Byung-Chul Han: Premio a la filosofía sin filosofar

El reciente premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, otorgado al filósofo surcoreano residente en Alemania Byung-Chul Han, confirma que el pensamiento filosófico más celebrado de nuestro tiempo es aquel que denuncia sin irritar. Su crítica al capitalismo neoliberal y a la digitalización se presenta como demoledora, aunque en realidad tiene el mismo efecto de un café descafeinado o una cerveza sin alcohol, en el sentido señalado por Slavoj Žižek ya hace varios años. Es decir, se trata de un tipo de crítica que busca preservar la comodidad del consumo cultural, una denuncia cuidadosamente despojada de su núcleo perturbador, de toda referencia a lo real que, según Lacan, revela mediante síntomas aquello que se torna inaceptable para el orden vigente.

La paradoja del éxito de Han proviene precisamente de su compatibilidad con el sistema que pretende criticar. Sus libros se venden masivamente, no porque incomoden, sino porque acompañan con elegancia las contradicciones de una época que aspira a la rebelión, pero sin conflicto. La fuerza inicial de su obra radicó en mostrar cómo el mandato contemporáneo de la autenticidad, esa exigencia de mostrarse libre y productivo en el espacio físico y virtual, se transformó en una nueva forma de servidumbre. Allí donde el sujeto celebra su autonomía, Han constata la autoexplotación. Sin embargo, cuando esta reflexión podría haberlo conducido a una crítica estructural de las condiciones de producción del deseo y del trabajo, su pensamiento se detuvo en una invitación moral a la desaceleración y la contemplación. El resultado es una filosofía de la que se ha extirpado toda fricción, una versión higienizada de la crítica.

Su horizonte es la restauración del proyecto moderno hegemónico, un sueño kantiano donde la razón vuelve a ocupar el centro y la técnica queda subordinada en función del “bienestar humano”, así, en abstracto. La supuesta profundidad filosófica se disuelve en un humanismo nostálgico, incapaz de afectar las estructuras que sostienen su propio discurso. Su escepticismo se reviste de melancolía y adopta la forma de una denuncia sin praxis, que observa desde arriba las ruinas del presente, en lugar de descender a los espacios donde se gestan las transformaciones colectivas. En vez de vincularse con la acción colectiva que de facto reinventa las formas de vida y los modos de hacer política, Han reivindica un sujeto racional y autónomo, figura ideal del individuo liberal que controla su destino mientras contempla, cual experiencia kantiana de lo sublime, el mundo que lo oprime.

La escasa densidad filosófica y sociológica de su obra se advierte en la manera como reitera conceptos ya explorados por Heidegger, Foucault o Deleuze, pero despojados de su filo histórico y político. Por ejemplo, Foucault había mostrado que la disciplina y la gubernamentalidad neoliberal operan de manera entrelazada, no es que la primera reprima y la segunda produzca deseos y servidumbre con apariencia de libertad. La novedad de ambas, no solo de la segunda, radica en que expresan formas eminentemente productivas de poder, no meramente represivas. Deleuze también reconocía esto cuando analizaba las continuidades y discontinuidades entre poder soberano, disciplina y control en su famosa Posdata sobre las sociedades de control y en su curso sobre Foucault ofrecido en la Universidad de París 8

De cualquier modo, el inconveniente no radica en que Han incurra en un error conceptual. De hecho, a veces la mejor filosofía se desprende de interpretaciones “incorrectas”, si se me permite emplear esa odiosa expresión. El problema decisivo es que, al oponer los mecanismos disciplinarios a los neoliberales, la represión a la producción de “libertad”, Han está limitando su crítica al capitalismo neoliberal, lo cual le permite salvar un capitalismo liberal pero sin “represión”. Su lectura acerca de la contemporánea servidumbre voluntaria, la autoexplotación experimentada como libertad y realización de los propios deseos, ignora que las sociedades capitalistas en general, no solo las neoliberales, producen cuerpos y deseos funcionales al mercado. 

Sumado a lo anterior, ni Foucault ni Deleuze subordinaron nunca lo maquínico a lo humano. Ambos provenían de una tradición antihumanista para la cual Nietzsche, Heidegger y Althusser fueron determinantes. Los dos autores se dieron a conocer por su concepción maquínica de la realidad en general, al punto de que el primero fue percibido como un funcionalista crítico y el segundo como un teórico de sistemas crítico, como si fuesen las contrapartes críticas de Parsons y Luhmann. Ambos asumieron que eso que llamamos sujeto es el efecto máquinas, dispositivos, técnicas o ensamblajes, en los que no solo hay componentes discursivos y no discursivos, sino humanos y no humanos. Más aún, lo humano constituye un efecto de las máquinas sociales, que desde siempre son tecnobiofísicosociales. Al olvidar esa dimensión maquínica de lo real, Han no solo opone lo humano a lo maquínico, sino que convierte el capitalismo en un exceso moral, antes que en una megamáquina histórica vinculada a la producción misma del humano y, en particular, del “individuo racional”. 

Su defensa de la lentitud, la contemplación y la autonomía racional responde a un antropocentrismo añejo, el cual reduce la técnica a instrumento y sitúa al ser humano como único agente legítimo, que solamente en momentos meditativos puede jugar estéticamente a hacerse uno con la naturaleza. Han abraza la crítica heideggeriana a la comprensión de la técnica en la modernidad capitalista, pero tan solo para volver a los brazos de Kant. No obstante, el problema no consiste en que la técnica haya pasado a dominarnos, sino en que seguimos pensándola a partir de un esquema que opone de manera simplista la máquina a la naturaleza y lo humano a estas. Heidegger y la primera generación de la Escuela de Frankfurt, incluso sin renunciar a ciertas formas de humanismo en el último caso, habían mostrado que esa concepción dicotómica es parte del mismo dispositivo que posibilita la dominación. En síntesis, Han insiste en que la razón debe recuperar el control y, con ello, reproduce el ideal moderno que dice querer trascender cuando cuestiona al sujeto neoliberal.

No hacen falta más diagnósticos descafeinados sobre la fatiga, la transparencia o la aceleración. Lo que se requiere con urgencia es una filosofía que vuelva a vincular pensamiento y acción, teoría y práctica, crítica y transformación; una filosofía de la praxis. El desencanto contemporáneo no se supera con la melancolía del sabio solitario, sino con la praxis colectiva de quienes ensayan nuevas formas de habitar el mundo. En ese lugar, no en las vitrinas de los premios, renace la filosofía. Han no llega a incomodar debido a que denuncia el presente sin trastocar los campos estratégicos en los que se inscriben los actores. Tal vez por eso resulta tan seductor, tan a tono con una época que desea la crítica sin el riesgo de ser transformada por ella, cual café descafeinado o realidad sin el núcleo desconcertante de lo real. El de Han es un premio que reconoce a la filosofía, pero sin la peligrosa actividad colectiva del filosofar.  γ

*Doctor en Filosofía. Magíster en filosofía y estudios culturales. Politólogo. Docente de la Universidad Nacional de Colombia. 

Información adicional

Autor/a: Iván Dario Ávila Gaitán
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº261, Diciembre 2025
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