Home Ediciones Anteriores Artículos publicados Nº140 Otra política, ¡sí es posible!

Otra política, ¡sí es posible!

Otra política, ¡sí es posible!

En la vida cotidiana de gran parte de las sociedades, con honrosas excepciones, lo común ha sido siempre que sus dirigentes se destaquen por su ambición, desmedida en la generalidad de los casos. Corrupción, violencia, engaño, ventajismo, promesas no cumplidas, manipulación, utilización de la gente, etcétera, son sus notas características. No es de extrañar, por tanto, que la mayoría de la gente sea desconfiada con los políticos, que cuando los escuche sea simplemente para ver qué les saca, y, que por prolongación la política termine vista como asunto de tramposos, agenciada por gente de poco fiar.

Esta constante histórica ganó nuevos ribetes de deshonra con el neoliberalismo, profundización absoluta de lo más grotesco del capitalismo, empezando por el empotramiento del individualismo, secundado por la absoluta cosificación de todo lo que nos rodea, a tal punto que sus voceros parecieran preguntar: ¿Quién no tiene precio? No es casual que sean los narcotraficantes quienes resumen, hasta el extremo, los valores encarnados por este sistema y su forma más acabada. Como es sabido, para ellos –pero también para el capitalista tradicional–, el dinero lo puede todo, como ídolo y fetiche, valor absoluto, representación de algo que ahora termina arrinconado por su intermediario.

Acumular, “yo primero”, dinero, fama, acumular, dinero, son las máximas de moda, no importa a dónde vayan a parar la ética y los principios que deben regir toda vida, por ‘importante’ o ‘modesta’ que ésta sea. El asunto es aún más grave si consideramos el caso de quienes utilizan el poder del Estado o, peor todavía, el erario, esto es, el patrimonio público, para alcanzar las metas de su obsesión personal con el enriquecimiento. Las recientes detenciones de los exfuncionarios de Petrobras, Paulo Roberto Costa, exdirector de Servicios, y Renato Duque, exdirector de Abastecimiento, acusados por negociados por 22 mil millones de dólares con grandes empresas del sector privado y derivación de fondos hacia diversidad de partidos políticos, son una pequeña muestra de lo que sucede incluso en gobiernos que se reclaman progresistas (1). El encarcelamiento del extesorero del Partido Popular de España Luis Bárcenas y toda la trama que esconde su episodio corrupto, así como el apresamiento del exprimer ministro de Portugal José Sócrates, acusado por fraude fiscal cualificado, corrupción y blanqueo de dinero, son ejemplos recientes de una interminable lista de sucesos que cada año les recuerdan a los ciudadanos del mundo que los políticos tradicionales asumen lo público como espacio y oportunidad para enriquecerse.

En nuestro país, la lista de implicados por este tipo de sucesos tampoco deja de crecer. El desfalco que hace pocos años vivió Bogotá constituye tan solo la punta del iceberg de un mal generalizado y encubierto, que no le ha permitido al país, ni siquiera desde la perspectiva convencional del capitalismo, alcanzar estándares aceptables de infraestructura material. El arribismo imitador de consumos y prácticas exóticas en lo social es el común denominador de los políticos y los funcionarios, y lo ‘bien visto’, rayano en la cursilería, es un costo que pagamos todos los ciudadanos.

Pero aquello no sorprende. El Estado, como coto de caza, es una vieja herencia de la Colonia, en la que los funcionarios públicos no eran otra cosa que rentistas que vivían del excedente social, centralizado a través del tributo, práctica que con el afianzamiento de una economía neoextractivista parece adquirir una fuerza adicional en nuestros países. El sentido sagrado de lo público, de bien común de lo estatal, no se arraiga en un medio como el nuestro, acostumbrado a considerar a las mayorías como gentes sin derechos. El Estado se asume como parcela privada de ‘ellos’, los de siempre, por lo que usufructuarlo no les parece delito. Por esto sorprende y debe destacarse el ¡no! del presidente uruguayo José Mujica, cuando en junio pasado, durante la cumbre de países del G-77+China, realizada en Bolivia, recibió la oferta de un jeque árabe de un millón de dólares por su viejo vocho –como denominan en Uruguay a los escarabajos o wolkswagen. Sin conmoverse, tuvo la tranquilidad para desechar la jugosa oferta: “¡Nunca podría venderlo! Fue fruto de una colecta, y ofenderíamos a los amigos que se juntaron para darnos ese regalo” (2). Estamos frente a un caso de gratitud y fidelidad con los amigos, dos valores supuestamente ya olvidados o sepultados por el dios mercado, que convierten a Mujica en un paradigma de la moral: ¡animal raro o rara avis!

