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Nosotros, estos solitarios que deambulamos entre la muchedumbre

Nosotros, estos solitarios que deambulamos entre la muchedumbre

Este artículo es una muestra de un ejercicio de palabra en comunidad que se lleva a cabo en Medellín mes a mes, y en el que se congregan ciudadanos del común para dejarse afectar por reflexiones sobre la vida cotidiana que cobra características singulares en nuestro tiempo.


Si las personas dirigidas por los otros descubren qué cantidad de trabajo innecesario realizan, que sus propios pensamientos y sus propias vidas son tan interesantes como las del prójimo, y que, sin duda no mitigan la soledad en medio de una muchedumbre de iguales más de lo que pueden mitigar la sed bebiendo agua salada, entonces cabe esperar que se vuelvan más atentos a sus propios sentimientos y aspiraciones.

David Riesman

La muchedumbre solitaria

 

El otro que nos hace

 

No nacemos hechos; vamos haciéndonos. Más preciso aún: los otros, que desde el comienzo vamos encontrando en el mundo, van haciéndonos. Nadie llega a la existencia diciendo “yo soy yo”. Más bien se llegará a decir “yo” gracias a la intervención de los otros, que, con su presencia, su palabra, su deseo, sus leyes, sus hábitos, determinarán, en el proceso de una historia siempre personal, desplegada, claro está, en el contexto de una colectiva, la constitución de ese yo al que advenimos. Está de más decir que ese carácter desnaturalizado de lo humano hace girar el centro de gravedad de nuestro ser sobre el lenguaje, destinándonos, por tanto, a la incertidumbre de una historia que nada nos garantiza por principio y de la cual no podemos sustraer nuestra responsabilidad.

 

Es la mirada del otro lo que nos constituye, lo que nos provee la forma como nos reconocemos y lo que, antes que nada, nos certifica: ¡eres! Así, pues, esa forma que nos viene de la mirada del otro recorta la imagen en que nos reconocemos, la misma que, sin embargo, nunca es completa y estará siempre inacabada, no pudiendo, por consiguiente, colmar jamás la cabalidad de nuestro ser.

 

El otro, al reconocernos, nos depara cuatro confirmaciones: como existente, como ser, como singularidad y como valor. De aquí que permanentemente requiramos que este reconocimiento nos sea ratificado, lo que delata, por un lado, que estamos poseídos por una sed insaciable de ser reconocidos y, por otro, el lugar imprescindible que el otro tiene en nuestra vida, lugar que lo hace necesario siempre y algunas veces deseable. Pero no cualquiera nos gratifica en esa necesidad esencial y, por tanto, no todo desconocimiento nos aniquila. En consecuencia, necesitamos o deseamos el reconocimiento de alguien que es reconocido por nosotros como un ser significativo y valioso, con lo cual es claro que no podemos ser sin el otro.

 

Soledades diversas

 

Si el reconocimiento por parte del otro es un imperativo de la estructura misma de nuestro ser, otro hecho de crucial importancia, pero esta vez de carácter histórico, signa a la sociedad occidental y nos trae al presente que vivimos: el proceso de individuación que ha seguido la modernidad, época histórica que recibe la impronta del capitalismo y, con ésta, la marca de tal proceso pero vía el individualismo. El logro cultural que representa la individuación de la vida no tiene que seguir la senda del individualismo, es decir, no tiene que derivar, como así lo impone la sociedad del capital, a un individuo individualista, pues también pudiera darse la posibilidad de un individuo en comunidad, esto es, un individuo que, sin abdicar de su singularidad, sabe reconocerse en una colectividad y trabajar por lo común que lo vincula a los otros. Pero la marca del individuo que prevalece en nuestra época y en el modelo de sociedad que tenemos es aquella que nos desvincula del otro, a quien le asigna la condición de rival o de indiferente.

El individualismo que prima hoy toma al otro como amenaza y hace de la desconfianza para con él la razón por la cual se le mantiene a distancia y se le recela con un peligro potencial que se cierne sobre uno. Esto, a la vez, desata dos consecuencias: una, ese ideal propio de la modernidad capitalista de llegar a ser autosuficiente e invulnerable; la segunda, que con el otro no queremos comprometernos decididamente y no queremos dejar traslucir que lo necesitamos, optando mejor por relaciones ligeras y prescindibles, por reducir los vínculos a encuentros sin incidencia decisiva y significativa. Así, los solitarios de hoy, que deambulamos entre la muchedumbre, somos barcos que hacen sonar sus sirenas en la niebla para evitar cualquier roce con los demás.

Ahora, quien está solo siempre lo está respecto de los demás, en tanto que se ha separado de éstos. De aquí que una definición elemental de la soledad comprende dos aspectos: la separación respecto a los demás y la suspensión de la comunicación con ellos. No obstante, es menester precisar dos determinaciones de la soledad y dos modalidades de ella. En lo relativo a lo primero; podemos hablar de una soledad estructural del ser humano, de una soledad esencial, producto del proceso de subjetivación y singularización de cada uno; y de una soledad histórica y circunstancial que es el resultado de los procesos de atomización individualista por los que se precipita una sociedad como la nuestra.

En lo atinente a las modalidades, está la soledad como recogimiento, proveniente de un gesto voluntario con el cual la persona busca ‘reunirse’ consigo misma. La soledad del abandono arroja a una devastadora angustia que se intenta superar con esas sintomáticas formas compensatorias que hoy destila profusamente nuestra sociedad y que resuelve imaginariamente el encuentro con el otro por las lides del consumismo, la identificación a la masa o la vida rendida al espectáculo. Por el contrario, la soledad del que sabe recogerse sobre sí mismo le depara un goce de sí que lo potencia para un reencuentro más cualificado con el otro.

