Son fuertes los vientos imperiales que recorren nuestro planeta. Por todos sus puntos cardinales, países aliados y contradictores, cuando no enemigos, sienten el arrebato imperial estadounidense.
Sin reparar en razones de justicia ni de normatividad jurídica, acordadas por la comunidad internacional en tiempos no tan lejanos, como antídoto contra el hegemonismo y el militarismo, y por su vía para aminorar el eco de los tambores de guerra, emplaza su potente armada frente a costas de un país u otro, eleva aranceles a manos llenas como mecanismo para obtener ventajas comparativas en el comercio bilateral y negociar la compra-venta de mercancías con ventaja igualmente comparativa para sus multinacionales; amaga con bombardear a quien no se acoja a sus demandas, incursiona en operaciones secretas y secuestra a quien valore como su enemigo irreconciliable; sanciona con diversidad de medidas a renuentes de su política hegemónica, confiscando sus dineros, barcos y todo aquello con lo que considera les ablanda; bloquea, en el más amplio sentido de esta palabra, con ánimo de ahogar en sus dificultades a quien se distancia de su dominio global; infiltra, sabotea, destruye, erosiona, al país que decida desgastar, estimulando con ello alzamientos sociales. Y sobre aquel que doblega, aplica un modelo de protectorado de hecho, como es evidente hoy en Venezuela.
Si otrora controlaba por medio de ocupaciones militares, ya no es así. Si décadas atrás garantizaba sus intereses por medio de golpes de Estado encabezados por militares, ahora no acude a ellos. Son otros tiempos, y otros procederes.
Antes, en su dimensión comunicativa y de control social, sus enemigos eran el comunismo, la URSS y todos los países bajo su órbita, como también aquellos no alineados que se reclamaban en la vía al socialismo. Ahora lo son el terrorismo, el narcotráfico, simples espejos unidireccionales para encubrir sus verdaderas pretensiones e intereses, enfocando en la diana de su predominio global a China, Rusia, Irán, Corea del Norte, y sus países aliados y renuentes a limitar sus pretensiones dentro de una agenda global que favorezca el diseño del mundo según Washington.
En tiempos en que su poder global solo era cuestionado por la URSS, no se preocupaba por el potencial económico ni comercial del oso oriental. Solo la paridad nuclear le contenía. Pasadas unas décadas y menguado en muchos campos de su prevalencia incuestionable, ve cómo toman distancia suya países que antes eran de su esfera, atraídos por una política económica, financiera, comercial, científica, militar, que les ofrecen en particular China y en menor medida otros países que ganan escalones en el concierto internacional, oferta que les genera mejores dividendos que los ofrecidos por él, que ya conocen y han padecido, en parte materializada por conducto del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otras instituciones del entablado multilateral.
Entonces, reducido y cuestionado en su poder omnímodo, siente que incluso puede ser desbancado de su trono, y de ahí el rediseño de sus políticas de seguridad, comercial y científica, lubricando sus cañoneras, extendiendo alambradas por doquier, minando los acuerdos labrados ayer con el resto de la comunidad internacional, gritando a cuatro vientos, sin pudor alguno: aquí estoy, aquí mando yo, y así seguirá siendo.
En una primera instancia se propone ‘limpiar’ el territorio que considera es su región de dominio y retaguardia estratégica, de enemigos reales o potenciales. Como parte de ello, obliga a Panamá a romper los acuerdos labrados para administrar el canal con la empresa china, con asiento en Hong Kong CK Hutchison. Al mismo tiempo, enfila su armada contra Venezuela y, tras someterla al hacerle sentir su inferioridad militar, la obliga a romper con todas las políticas y medidas que no sean favorables a sus intereses. Los acuerdos de cooperación que hubiera establecido con China, Rusia e Irán quedan en remojo. A Cuba, como objetivo indirecto de esta acción, , ahora en el centro de sus propósitos de control y sometimiento regional, le corta el suministro de petróleo y, bloqueada, la sanciona y espía de diversas maneras. Asimismo, cuestiona a Chile y sanciona a tres funcionarios de su gobierno por firmar un acuerdo para el proyecto de cable submarino Chile-China Express (CCE), que busca unir directamente a Valparaíso con Hong-Kong, y amenaza veladamente a Perú por el funcionamiento del puerto de Chancay, construido por los chinos.