Más ofertas. Tres meses después, en septiembre, Felipe Enríquez, embajador de México en Montevideo, le ofreció al Presidente 10 camionetas 4×4 nuevas para iniciar una subasta a cambio del vocho. La respuesta fue similar a la anterior: “El vocho no se vende” (3).

El carro, modelo 1987, de acuerdo a los parámetros impuestos durante la última etapa del capitalismo, “úselo y vótelo”, donde todo está fabricado para agotarse en un tiempo limitado, obligando a un consumo sin fin que mantiene endeudada a la mayoría, y a la tierra llena de desechos contaminantes, disponiendo a grandes capas sociales para una competencia de quién cambia primero de modelo (de carro, teléfono, ropa, etcétera), ya no debiera servir, es decir, no valdría nada, a pesar de lo cual el mandatario lo tasa en su declaración de renta en 2.850 dólares. Consumo y competencia que, por lo demás, rompen el sentido de la solidaridad y la complementariedad sustanciales en una sociedad donde lo común debe ser la referencia básica para superar las diferencias sociales, supuestamente ‘naturales’: ese consumo y esa competencia que predisponen a toda la sociedad a un individualismo que toca con la insensatez y facilita el sometimiento de cada uno ante el poder y sus registros cotidianos de actitudes, usos, consumos en supermercados, oficinas públicas, restaurantes de cadena, y que le permiten a ese mismo poder hacer una particularización de los controles, satisfacer deseos y romper en menor tiempo, y de manera más eficaz, los descontentos sociales.

¿Terco? ¿Bruto? ¿Irracional? Ni lo uno ni lo otro. Mujica ha dado una y otra vez, durante sus cuatro años de mandato, claras evidencias de la coherencia entre teoría y práctica que rige su vida. Como debe ser en alguien que defiende ideas de izquierda y debiera ser en todo aquel que de verdad sienta que su pensamiento debe establecer una clara ecuación entre teoría y práctica, entre pensamiento y acción. Y no solamente esto, como debe ser en quien se jugó su vida por un proyecto de otro mundo posible. Recientemente, en Brasilia, al salir de una reunión con la presidenta Dilma Rousseff, y ante la pregunta de los periodistas por la posible venta del carro, reafirmó sus principios: “No se preocupen por el fusca […] Los fierros tienen precio. Los que no tenemos precio somos nosotros” (4). Entereza y carácter. Sin duda, el Presidente es consciente del poder cosificante del neoliberalismo, con sus efectos atomizantes, desmovilizadores en los tiempos que vivimos, y contra ello actúa. ¡Todo un ejemplo! ¿Y qué más le deja la mayoría de los políticos a sus sociedades? ¿Cómo logran trascender positivamente a su época?

Vemos allí una nítida política para el cambio, una constancia. Sin duda. A pesar de su alto cargo, Mujica continúa viviendo en su casa de siempre, saliendo como siempre, conversando con los vecinos como cualquier vecino. Como un político extraño, a los pocos meses de su labor ni renegó de los suyos ni partió con el trasteo para vivir en donde el sueldo no le permite hacerlo, y donde no hay amigos, aunque sí intereses. Es un político que, como lo definieron en la Comuna de París, siente que debiera ganar como los obreros profesionales y vivir como ellos. Para él, este asunto es sencillo, “[…] la política […] no debe ser un negocio ni un comercio […]: a la larga, como vives pensarás” (5).

La consecuencia de Pepe es reconocida por la opinión pública, así como su manera de hablar: sin mucha diplomacia, llamando a las cosas por su nombre, lo cual no deja de generarle líos por aquello de las razones de Estado, como sucedió cuando aludió a la presidenta de Argentina como “esta vieja es peor que el tuerto” (6), o por lo dicho el pasado 22 de noviembre sobre México como Estado fallido (7).

