La tentación de lo peor

La tentación de lo peor

Las elecciones en Estados Unidos ponen al electorado ante la disyuntiva de elegir entre la continuidad de las políticas de austeridad adoptadas por Obama o la profundización de los recortes al sector público propuesta por los republicanos.

 

La gangrena de las finanzas estadounidenses provocó una crisis económica global con resultados conocidos: sangría de puestos de trabajo, quiebra de millones de propietarios de inmuebles, disminución de la protección social. Sin embargo, cuatro años después y como efecto de una paradoja singular, nadie puede sin duda descartar la llegada a la Casa Blanca de un hombre, Willard “Mitt” Romney, que debe su inmensa fortuna a la especulación financiera, la deslocalización de puestos de trabajo y los encantos (fiscales) de las Islas Caimán.

 

Su elección del representante republicano Paul Ryan como candidato a la vicepresidencia da una idea general de lo que podría ser de Estados Unidos si, el próximo 6 de noviembre, los votantes cedieran a la tentación de lo peor. Aun cuando Barack Obama ya acordó un plan para reducir el déficit presupuestario recortando los gastos sociales sin aumentar el nivel –anormalmente bajo– del impuesto a las rentas más altas (1), Ryan considera que esta capitulación demócrata es insuficiente. Su programa, al que se sumó Romney y que ya fue aprobado por la Cámara de Representantes (de mayoría republicana), apunta a reducir esos impuestos en un 20%, baja que dejaría su tope en un 25%, el nivel más bajo desde 1931; también pretende aumentar el gasto militar en un 15% de aquí a 2017 y a pesar de todo ello reduciría en un 10% el déficit presupuestario en el Producto Interno Bruto de Estados Unidos. ¿Cómo espera Ryan lograr esos objetivos? Abandonando en manos del sector privado –o de la caridad– las responsabilidades civiles esenciales del Estado. Así, por ejemplo, el seguro médico de los indigentes vería reducido su presupuesto… en un 78% (2).

 

Desde principios del año pasado, Obama viene aplicando una política de austeridad que resulta tan ineficaz y cruel en Estados Unidos como en otros países. O bien se congratula por las (pocas) buenas noticias económicas, cuyo crédito atribuye a su presidencia, o bien imputa las malas noticias (como la situación del empleo) a las obstrucciones parlamentarias de los republicanos. Como semejante dialéctica no da la impresión de ayudarlo a recuperar su electorado, el Presidente cuenta con que el miedo a la radicalidad de la derecha opositora le asegure un segundo mandato. Pero, ¿qué hará con ese segundo mandato luego de dilapidar las promesas del primero, y con un Congreso elegido en noviembre que sin duda será más de derecha que el que se encontró al entrar en la Casa Blanca en 2009?

 

Una vez más, un sistema hermético –que sólo beneficia a los dos partidos que compiten por los favores concedidos al mundo corporativo– va a obligar a millones de estadounidenses, desalentados por la blandura de su Presidente a volver a votar por él. Así pues, deberán resignarse a la elección, usual en Estados Unidos, entre lo malo y lo peor. Sin embargo, su veredicto no dejará de tener consecuencias en otras tierras: el triunfo de un partido republicano decidido a destruir el Estado social, indignado por el “asistencialismo”, instalado en la retaguardia del fundamentalismo cristiano y movido por la paranoia del odio al islam, sin duda hará escuela en una derecha europea ya aguijoneada por la mayoría de estas tentaciones.

 

1 Serge Halimi, “Chantaje en Washington”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, agosto de 2011.

2 David Wessel, “Ryan Reflects Arc of GOP Fiscal Thinking”, The Wall Street Journal, Nueva York, 16-8-12.

*Director de Le Monde diplomatique.

Traducción: Mariana Saúl

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