Al unísono, México y Colombia, son objeto de su política antinarcóticos y con ella quedan a merced de sanciones del más diverso tipo si no aceptan plegarse a sus exigencias. Brasil, como potencia regional, recibe tratamiento diferencial, con una agenda diplomática de largo plazo. El resto de países baila al ritmo que les tocan.
Sin reducirse a su región, despliega su agresiva agenda geopolítica por doquier, alcanzando, en diversas arenas, avances que le reposicionan o le permiten renegociar intereses. En las barbas de Rusia, logra acuerdos con Armenia, Georgia y Azerbaiyán, tres repúblicas que hicieron parte de la Unión Soviética, distanciadas hoy del Estado ruso por variadas circunstancias. Ante su asombro, logra acuerdos en varios campos, entre ellos darle cuerpo al corredor Zangezue, que atravesará suelo armenio, “[…] una maniobra geopolítica para eludir la red de rutas comerciales que está creando su gran competidor en el espacio postsoviético, China, que por medio de inversiones millonarias lleva años expandiendo su presencia en las repúblicas exsoviéticas de Asia Central” (1).
Otros ejemplos se podrían resaltar, entre ellos algunos que obstruyen o retardan la agenda labrada hasta ahora por Brics, y en la cual está el propósito de superar al dólar como medio de pago prioritario en el comercio global. Sus logros parciales evidencian que el ocaso de su imperio no se concretará en tan pocos años, como vaticinan muchos, y que, a fin de que esa proyección se haga realidad, aún falta mucha guerra por correr, directa e indirecta, tradicional pero también de cuarta y quinta generación. Esas guerras, por su potencial destructivo, parecen incluso superar la etapa del “equilibrio del terror” durante la Guerra Fría, pues el principio de la destrucción mutua asegurada (MAD), que llevaba a la contención, está dejando de ser operativo porque las armas de destrucción masiva no solo han sido producidas en diferentes calibres, para variados alcances (verbigracia, el Oreshnik ruso); también el poder destructor de China es cada vez más cercano al de los países punteros, Rusia y USA, y la India avanza para ingresar al apocalíptico club. La incertidumbre y el terror apuntan a ser el característico estado anímico del siglo XXI.
Volviendo a su región de control inmediato y su propio país, en la reorganización de su agenda de “País de la libertad”, renuncia a ello y se transforma en el “país de la negación y la persecución”, poniendo en el ojo de sus paramilitares llamados ICE a todo aquel que considera un potencial migrante ilegal. Se trata de un giro en marcha desde años atrás pero potenciado en el nuevo mandato de Trump. Cientos de miles de latinoamericanos y caribeños padecen esta realidad, así como las ofensas verbales y simbólicas de un Presidente que, en alarde de políticas racistas, machistas, xenófobas, pisotea a diario sus derechos.
Es toda esta realidad lo que lleva a que muchos actores denuncien al imperialismo norteamericano, recordando una y otra vez todo aquello que ya se conoce del mismo desde décadas atrás: que es violento, que pisotea todas las reglas del Derecho Internacional, y mucho más. Tales denuncias y anhelos políticos no encuentran el eco necesario entre grandes grupos poblacionales, al escucharlas como la repetición de un discurso desgastado.
En medio de ese gris oscuro, con canciones, escenografías y simbolismos de diverso tipo, sin dejar el baile a un lado, vimos, escuchamos o supimos el pasado 8 de febrero que el artista puertorriqueño Bad Bunny, como materialización de un hecho cultural, dio una lección de anticolonialismo, reconocimiento del trabajo de las gentes de abajo, en particular aquellas de su país en tierra de Estados Unidos continental, de solidaridad con los migrantes de toda nuestramérica perseguidos en la llamada ‘tierra de la libertad’, sometidos a una violencia que atenta contra su salud mental y física, su libertad y hasta contra sus vidas.
