Por vía económica o militar, la intervención de Estados Unidos en Irán parece inevitable, mientras el poder del Líder Supremo se debilita cada vez más. En una sociedad modernizada que pretende ser la protagonista de su futuro, las presiones por la normalización de las relaciones con Washington amenazan al régimen teocrático.
“¿Por qué Irán aún no se ha rendido?”, se preguntaba el presidente estadounidense Donald Trump el 20 de febrero. Mientras el régimen teocrático no tiene intención de ceder, la represión desatada el pasado mes de enero contra su población confirma, una vez más, su fracaso. Washington, en tanto, no renuncia al uso de la fuerza, y las élites de la clase media iraní esperan su momento.
Desde principios de año, Estados Unidos ha alternado actitudes calientes y frías con respecto a Irán. Por un lado, Washington aceptó reanudar las negociaciones con Teherán sobre su programa nuclear, insinuando que se habían logrado avances, incluso en la cuestión del nivel de enriquecimiento del uranio. Por otro lado, la administración estadounidense desplegó una imponente armada aeronaval en las aguas del Golfo Pérsico y en sus bases de la región. Para muchos observadores, no hay duda de que tal concentración de aviones y buques de guerra, entre ellos dos portaaviones, solo puede ser el preludio de un ataque a gran escala, aunque sea de duración limitada. Si bien es difícil prever cuáles serían las consecuencias de tal operación, en particular en lo que respecta a la supervivencia del régimen iraní, el reciente levantamiento de los iraníes y la represión que le siguió permiten evaluar lo que está en juego en Irán.



