Igualdad

La imagen tiene dos fechas registradas en el pasado mes de julio: los días 10 y 17, aunque la captada durante esta última jornada tiene más impacto. La cámara congela el momento en que miles de venezolanos se agolpan en el puente que une a San Antonio con Cúcuta, a la espera de su reapertura. Su afán: pasar, en unos casos, los menos, para reencontrarse con sus familias, separadas tras once meses de cierre del paso fronterizo (1), y en otros, los más, para abastecerse de víveres, medicamentos y mercancías varias que escasean o han desaparecido del mercado venezolano, y para pasear, “porque a eso también vinimos” (2).

 

En la mayoría de los rostros de las personas allí agolpadas se alcanza a percibir ansiedad. Una vez liberado el paso, muchas corren, otras afanan su andar. No es para menos: las horas durante las cuales podrán estar en territorio vecino son contadas, y una vez llegue el final de la tarde deberán estar de regreso. Son las realidades inconcebibles de los Estado-nación, no de ahora sino de siempre, no de estos dos sino de todos, con poblaciones separadas por razones geopolíticas, por los intereses económicos y del mercado, por sus conveniencias para la minoría.

 

Sorprende que en el momento de su paso por el puente algunos adulen al gobierno colombiano, incluso abracen a los policías, o se arrodillen para agradecer a nuestro país, en una clara manifestación de propaganda o simple desconocimiento de la realidad que viven las mayorías en nuestro territorio, que, como en el vecino, sobreviven con dificultad. Tal vez no registran problemas de abastecimiento pero sus ingresos son insuficientes para adquirir lo requerido para satisfacer una vida en dignidad: hay productos para comprar pero no hay con qué adquirirlos: la canasta básica para familias pobres asciende a $ 1.307.560 y el salario mínimo ronda los $ 689.454 mil pesos; realidad que no afecta a pocos: dos millones de connacionales ganan el mínimo, otros seis millones, a pesar de su trabajo, ni siquiera llegan a tal cifra; y otros dos millones 400 mil están desempleados. Otra parte de esta realidad la veremos en la parte final de este escrito.

 

“Estoy feliz y contenta porque voy a comprar lo que necesito para mi hogar, porque no soy una persona millonaria y necesito comprar alimentos a buen precio y no al precio de bachaqueo, como en Venezuela” (3), afirma una de las mujeres entrevistadas. El tiempo pasa; 10 horas después, las mismas cámaras registran el regreso: gente con rostro alegre carga paquetes no muy grandes, bolsas y mochilas, donde llevan sus compras; algunos ocupan sus manos con llantas para moto, otros simplemente tienen sus manos vacías –seguramente eran quienes estaban interesados en visitar a sus familiares. Todos confirman que consiguieron lo que buscaban, harina, aceite, papel higiénico, arroz, medicamentos especializados. Las imágenes transmitidas, los rostros de las personas entrevistadas, la vestimenta, el tamaño de los paquetes cargados, etcétera, permiten deducir que los miles que hicieron el esfuerzo del viaje son parte de la depreciada clase media venezolana, lo que explica su inconformidad con el gobierno al frente de su país.

 

El tamaño de los paquetes cargados denota o bien que las necesidades no eran muchas o bien que el dinero no alcanzó para adquirir lo requerido. ¿Exceso de propaganda o reducida capacidad de ahorro?

 

Entre las entrevistas realizadas con los miles que cruzaron el día 17 de julio la frontera, una llama la atención: “Estoy alegre porque conseguí la harina para hacer pancake, que es la comida que más me gusta”. Así respondió una entrevistada ante la pregunta de quien busca su opinión (4).

 

La respuesta es impactante. Es evidente que aquí no estamos ante un requerimiento de sobrevivencia, ante una necesidad básica, sino ante el deseo de satisfacer un gusto. Es decir, acá estamos ante la individualidad, un tema crucial de y para todo proceso social, mucho más si éste se define o proyecta como socialista, en el cual la preocupación sustancial es por lo colectivo y con ello por la igualdad.