Todo aquello fue evidente en un acto musical que se celebra en medio del mayor espectáculo deportivo del Imperio, y que atrae la atención de millones de quienes lo habitan. Allí, aprovechando ser el otro actor central del evento, el puertorriqueño desplegó con ingenio y creatividad un mensaje cargado de simbolismo y memoria, como de identidad, dignidad y autoestima, reclamando el orgullo de ser de este continente, hablando y cantando todo el tiempo en español, y reclamando al mismo tiempo el derecho de su país a ser soberano y no una colonia estadounidense. Llamó la atención que la única frase pronunciada en inglés fue “Dios bendiga a América”, que acompañó con el nombre y las banderas de las naciones del continente. Es aquel un mensaje poderoso, expresión cultural en la cual deja nítida la multiculturalidad que constituimos, el antirracismo, la pluralidad indispensable para vivir en paz, así como la posibilidad y la necesidad de otra América: un mensaje que entra en pugna, por todos los costados y poros, con el actual gobierno encabezado por Trump.
El de Bad Bunny es un mensaje que también estuvo presente en su canción “Lo que le pasó a Hawái” (“Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái”, dice en uno de sus apartes), que interpretó Ricky Martin, artista también puertorriqueño, en la cual llama la atención sobre la pérdida de identidad de un pueblo que fue libre y que finalmente fue sometido e incorporado a los Estados Unidos. “Descolonizar” es el mensaje constante del artista, un mensaje que nos llega a todos los pueblos de la región en momentos en que la Doctrina Monroe, que hoy podríamos bautizar como Doctrina Donroe, está en plena ejecución.
Trajeado con sombrero guajiro, típico de muchos trabajadores de su país, Bad Bunny se pavoneó por el campo deportivo, cargando la bandera azul claro, izada por sus antepasados en la lucha anticolonial. Y trajo al presente el deseo del líder independentista Eugenio María de Hostos, enterrado en República Dominicana, quien, antes de su muerte, en 1903, pidió que sus restos fueran llevados a su país cuando este fuera libre.
Allí mismo, subiendo como un trabajador eléctrico por un poste para reparar los cables por los que cruza la luz, el artista denunció los frecuentes apagones que padece su país, producto del mal gobierno; un gobierno, valga enfatizar, colonialista, así puedan celebrarse elecciones.
La gentrificación a que está sometida la Isla en estos momentos también estuvo entre sus denuncias. Como también el énfasis en una América que no es ni se limita a los Estados Unidos, realidad plasmada en 1891, con bella letra, bajo el título “Nuestra América” por José Martí, el Apóstol. América es y significa el conjunto de países que integran esta parte del mundo. Un mensaje también presente en canciones de Rubén Blades, como aquella de “Buscando América”, y asimismo en fuertes letras de Residente, como la titulada “Esto no es Estados Unidos”, en uno de cuyos apartes enfatiza: “América no es sólo USA, papá. Esto es desde Tierra del Fuego hasta Canadá. Hay que ser bien bruto, bien hueco. Es como decir que África e’ sólo Marrueco’. Estos canalla’ se les olvidó que el calendario que usan lo inventaron los mayas”.
Una conjunción de autores, cantantes, artistas, más un prócer, nos pone sobre aviso de que la llamada música protesta ya no tiene los sonidos de los años 70, con flautas y otros instrumentos de viento, más tambora, cuatro y guitarra, sino que desde hace años sus letras están en la salsa, y más recientemente en el pop y el trap, letra y música que nos lleva al baile, a la protesta con alegría, dejando a un lado las caras austeras o el simple batir de palmas al escuchar los sonidos de las agrupaciones musicales.
Se trata de un hacer artístico cultural también presente en videos y documentales sobre el dominio de los Estados Unidos en esta parte del mundo, producciones, algunas de ellas elaboradas para difundir y presentar las canciones que les dan origen, y otras realizadas por documentalistas pero también presentes en obras de los artistas plásticos.
Entonces, el testimonio y la de-nuncia de una realidad de opresión y negaciones invitan a no olvidar lo sucedido en esta parte del mundo a finales de la década de 1890 y comienzos del siglo XX, cuando Estados Unidos ya era un imperio en cierne, logrando en pocos años el control directo o indirecto de Hawái, Puerto Rico, Cuba y Panamá, territorios estratégicos para su avance y su dominio sobre el Caribe y el Pacífico, acciones lideradas por el presidente William Mckinley, reivindicado con todo ardor por Donald Trump.
