Latinos en EE.UU. The Whole Enchilada

Según el censo del año 2000, los latinos se han convertido en la minoría étnica nacional más numerosa de Estados Unidos. La escritora puertorriqueña Negrón-Muntaner retrata con humor cómo se ha integrado esta comunidad a una cultura que no termina de digerirlos.


“Yo decido”, se leía en la portada de la revista Time el pasado febrero en su edición anglófona. Para acentuar el punto de que los latinos serán el voto decisivo en las próximas elecciones estadounidenses, la frase estaba acompañada por veinte rostros con un mismo look mestizo. Como todo reclamo de poder latino, sin embargo, la aseveración provocó algo de susto y preocupación. Esto aunque las fotografías, escogidas para darle cuerpo y peso al argumento, causaron inmediatos problemas de veracidad. Uno de los retratados, el residente de Arizona Michael Schennum, se quejó de que él no era latino sino parte blanco y mitad chino. Y se podría añadir, chino de China, no de Venezuela, Cuba o Panamá.

 

En parte por su gran diversidad fenotípica, cuando se caldean los ánimos al norte del Río Grande, el país latino se encarna principalmente como un plato de comida mexicana. Distinto a los cuerpos, que muchas veces frustran el binario racial dominante de blanco o negro, no se puede confundir la chalupa con el chop suey, ni el guacamole con ninguna otra cosa. Por eso cuando de acuerdo al censo del 2000 los latinos se convirtieron en la minoría étnica nacional más numerosa, este hecho se concretó en la imaginación popular aludiendo a una estadística no de población sino de sazón: por primera vez en la historia, se gastó más dinero en comprar salsa mexicana que kétchup.

 

De ahí también que el lenguaje dominante para hacerle el amor-odio a los latinos pase por la cocina. Mientras que antes a los latinos se los llamaba greasers y spics, hoy, son beaners o frijoleros. (Aunque si el latino es detenido como “combatiente enemigo”, según lo fue el supuesto operativo boricua de Al Qaeda José Padilla, entonces ya no es un beaner sino un tortilla terrorist.) Consistente con la lógica que ve en los latinos una amenaza y en las latinas un botín de guerra, ellas son humeantes “tamales calientes”, listos para comer.

 

Que se hable más de tamales que de papayas o pupusas no es coincidencia. El país latino es extraordinariamente diverso pero la población de origen mexicano constituye su gran mayoría: 65% de 54 millones de almas. La visibilidad mexicana, sin embargo, no es sólo una cuestión de números. Se debe además a que los mexicanos-americanos tienen un mayor peso en la memoria colectiva y raíces más profundas en el territorio nacional. El hecho de que se comieran tortillas de harina en América del Norte mucho antes de la llegada de los británicos con su pan desabrido y de que el suroeste del país fuera parte de México hace apenas siglo y medio, sugiere que los mexicanos son tan (o más) de estas tierras que los peregrinos. Insinúa igualmente, que si una vez Estados Unidos fue azteca, algún día podría volver a serlo.

 

La metáfora gastronómica obedece también a una continuidad retórica: desde el siglo XIX la incorporación ciudadana de los inmigrantes a Estados Unidos se ha entendido esencialmente como un problema de (in)digestión y absorción de cuerpos inferiores y extraños. Por lo que su resolución figurada asimismo ha sido culinaria: el melting pot o la fusión de distintos grupos en un nuevo y armonioso caldo nacional en el cual todas las diferencias culturales (si no raciales) desaparecerían. La naturalidad con la cual se vincula lo nacional a la cocina es tal que aun cuando ya nadie se tragaba la noción del melting pot a partir de las luchas de afirmación étnicas setentistas, se enmendó la metáfora pero no su referente fundamental. La nación pasó de ser caldo sin huesos a ser un salad bowl, en el que todas las etnias estarían juntas pero no revueltas.