 

Talón de Aquiles de todas las revoluciones conocidas hasta ahora, la igualdad termina asumida y resuelta por lo básico: todos pobres. Es decir, todas las revoluciones satisfacen lo indispensable para que su población no padezca hambre ni caiga en desnutrición, asegurando por igual vía algunos temas como salud, educación, trabajo, vivienda, ropa, y otros aspectos similares y sustanciales para toda sociedad, pero sin que hasta ahora alguna de ellas haya logrado resolver de manera adecuada el inquietante tema de la individualidad, los deseos subjetivos que nacen antes o después de haber resuelto lo fundamental por parte de quienes conforman su población. Tema más acuciante, incluso, desde que el neoliberalismo extendió sus dominios por doquier y el consumo desaforado se convirtió en norma.

 

El asunto no es menor. En la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), sus pobladores tenían resuelto lo fundamental pero querían acceder a otros consumos, participar de las decisiones fundamentales que afectaban sus vidas, además de poder viajar sin limitantes, posibilidad restringida incluso dentro de su propio país; sus ojos se posaban sobre los países vecinos –por ejemplo, Alemania (Occidental)–, con el deseo de acceder a otros bienes y servicios, más allá de lo básico, deseo y fuerza que actúo como determinante para la caída del Muro de Berlín.

 

La realidad es similar en Cuba. El deseo subjetivo lleva a miles de sus hijos e hijas a buscar las playas de Miami, así toque exponer la vida en aguas del Caribe o dar la vuelta por media América Latina para llegar. No importa: desean acceder y consumir más que lo básico.

 

En Brasil, por ejemplo, sin calificarse como gobierno socialista, el Partido de los Trabajadores (PT) se enfrentó sin éxito ante el inquietante tema de quienes, una vez salidos de la pobreza absoluta –vía subsidios–, desean seguir avanzando en capacidad de consumo. Es decir, el PT pierde popularidad por obra de su propia acción: implementar un plan económico exitoso pero que no puede profundizarse ante la caída de los ingresos del gobierno central.

 

Para los defensores de la sociedad capitalista es a la inversa: disponen todo para reivindicar y potenciar la individualidad y el consumo, sin reparar a fondo en cómo resuelve su sobrevivencia cada uno de sus ciudadanos, dilema, incluso angustia, que cae como un yunque sobre millones de desposeídos: salud, educación, alimentación, vivienda, vestido, etcétera, en algunas ocasiones garantizada por los Estados de manera parcial o precaria, por lo cual las calles de muchas ciudades terminan colmadas por quienes padecen exclusión y por quienes están negados de todo. 

 

En las sociedades capitalistas, la desigualdad es palpable y las políticas para corregirla no dan cuenta del origen del problema: la forma como se organiza la producción y como se realiza la distribución de la renta nacional. En las sociedades autoproclamadas socialistas pareciera que lo fundamental fuera garantizar lo básico. Ni en uno ni en otro caso sus pobladores están plenamente satisfechos, y, cuando en las pretendidas sociedades socialistas se abren compuertas para remediar esta realidad, se llega a exabruptos como el conocido y padecido  hoy por China, donde lo individual terminó por negar lo colectivo.

 

En el caso venezolano, con una inflación del 180,9 por ciento al finalizar 2015, y una contracción de su Producto Interno Bruto del 5,7 por ciento (5), sociedad heredera de una cultura de consumo desaforado, donde todo se importa, el gobierno se bate entre sus propios errores e incapacidades y los efectos de medidas de saboteo propiciadas por agentes internos y externos, cuyos efectos no se dejan esperar. Los productos básicos escasean pero el hambre aún no es la norma, la política oficial garantiza parte de lo básico para cada familia, como lo confirmó la FAO en reciente informe (6). Como en anteriores regímenes socialistas –sin serlo el venezolano–, lo básico está cubierto pero el individuo, y con él lo subjetivo, quedan al margen. Como en el caso de un desastre natural, de lo que se trata es de resolver lo más urgente: el resto debe esperar.

