturaleza. Entre nosotros, incluso a riesgo de convertirse en estrategias, encontramos el saber vivir y el vivir bien: suma qamaña, y sumak kawsay. Aunque otras búsquedas y movimientos similares tienen actualmente lugar en numerosos países y lugares.

Minería extractiva, depredación e invasión

En perspectiva histórica, el extractivismo es capitalismo industrial en tiempos de economías de la información y el conocimiento. Un auténtico retroceso en el tiempo.

El extractivismo equivale, hablando en medicina, a la conocida como invasiva. Una práctica que es anterior a W. Harvey (siglo XVI y XVII) y A. Vesalius (siglo XVI), y contra la cual incluso el extravagante de Paracelso se rebeló con sobrados argumentos. Para decirlo en palabras de este último: la medicina invasiva no busca(ba) curar a los pacientes, sino enriquecer a los médicos. El paciente se encontraba entonces en el último lugar de las preocupaciones de la medicina (2).

En marcado contraste con esta medicina cabe destacar, a título de contraste y de ejemplo histórico, la curativa y, muy notablemente, la medicina preventiva. Pues bien, nada análogo sucede en el plano económico y energético en el modelo de desarrollo capitalista alrededor del mundo.

La lucha contra el extractivismo no puede ser entendida simplemente como una recusación de prácticas nefandas de tipo depredatorio de la naturaleza y sus consecuencias sociales y humanas. Numerosos ejemplos resaltan que la defensa de la tierra, las aguas, el aire y las poblaciones aborígenes acarrea en ocasiones un destino fatal para los activistas. Sin darle en absoluto la espalda, lo que se encuentra en el centro, en realidad, es un modelo económico que nada sabe de tiempo ni de naturaleza, y sólo le interesan sus propios, inmediatos y rápidos beneficios.

El capitalismo aprendio que la crisis con la que se enfrenta es obra suya, y que la misma tiene un carácter sistémico y complejo. No es posible resolver un plano sin considerar otros; no es posible obrar en un lugar sin tener en cuenta otros más. El extractivismo, en fin, no constituye por sí mismo un problema: tan sólo es el síntoma de una enfermedad.

En medicina la sintomatología es fundamental. El dolor del paciente es real. Pero la mirada científica y conocedora se remite a otros signos. En el estudio de la enfermedad son tres los pasos primarios: inflamación, enrojecimiento y dolor. Eventualmente, puede desarrollarse un tumor.

Los accidentes producidos por la minería de tajo en el planeta son auténticas inflamaciones y hundimientos, desertificación y enrojecimiento real, y mucho dolor humano y medioambiental. No existe aún una medicina para el capitalismo. Y en el futuro inmediato no parece que pueda desarrollarse alguna. Suponiendo que así sea, cabe entonces pensar razonablemente que tenemos ante nosotros un enfermo crónico y crítico.

Pese a ello y ante tal realidad, nuevas formas de economía local alternativas, nuevas formas y estilos de vida, incluso nuevas economías alternativas emergen alrededor del mundo. Mientras la minería extractiva es la última expresión de una severa enfermedad, existen al mismo tiempo muy claras señales de nacimiento y vida, de acción y transformación. En medio de la crisis, sin salida inmediata, ante lo que representa la minería extractiva, una nueva sociedad, una nueva cultura, una nueva democracia, en fin, una nueva civilización, van tomando cuerpo, lo que evidencia su potencial y posibilidad como alternativa de vida ante la muerte. 

 

1   Por razones de espacio y de tema, dejamos aquí la referencia a los autores, las escuelas y los patrones lógicos de cada etapa y modelo, lo cual sería el tema de otro artículo.

2   La medicina invasiva consistía/consiste en el hecho de que el médico impone su saber sobre el paciente, el cual carece de derechos, y es objeto de las decisiones y acciones del galeno. Prácticas invasivas han sido en la historia, las cirugías, la invasión al (interior el cuerpo), la ventilación mecánica, y prácticas como la laparoscopia, y otras semejantes. En una palabra, se trata de la manipulación mecánica de la fisiología y la anatomía humana.

 


*Profesor titular, Universidad del Rosario, Facultad de Ciencia Política y Gobierno.

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