 

A la vez, el pensar la latinidad a partir de la comida tiene un contexto eminentemente contemporáneo, aunque como diría la cantante Gloria Estefan, sigue la tradición: dado el momento en el que se hace visible, el país latino es sobre todo uno producido por el discurso del consumo. Distinto a los afroamericanos, cuyo importe en moneda simbólica se basa en sus contribuciones a la vitalidad cultural y a la democratización de la nación, los latinos buscan ganar valor casi exclusivamente a través de su apetito a la hora de comprar. Esto explica en gran medida por qué sus formas de ser no tienden a estar elaboradas por académicos o escritores sino por celebridades y empresarios que buscan obtener a través del mercado lo que el Estado aún no les ofrece: incorporación ciudadana plena.

 

¿Y cómo es él desde la óptica de sus intelectuales orgánicos? Para empezar, rico. Si fuera independiente, constituiría la duodécima economía más grande del mundo con un ingreso per cápita superior al de Rusia, India y Brasil. En adición, fértil. Con un promedio de 2,7 hijos por pareja, el país latino estaría entre los lugares más balanceados del mundo en términos demográficos. Pero sobre todo, espléndido: Con un poder adquisitivo de 1,2 billones de dólares, al latino se lo conoce y quiere darse a conocer como el consumidor ideal de la comida empaquetada y el máximo comprador de pañales descartables.

 

La poca distancia retórica que existe entre latinos, alimentación y desperdicios, sin embargo, sugiere que la estrategia de venderse como pacmans de mercancías no ha sido del todo exitosa. Por eso la política tampoco se escapa de la metáfora y se salpica de ella. El mejor ejemplo reciente viene de East Haven, Connecticut, un pueblo de 28.000 habitantes, 10% de los cuales son latinos. En enero pasado, el FBI arrestó a cuatro policías de la ciudad por intimidar, acosar y usar fuerza excesiva contra residentes latinos de forma sistemática por tres años. Entonces pasó lo que tenía que pasar. Cuando la prensa finalmente fue a preguntarle al alcalde, el honorable Joseph Maturo, Jr., qué iba a hacer por la comunidad dado el comportamiento vil de la policía, éste dijo con intención solidaria: “A lo mejor me como un taco”.

 

A pesar de que un buen número de los latinos que viven en East Haven no son mexicanos sino ecuatorianos, entienden que para propósitos nacionales, todos los latinos son tacos. Por lo que hablando en taco, la respuesta no se hizo esperar. Al día siguiente, un grupo de activistas creó un número de móvil que le permitía a cualquiera textearle un taco al alcalde. El resultado: dos días después que hiciera su comentario, docenas de repartidores en bicicleta le depositaron al alcalde más de 500 tacos a la puerta de su oficina. El mensaje: cómetelo.

 

Tragar o ser tragado, esa es la pregunta que agobia al país anglo según contempla su destino inevitable: en menos de cuarenta años ya no será mayoría. La idea, sin embargo, se le está haciendo difícil de asimilar y con razón: desde el siglo XIX, la aspiración anglo ha sido que ondee su bandera de Norte a Sur en una Pax Americana en la cual Centroamérica aporte bananos, Cuba y Puerto Rico caña de azúcar, y México brazos para recoger tomates. Pero se quemó el arroz. Hoy, los anglos sienten que son las banderas mexicanas las que ondulan a lo largo y ancho de su territorio, inclusive sobre los fabulosos taco trucks, establecimientos de comida ambulantes que anuncian con su llegada que un nuevo vecindario ha pasado al otro lado demográfico.

 

Además de ser extensiones de México sobre ruedas, los taco trucks amenazan la viabilidad de McDonald’s y Pizza Hut con sus comidas aun más baratas, hechas como en casa, por personas simpáticas que te dan los buenos días. Esto ha llevado a la guerra de los taco trucks, una verdadera food fight callejera donde se enfrentan los loncheros, empresarios con creatividad pero sin grandes capitales, contra gobiernos remojados en la afluencia de la industria culinaria oficial. Igual va a ser difícil vencer a los taco trucks. No sólo llevan sobre sí tatuajes tricolores de la Virgen de la Guadalupe para que los libre de todo mal; miles de personas han jurado que esta batalla no será su Álamo y se han lanzado al combate bajo las clásicas consignas de: “¡Vivan los taco trucks!” y “¡Burrito justice!”.