 

Precisamente es esa fuerza subjetiva lo que presiona como energía subterránea exigiendo más, para algunos tal vez lo que tenían décadas atrás –poder comprar todo lo deseado, pues sus ingresos así lo permitía–, para otros lo conseguido en los primeros años del gobierno encabezado por Hugo Chávez. Para unos y otros, que no haya que realizar colas tras las cuales, en muchas ocasiones, no se consigue lo requerido. 

 

La insatisfacción por esta realidad es latente, descontento que llevó a miles de personas a viajar hasta Cúcuta y a otros a Pacaraima, en Brasil, para satisfacer sus necesidades pero también sus deseos. Insatisfacción que de igual manera los lleva a idealizar la cotidianidad que viven las mayorías en Colombia, sin percatarse de la realidad soportada por la mayoría de sus pobladores desde tiempos inmemoriales, fruto de lo cual no menos de cinco millones de ellos están radicados en Venezuela y otro tanto en otros países. Esta realidad de exclusión y segregación niega muchos derechos, por lo cual, para hacer realidad un derecho fundamental como el de la salud, en muchos ocasiones hay que recurrir ante los jueces, como lo confirman las 118.281 tutelas interpuestas ante la Defensoría del Pueblo en 2014, en demanda de tal derecho (7). El “paseo de la muerte”, como es conocido el recorrido por varios hospitales de pacientes en grave estado de salud, que requieren de atención urgente y/o especializada, negada una y otra vez, hasta su funesto final, es la más cruel de las evidencias de que en nuestro país la salud no funciona como derecho. Aquel que tiene con qué paga el servicio, mientras el resto padece los efectos de la mercantilización de un derecho fundamental.

 

Pero no sólo sucede así con la salud. Los más pobres, y otros que no lo son tanto, también piden protección de los jueces para que les garanticen otros derechos fundamentales, como lo confirman las 336.219 tutelas presentadas ante la Defensoría del Pueblo durante el año 2013 (8).

 

La realidad es aún más cruel cuando se constata la muerte de miles de niños en La Guajira, el Chocó y otras regiones colombianas, como consecuencia de física hambre (9). O cuando se recuerda, de igual manera, el asesinato de 105 defensores de Derechos Humanos durante 2015, o cuando se verifica que el nuestro es el país con más jóvenes ‘nininis’ –ni educación ni empleo ni buscan empleo en la región (10).

 

¿Dónde viven mejor las mayorías, en Colombia o en Venezuela? ¿Cómo hacer para garantizar igualdad y subjetividad? Las respuestas pueden ser polémicas, pero una cosa sí es segura, como lo dice el refrán popular: “En país de ciegos el tuerto es rey”. 

 

 

1 El cierre fue ordenado por el gobierno venezolano como mecanismo para contener el contrabando que desangra a su fracturada economía.

2 http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2016/07/17/.

3 íd. Por bachaqueo se entiende el comercio ilegal, la reventa de productos y ejercicios económicos similares.

4 Noticiero Caracol fin de semana, domingo 17 de julio, 7 p.m.

5 Gutiérrez, Carlos, “Venezuela, disputa en creciente”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, junio de 2106.

6 http://www.desdeabajo.info/mundo/item/29300-venezuela-no-requiere-de-ayuda-humanitaria-fao.html.

7 http://www.defensoria.gov.co/es/nube/noticias/3414/Sigue-creciendo-el-número-de-tutelas-en-salud-Tutelas-salud.

8 http://www.eltiempo.com/estilo-de-vida/salud/tutelas-por-salud/16258176.

9 http://www.desdeabajo.info/colombia/item/29066-hambre-y-desnutricion-continuan-matando-ninos-en-colombia.html.

10 http://www.eltiempo.com/economia/sectores/jovenes-desemplados-sin-estudio-y-sin-trabajo/16419271.

 

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