Home Ediciones Anteriores Edición impresa Nº 115 Los intelectuales son “murciélagos, a veces aves, a veces ratones”

Los intelectuales son “murciélagos, a veces aves, a veces ratones”

La reiterada pregunta sobre el papel de los intelectuales en nuestras sociedades latinoamericanas ha tenido muy diversas respuestas a lo largo de su historia. Una de ellas, la que citamos en el título, tomado sintéticamente del radical ensayista peruano Manuel González Prada. Con esto se prevenía contra la conducta ambivalente del hombre de letras del siglo XIX, que unas veces cumplía su oficio de crítico del poder y otras veces, quizá las más de las veces, vendía su pluma a los tiranos de turno. En las condiciones políticas y sociales decimonónicas, el hombre de letras o, más tarde, el llamado intelectual, no podía sustraerse del influjo poderoso y violento de la vida pública.

 

Esta vida pública forjó las más altas personalidades del siglo XIX. Hizo posible no sólo a Simón Bolívar, quien con derecho propio puede llamarse el padre de la vida intelectual de nuestras repúblicas. Las circunstancias hicieron posible y formaron las máximas personalidades de la vida de los pensadores. Hicieron posible la obra de Andrés Bello, conocido como el “Arquitecto de América” por la sólida armadura institucional que diseñó en su vida de publicista. Fue no únicamente el primer periodista de Venezuela; fue el redactor de la independencia literaria de América Latina, con la “Biblioteca Americana”, en compañía del cartagenero Juan García del Río. Bello, además, redactó el Código Civil y la primera gramática moderna del castellano, así como creó la Universidad de Chile, que hasta hoy es una de las primeras instituciones universitarias del Continente.

 

Al lado de Bello están los nombres del argentino Domingo Faustino Sarmiento, del ecuatoriano Juan Montalvo, del colombiano Jorge Isaacs, del mexicano Ignacio Manuel Altamirano y del propio peruano González Prada. Estos nombres epónimos no deben hacernos olvidar que también hubo mediocridades, lacayos letrados y doctrinantes de pacotilla. Tal ambivalencia generó contadas pero muy significativas sospechas sobre la naturaleza de nuestros letrados y el papel negativo en general de la cultura intelectual en la realidad americana.

 

Una de las primeras voces que se levantaron contra el papel de dominación cultural de los intelectuales fue la de Simón Rodríguez, cuya protesta lo llevó a una suerte de marginalidad. Décadas después, habló contra el abogado y plumífero vanidoso José Pedro Varela, en Uruguay. A esta lista podemos agregar al “Martín Fierro” de José Hernández, o más tarde a los llamados telúricos, de Ernesto Quesada a Fernando González; y más tarde a los populistas católicos.

 

Desde Simón Bolívar, el guerrero, el dandy y el escritor, hasta el presente, los intelectuales latinoamericanos han incidido e influido de diversos modos en la formación de la vida republicana. Ellos actuaron en la prensa, es decir, construyeron la opinión pública; y transmitieron ideas y mantuvieron vivo el espíritu y la llama del ser de esta parte de América. Ellos discutieron contra la herencia hispánica y contra el trasfondo inquisitorial de nuestra vida civil. Ellos tradujeron del francés, del inglés, algunos pocos del alemán, y así nos acercaron al mundo ancho y ajeno de la modernidad. Ellos se reunieron en salones, hicieron tertulias, estuvieron en la cárcel, en el exilio. También fueron presidentes, ministros, parlamentarios y diplomáticos. Pero igualmente descubrieron el mundo indígena, redescubrieron sus lenguas y su cultura; y en muchos casos se alinearon con el naciente mundo obrero y se consagraron a la defensa de causas perdidas.