La enseñanza es clara: la política no puede empotrar a sus líderes en el pedestal que los aleja del común de su sociedad ni transformarse en una profesión para irreemplazables. El político, sobre todo el dedicado a los asuntos electorales, obligado a estructurar programas, campañas y acciones con grandes grupos sociales, así como entregar informes periódicos a quienes lo eligieron, debe ser transitorio, con un puesto temporal, el cual debe ser asumido –si así lo decide el voto popular– por otro de su fuerza política luego de dos o máximo tres períodos. Persona con vocación colectiva, que debe entregar la mayoría del sueldo que devenga a su colectividad, a la cual debe su éxito. Entiende que su labor responde a una inteligencia plural, sin la cual en los tiempos que corren es imposible asumir y desempeñar de manera eficiente las funciones de un Estado.

El político, además, si actúa por compromiso con un proyecto social, debe mantener –según el mismo Mujica– “[…] una forma de vida diametralmente opuesta a como viven las minorías privilegiadas económicamente” (8). Pudiera decirse, además, que debe desplegar cotidianamente una relación en usos y consumos de total respeto con la naturaleza y el conjunto social, dándole prioridad al interés común, sin aceptar privilegios, sometiendo su opinión a procesos asambleatorios, de manera que su vida diaria sea una cátedra de estímulo para las nuevas generaciones, a fin de que luchen por la defensa y protección de todo aquello que debe ser público.
Para el caso del presidente que nos ocupa, consciente de que el capitalismo logró entrampar al conjunto social en la acumulación sin límite, el viejo se niega a tener más de lo que necesita para vivir. Así expresa parte de sus razones: “Yo no soy pobre. Pobres son los que creen que soy pobre. Tengo pocas cosas, es cierto, las mínimas, pero sólo para poder ser rico […] Si tengo muchas cosas, me tengo que dedicar a cuidarlas para que no me las lleven. No, con tres piecitas (cuartos) me alcanza. Les pasamos la escoba entre la vieja y yo y ya, se acabó. Entonces sí tenemos tiempo para lo que realmente nos entusiasma. No somos pobres”. Además, enfatiza en que “la idea de representación no es sólo un voto ni una coyuntura electoral. Es un mandato de forma de vida, el cultivo de valores y relaciones sociales” (9).

La vida y las palabras de este hombre dan confianza. Aún, y a pesar de 30 y más años de neoliberalismo, de la red de control social y total cosificación urdida por el capital, “[…] donde el comunismo se vende como mercancía” (10), de la ruptura de importantes tejidos sociales, Mujica nos recuerda con su actitud diaria que otra política, soportada en valores fundacionales, tendientes a romper de raíz el capitalismo, sí es posible.

1 http://www.lanacion.com.ar/1744092-se-agrava-el-escandalode-petrobras-y-detienen-a-decenas-de-ejecutivos.
2 http://www.jornada.unam.mx/2014/11/19/politica/019a1pol.
3 http://www.elpais.com.uy/informacion/mujica-renuncia-millon-dolares-jeque.html.
4 http://www.eldiario.es/politica/Mujica-pide-preocupen-automovil-Fusca_0_321968871.html.
5 http://www.presidencia.gub.uy/comunicacion/comunicacionnoticias/mujica-audicion-m24-oposicion-mayoria-prensa-opositora.
6 http://internacional.elpais.com/internacional/2013/04/04/actualidad/1365098156_230071.html.
7 http://mexico.cnn.com/nacional/2014/11/22/mexico-da-la-sensacion-de-ser-un-estado-fallido-dice-jose-mujica.
8 http://www.presidencia.gub.uy/comunicacion/comunicacionnoticias/mujica-audicion-m24-oposicion-mayoria-prensa-opositora.
9 íd.
10 http://elpais.com/elpais/2014/09/22/opinion/1411396771_ 691913.html.

 

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Periódico desdeabajo Nº208, 15 de noviembre – 15 de diciembre de 2014

 

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