Llegar a la Palestina cercana es un paseo fácil y tranquilo recorriendo en Bogotá la avenida Caracas al encuentro de la calle 45 y bajando por el costado norte de esta vía hasta el final de esa cuadra. Ahí, en esa esquina del mundo, está Palestina.
Sí, una casona de tres pisos de la primera mitad del siglo XX, situada dentro de la localidad de Teusaquillo, alberga desde hace treinta años la representación diplomática de Palestina en la capital colombiana.
Lograr alcanzar sus costas en el lado oriental del Mediterráneo es una tarea compleja y no exenta de riesgos, como han puesto de manifiesto las distintas flotillas de la libertad que han querido llevar la solidaridad y el respaldo de gran parte del mundo a una población que resiste, entre balas y escombros, los embates del odio y de la guerra.
Desde hace meses, probablemente después de la fatídica fecha del 7 de octubre de 2023, un miembro de la Policía colombiana hace guardia en la delegación de la Palestina cercana. Sus puertas se abren para recibirte igual que lo hacen para dar cabida a las muchas actividades culturales que tienen lugar en su interior.
Paredes con mucha historia
Un ´hogar palestino` que da cuenta con imágenes, carteles y objetos de un pueblo que existe y resiste las tormentas que le han golpeado sin descanso desde aquella nefasta Nakba (catástrofe) de 1948. La vieja e ilustrada Europa, sobre todo el Imperio Británico, es responsable de la actual situación de Palestina con la pérfida “declaración de Balfour” que dio carta de naturaleza a una injusticia al ceder el territorio palestino como lugar para el asentamiento de los judíos.
También la inefable Organización de las Naciones Unidas, que se une para nada y lo deja tirado todo, tiene su deuda Palestina al permitir los incumplimientos de sus resoluciones, sobre todo la 181 –para la creación de dos estados y Jerusalén “bajo un régimen internacional” (sic)– y la 242 –para una paz justa y duradera, retirada de los israelíes de los territorios ocupados y solución al problema de las personas refugiadas–. Y la comunidad internacional que lleva años sin hacer y consintiendo la violencia y el actual genocidio.
Alexander Montero Moncada, analista, politólogo y experto en análisis estratégico, es el asesor político de la Embajada de Palestina en Colombia, nos recibe con una sonrisa para hablar de la actualidad política, de las actividades de la representación diplomática palestina en Bogotá y de su papel como funcionario: “Llevo veinte años en el cargo y mis tareas son: por un lado, académicas, como la cátedra en la Universidad Nacional y el curso sobre Palestina de la embajada, y de análisis, generando documentos analíticos para que, con información pública, la embajada comprenda lo que pasa en Colombia y que este país entienda la realidad palestina”.
En Cartagena de Indias en 1995, durante la reunión de Países No Alineados, el líder de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) Yasir Arafat invitó al entonces presidente colombiano Ernesto Samper a visitar su país. Este visitó Ramala en 1996 y ese año se autorizó la instalación de la Misión Especial de Palestina en Bogotá. Por estos días, concretamente el 6 de mayo, se cumplieron treinta años de esa primera delegación consular palestina en Colombia “que empezó como Misión Especial, y que ha ido mutando, pasando por Misión Diplomática, hasta llegar a su papel actual como Embajada de Palestina, con el reconocimiento por parte del presidente Santos en 2018, como un reflejo tal vez de lo que ha sido la Autoridad Nacional Palestina”, señala nuestro interlocutor.

para Palestina en la fachada de la embajada.
Una embajada no ´normal`
La embajada mantiene relaciones con todos los sectores de la sociedad colombiana, pese a la peculiaridad de su estatus puesto que “normalmente una embajada, más allá de la representación de los intereses políticos de su Estado y de los connacionales, se dedicaría a estimular negocios y establecer diálogos. Pero nosotros no somos una embajada ´normal`, no tenemos una representatividad de negocios, ya que, pese a que existen, son también víctimas de la ocupación porque todo lo contabiliza Israel”.
Tampoco existe el diálogo militar ni de seguridad, por lo que solamente le quedan las dos representaciones citadas. Pese a las limitaciones, dialoga políticamente con todos los partidos del espectro ideológico y establece puentes de relación con otras instituciones firmando, por ejemplo, hermanamientos entre poblaciones palestinas y colombianas. Además de “conversar con la sociedad civil, con sindicatos, universidades, manteniendo una profunda actividad académica y una intensa actividad pedagógica”.