 

A finales del siglo XIX, la intelectualidad latinoamericana dio tipos geniales como el poeta Rubén Darío o el ensayista Baldomero Sanín Cano o el narrador Tomás Carrasquilla. Con la superación del modernismo, aparecen las vanguardias; con la superación de las vanguardias –muy tímidas–, aparece un Jorge Luis Borges. Al lado de Borges surgen, como efecto de la masificación urbana y sus problemas emergentes, los científicos sociales. La ciencia social llega a realizaciones gigantes. Es el caso de Gilberto Freyre con Casa grande y senzala, o Fernando Ortiz con Contrapunteo del tabaco y el azúcar. Estas obras cuentan con un público lector emergente; y no leen ahora sólo a los letrados sino también a las maestras de escuela, los grupos profesionales diversificados.

 

Las ciencias sociales se someten a la institucionalización universitaria a mediados del siglo XX. Se especializan los intelectuales, se tornan profesores, y muchas veces tergiversan su vocación universalista por un saber cada vez menos contextualizado. Vuelven a traicionar su misión liberadora so pretexto de la especialización de sus metodologías y sus temas, pero a la vez se radicaliza otro sector al llamado de la revolución cubana. Parece abrirse así un nuevo dilema: se sigue el camino de liberación de Camilo Torres o se trasiega por la vía de la ciencia social de un Fernando Cardoso o un Enzo Faletto.

 

Hace cerca de tres décadas, poco antes de morir, Ángel Rama (1926-1983), el reconocido crítico literario de Uruguay, escribió un libro que causó desazón. Lo tituló sugestivamente La ciudad letrada (1984, obra póstuma), que cabe calificar de manifiesto antiintelectualista. Rama fustigaba el papel de los hombres de letras, desde la Colonia hasta el presente. Ellos, sostiene Rama, habían organizado una especie de cartel de escritores, que, al margen de las capas populares, ejercían un poder autónomo del poder político. No eran los letrados un poder que había traicionado su misión democratizadora de la cultura.

 

Con ello Rama, estaba descubriendo algo que es casi una perogrullada: la palabra, en manos de los diestros maestros del lenguaje, es un arma activa de la construcción de las sociedades, o de su destrucción y enajenamiento. Las palabras de los intelectuales no sólo predican ideas, expresan sentimientos, forjan conceptos, sino que además son por sí hechos de la vida pública nacional. Estos hechos son constructivos o destructivos. El intelectual ejerce una atracción, estimula una refinada manera de ser social y establece un canón de vida socio-cultural. Él encarna, por sí, una coronación social; pero es a la vez un factor negativo de la integración cultural. Al privilegiar la letra –se dice– mata el espíritu.

 

Visto el asunto de esta manera, los intelectuales –quienes no integran propiamente un gremio especial, ni pertenecen a una capa social determinada y viven como en ingravidez cultural– son un enigma, un tema de debate y de interés que se viene despertando en los últimos años. Porque también son los intelectuales los marginados, los inconformes, los rebeldes que predican una condición de posibilidad diferenciadora. Portan ideales nuevos, la utopía: mantienen viva la utopía americana.

 

¿Existen los intelectuales en Colombia? Esta pregunta se repite reiteradamente, y sus respuestas suelen ser desconcertantes o insultantes. Se afirma que no hay intelectuales en el país. Es cierto desde un punto de vista: desde la historia exigente de una tradición de grandes y comprometidos creadores de nuestras letras, de Bolívar o Teresa de Mier a García Márquez o José Luis Romero. Flexibilizando los términos, pueden ser los intelectuales esa muchedumbre de periodistas, maestros de escuela, profesores universitarios, abogados y otros profesionales que se ganan la vida con la palabra escrita o hablada, en forma profesional y con reconocida calificación.

 

¿Hay intelectuales indígenas, afros, mujeres? Esta pregunta roza con otros problemas emergentes y de difícil respuesta. ¿En qué sentido entenderlos? Esto reclama nuestra primera atención, en el entendido del esfuerzo ‘epistémico’ de incluirlos y de incluirnos. Nada, en verdad, parece dicho.

 

¿Hay intelectuales murciélagos en Colombia? Eso, sí, ¡cómo no!

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