 

En otras palabras, el miedo que desata el contundente “yo decido” es que los latinos exijan lo que los anglos han tomado por sentado desde siempre: the whole enchilada, es decir, “la cosa completa” o toda la enchilada. He ahí la raíz de las medidas anti-latinas que se han cocinado en Alabama, Georgia y Arizona en los últimos años, desde apoderar a los policías para que puedan detener a cualquiera que “parezca” mexicano hasta prohibir los estudios chicanos en las escuelas. El politólogo Samuel Huntingon llamó a esta alucinación de dominio latino “la reconquista”. Es decir, un avance lento pero seguro en el cual Estados Unidos se derretiría en una salsa católica, corrupta y caótica preparada no al gusto de Nueva Inglaterra. Esta tacofobia, sin embargo, es infundada.

 

El país latino es uno que come y deja comer, literalmente. Al llegar a los pueblos y ciudades del sur, en los cuales se ha visto el mayor crecimiento de latinos en la última década, pequeños comerciantes compran restaurantes casi en ruinas que alguna vez se llamaron “Joe’s”, “Carmine’s” y “Mamma Jennie’s”. Contrario a las expectativas, a veces preservan no sólo el nombre de los antiguos establecimientos sino parte del menú. Junto al guacamole y la quesadilla, los nuevos chefs ofrecen hamburguesas, papas fritas y, ¿por qué no?, kétchup. Y habría que añadir que éstos son cocineros de profunda convicción ecuménica. Es decir, cocinan lo que sea. Basta con mirar al fondo de cualquier restaurante para comprobar que la mayoría de los que preparan la pasta, fríen el falafel o condimentan el tikka masala son latinos.

 

Además, se deja comer. Entre todos los clanes etno-raciales, los latinos tienen las tasas más altas de uniones matrimoniales con otros grupos y si hubiese menos segregación sería aun mayor. En este sentido, la latinidad es aditiva y admite sustitutos. Se puede envolver el tamal en papel aluminio y servir tostones con arroz chino. Se puede hablar inglés, español, spanglish, y/o quechua. Se puede oír bachata y rap. Llamarse Bill Richardson, Jennifer López o Pitbull.

 

Al final, la idea de una masa monocromática que se expande y arropa sólo existe en la imaginación nativista. La pluralidad latina ni quiere toda la enchilada ni que todo sea una enchilada. Aunque por lo pronto su presencia sea vista por muchos como una reiteración fatal de la revancha de Moctezuma.

 

*Escritora, cineasta e investigadora. Entre sus libros se encuentran Boricua Pop: Puerto Ricans and the Latinization of American Culture (2004, premio CHOICE) y la colección Sovereign Acts, de próxima aparición. Ha sido reconocida por las Naciones Unidas como Experta Global y por la Universidad de Columbia con el Premio Lenfest.

 

 


 

Tacos al estilo taco truck de Los Ángeles

Ingredientes (sirve ocho)

3/4 libras de puerco cocido, jugo de 2 limones, 2 cebollas, 4 o 5 dientes de ajo, 3 cucharadas de chile en polvo, 1 cucharada de orégano mexicano, agua, 8 tortillas de maíz, 1/2 racimo de cilantro, sal a su gusto

 

Corte una de las cebollas en pedazos grandes. Coloque la cebolla cortada, el puerco, el jugo de limón, los dientes de ajo, el polvo de chile, la sal y el orégano en una olla de lento cocimiento con agua. Tape la olla y cocine por cuatro horas. Al cabo de cuatro horas, retire el puerco de la olla y córtelo en tiras.

 

Entonces corte la segunda cebolla y el cilantro. Caliente las tortillas sobre la flama. Llene cada tortilla con el puerco y salpíquelo de cebolla y cilantro.

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