Hoy, en gran medida como consecuencia de la opción individualista que ha seguido la individuación, asistimos a la paradoja de vivir en una época de multitudes, con unos índices demográficos como nunca los hubo en la historia, con una notoria agilidad en el transporte y una portentosa capacidad de la comunicación, todo esto en el marco de una cada vez más insalvable distancia con los demás seres humanos y de una pérdida de la comunicación significativa y trascendente con ellos. Hoy vivimos una cercanía física y una promiscuidad material, conjugadas con una lejanía ontológica y un extrañamiento afectivo, configurando así esa rara vivencia de una soledad promiscua o de una promiscuidad solitaria. Todos esos lugares de soledades promiscuas o de promiscuidades solitarias, como son la escuela, el trabajo, la pareja, las multitudes, únicamente incitan a esas salidas que no hacen más que ahondar el mal del que se pretendía huir.

Caso aparte para el análisis y el comentario, pero que aquí es sólo posible enunciarlo, es el de las experiencias diversas que cobra la soledad del abandono en nuestros tiempos y que toman la figura de la marginación del indigente, del oprobio del torturado, del confinamiento del loco, del doloroso desvanecimiento al que se condena al viejo, en fin, del hospitalizado aislamiento del moribundo. Pero en este sombrío contexto en el que prima la soledad como abandono, cobra más razón y peso la necesidad de reconocer y reivindicar el carácter positivo de la soledad, precisando que la amenaza para la existencia proviene es de esa modalidad de la soledad caracterizada por formas empobrecidas y alienadas de la comunicación y por representaciones individualistas que nos llevan a la desastrosa posición de denegar nuestra incompletud y de no reconocer la necesidad de los otros. ν

* Este artículo es una síntesis de “La conversación del miércoles”, proyecto de formación ciudadana organizado en Medellín, desde hace cinco años, por la Corporación Estanislao Zuleta y otras entidades que lo respaldan: Comfama, Confiar y Haylibros.com. Ciclo 2012: De la cultura que tenemos a la cultura que queremos. Equipo del proyecto: Carlos Mario González, Diana Suárez, Vincent Restrepo, Álvaro Estrada, Eduardo Cano, Santiago Gutiérrez, Alejandro López, Isabel Salazar y Sandra Jaramillo. Más información: www.corpozuleta.org o en http://bit.ly/CdelM12.

 

 


 

 

Palabra desatada

 

“La soledad no es un problema para mí”, contó uno de los asistentes; que eso le decía un joven en una conversación, y eso le hizo a él preguntarse y preguntarnos si hay momentos en la vida para darse a interrogaciones que tengan por objeto esos asuntos tan difíciles de la condición nuestra, de la humana: la soledad, la finitud, la fragilidad y otros: ¿Es del caso que se vea a un chico enredándose en la pregunta por las compañías que tiene?, ¿En la juventud pensamos en la muerte y en asuntos que, como ese, son tan altos, profundos y vastos, fríos, y sobre todo perturbadores y contundentemente angustiantes? (¡bien haríamos!) “¿Qué ingenuo afirma que la soledad no le preocupa?”, propuso alguien. El individuo solitario, aquel despreocupado del otro, tiende a ser un individuo menos potente para la vida que otros que, si bien como individuos participan de una comunidad y se comprometen con la suerte de ella, aunque no de cualquier comunidad, pues si se trata de una comunidad compuesta por individuos individualistas, ¿qué más que infructuosas y tediosas rencillas cabría esperar de ella, de sus integrantes?

 

“¿Qué posibilidades hay de crear comunidades hoy día?”. Corre que corre el miedo de quedarse a solas consigo mismo, dicen no pocos; ese temor arroja al enajenamiento que sostiene a las masas. “¿Acaso estamos aislándonos?…”, preguntó uno que sabía de una pareja que tenía entre sí unas cuantas escalas y que realizaba su noviazgo entre pisos y a través del PC, chateando. Hoy también se consumen relaciones: no pulula la búsqueda de relaciones significativas, se acuñó. ¿Si hay varios tipos de soledades, hay entonces varios tipos de compañías?, preguntó alguien como llevado por un apremio lógico.

 

¿Y qué decir de la imposibilidad de estar a solas como una imposición –el hacinamiento a que están condenadas tantas familias de escasos recursos o la escasez de espacio tan común en las cárceles? Las condiciones sociales dadas dificultan para muchos ‘la soledad del retiro’: si se trata de sobrevivir, con jornadas laborales que aplastan el ánimo, trabajos alienantes, tareas que espantan a la inteligencia y la sensibilidad, ¿cómo, a dónde y con qué retirarse a estar a solas (o con ciertas compañías)? Es la nuestra una sociedad de las masas. Una sociedad de muchedumbres. Una sociedad de soledades e individuos sujetos de ellas, angustiados. Y vivencia una paradoja: tiene un problema, el aislamiento, que no se quiere pensar, pero para el que sí se demandan fórmulas e instrucciones para lidiar con él: ¿Y si la conferencia se hubiera titulado “Cómo dotarse de amigos”? ¡Seguro que no hubiera bastado el espacio de tres auditorios más para recibir al montón de personas solitarias agobiadas de no tener relacionamientos satisfactorios para existir, se sospechó. Así, ¿de qué sociedad somos capaces? ¿Serán posibles otros relacionamientos, otras valoraciones, otras ambiciones? Quizá no sea un desacierto contestar a esa pregunta, como urgido de aquel apremio lógico, si se afirma que ¡será también la sociedad de las soledades de que seamos capaces!

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