En el caso del archipiélago de Hawái, poblado por nativos polinesios, era una monarquía independiente, reconocida y con intercambio de embajadores con países como Gran Bretaña, Rusia, Francia, Estados Unidos, con una soberana como regente, que por muchas circunstancias quedó en el centro de componendas comerciales y políticas, y maniobras militares que conllevaron, como punto culminante, a su anexión en 1898 por parte de Estados Unidos. Fue aquel un paso previo a la renuncia de su Reina Liliʻuokalani (2). Dos años después, el 22 de febrero de 1900, esto se convirtió oficialmente en las islas Territorio de Hawái, Estados Unidos, y el 21 de agosto de 1959, bajo la presidencia de Dwight D. Eisenhower, transformado oficialmente en el 50° estado de la Unión Americana.
La decisión de controlar esta parte del mundo no fue casual ni pasajera. El paso del tiempo ha refrendado su importancia al estar situado de manera nodal en las rutas marítimas hacia los mercados asiáticos y americano. Su valor geopolítico era y sigue siendo tan relevante que tomó el rol de plataforma central de Estados Unidos en la región Asia-Pacífico, con un territorio totalmente militarizado y controlado por medio de numerosas instalaciones y efectivos militares allí desplegados, rol que desempeña actualmente en su pretensión de controlar a China en su ascenso como imperio.
Por aquellos mismos años, gracias al declive del imperio español y el avance de las tropas cubanas, anticoloniales, conducidas militarmente por el general Máximo Gómez y políticamente por José Martí en la llamada “Guerra Necesaria”, valiéndose de un complot que culminó con un supuesto ataque de España contra una embarcación gringa en puerto cubano, EUA le declara la guerra a aquel país, confrontación militar que en pocos meses culmina con la firma de una paz que implicó la renuncia de España al control sobre Cuba, Puerto Rico y Filipinas. La decisión cubana de no aceptar el cambio de imperio opresor termina (1902) con la declaración de su independencia republicana, aunque bajo el real protectorado de Estados Unidos. No sucedió lo mismo con Puerto Rico, cuya independencia sigue latente, circunstancia que lleva a traducir por muchos años su territorio en una gran base militar en y desde la cual este país lanzó “[…] operaciones militares en Latinoamérica y el mundo. Entre (ellas) la intervención en Guatemala en 1954 ; la invasión de la República Dominicana en 1965; la invasión de Granada en 1983; la invasión de Panamá en 1989; el apoyo al ejército salvadoreño; los preparativos para las operaciones Tormenta del Desierto y Zorro del Desierto en Iraq, y los preparativos para la Guerra de Yugoslavia” (3).
De modo que el espectáculo desplegado por Bad Bunny se constituye en un aliciente con más potencia que 50 proclamas antiimperialistas de cuño repetitivo con fuerza para despertar la memoria de un continente, que en todas sus coordenadas conoce y padece el proceder de los Estados Unidos como potencia global. Es una memoria de necesario cultivo para que, como dice el artista en otra de las estrofas de la canción entonada en esta ocasión por Ricky Martin, “No, no suelte’ la bandera ni olvide’ el lelolai/ que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái”. ν
1.Duch, Juan Pablo, Apuntes postsoviéticos, 14 de febrero de 2026, https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/02/14/columnas/apuntes-postsovieticos-63830.
2.Su documento, escrito bajo fuerte presión, manifiesta: “Yo Lili`uokalani, por la gracia de Dios y en virtud de la Constitución del Reino de Hawái, Reina, formulo solemnemente protesta contra todo y cada uno de los actos realizados en contra de mí misma y el Gobierno Constitucional del Reino de Hawái por ciertas personas que afirman haber establecido un gobierno provisional de y para este Reino./ Que me entregó a la fuerza superior de los Estados Unidos de América cuyo Ministro Plenipotenciario Su Excelencia John L. Stevens, ha enviado tropas de los Estados Unidos que atracaron en Honolulú y declaró que apoyaría el gobierno provisional./ Ahora, para evitar cualquier choque de fuerzas armadas, y quizás la pérdida de vidas, hago esto bajo protesta e impulsada por la fuerza de mi autoridad, fijando mi rendición hasta el momento en que el gobierno de los Estados Unidos, a los hechos que se le presenta, deshaga la acción de sus representantes y restablezca la autoridad en mí que me reclaman como la Soberana Constitucional de las Islas Hawái”.
3. Fuerzas Armadas de Puerto Rico, https://en-wikipedia-org.translate.goog/wiki/Military_of_Puerto_Rico?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=tc.