Trabajo pedagógico
Montero cree que en este país saben muy poco de Palestina, “Colombia es, al igual que gran parte de América Latina, una región absolutamente endogámica. El nivel de internacionalización, de cosmopolitismo, del colombiano promedio es muy bajo, a lo que hay que sumarle que es un país definido por relatos religiosos, tal vez una religiosidad mal manejada, y con una relación muy estrecha con EE. UU. que muchas veces es quien le marca la agenda”. Todo ello conforma un coctel peligroso con una desfiguración total de la comprensión de lo que pasa allá y que hace que las y los colombianos “hayan pensado durante mucho tiempo que Palestina no existe y que aquello es un conflicto interno similar al de acá, en donde creen que Israel juega a ser Colombia y los palestinos juegan a ser las Farc que todos son musulmanes, incultos y enemigos de Occidente”.
La estigmatización de Palestina se acentuó después de los sucesos del 11S al meter, por desconocimiento, en el mismo saco a todas las personas árabes y simplificarlas como terroristas. Por eso el trabajo de la embajada “ha consistido en tratar de desmitificar todo eso y mostrar la realidad palestina tal como es, que no es un conflicto interno, que es un caso de ocupación, que no es un asunto de musulmanes ni se limita al terrorismo”.
Aunque en estos años han llegado a muchos niveles de la sociedad, desde estudiantes que no tienen una posición política clara hasta personal de las Fuerzas Armadas que han pasado por el curso que ofrece la embajada, Alexander está convencido de que “si miráramos el nivel de impacto, todavía hay mucho desconocimiento, no solo social sino también institucional, con muchos funcionarios ignorando el caso palestino. Pero, pese a todo, seguimos esforzándonos por sumar y reducir esa incomprensión”.
La sección consular tampoco puede hacer políticas migratorias porque también están bajo el control de Israel, por lo que ejercen la función notarial y la de articulación de la comunidad palestina en el país. Pero lo que sí le suman a su accionar es estar a cargo de toda la parte cultural. Así, por ejemplo, Palestina ha estado muy presente en la edición de 2026 de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo), con un stand que acogió actos culturales y conferencias, con una destacada asistencia de público.
Implicaciones de un olvido
Para no olvidar la realidad de un pueblo, la misión diplomática imparte, cada semestre desde 2006, el curso “Palestina hoy: implicaciones de un olvido” compuesto de cinco ejes temáticos: geopolítica, historia, el Derecho Internacional, la propaganda sionista y arte y sociedad en Palestina, e impartido por personalidades como la cónsul Majd Samhan, el periodista y docente colombiano Néstor Rosanía o el politólogo chileno Pedro Díaz Polanco. Su formato virtual, obligado tras la pandemia, ha permitido que por él hayan pasado una media de cincuenta estudiantes por semestre procedentes de Colombia, América Latina, España, Alemania, Países Bajos, Turquía o Nueva Zelanda. Tal como estableció el embajador palestino de entonces al contratar a Alexander Montero para que lo dirigiera, es una actividad pedagógica, política, social y cultural para dar a conocer la realidad palestina y contrarrestar la desinformación y el desconocimiento existentes a su alrededor. También es un espacio de integración de expertos alrededor de esta temática.
En palabras de Montero, el logro del curso es “que se haya mantenido tanto tiempo y con tantas personas participantes, y que, entre ellas, hayan pasado gente de diversos sectores sociales, desde militares a funcionarios, pasando por una joven sionista que sintió que el curso le hizo cuestionarse su origen”.
Las relaciones con Colombia
En cuanto a las relaciones de esta sede diplomática con los diferentes gobiernos colombianos, para Alexander “el salto ha sido considerable” desde el anterior, con un presidente proisraelí condecorado por el sionismo, que celebró al primer ministro de Israel y que dejó en cero el diálogo con la delegación palestina y convirtió la representación allá en una oficina de economía naranja que quiso trasladar a Jerusalén; al actual, que es “un gobierno amigo con el que mantienen una relación abierta, fluida y de apoyo, pese a que está muy limitado en sus acciones”, y que ha chocado con la ignorancia institucional que, por ejemplo, hizo que en Naciones Unidas siguieran votando en contra de los intereses palestinos.
De cara a las elecciones presidenciales en Colombia que se celebrarán el 31 de mayo, el asesor político pide a la ciudadanía colombiana “escoger con conocimiento, con cultura ciudadana y con visión del mundo”. Pase lo que pase, en la embajada se tendrán que adaptar. De ahí la importancia de dialogar con todos los sectores sociales y políticos del país, incluyendo a la numerosa comunidad colombo-árabe o colombo-palestina, que debería tener conciencia del poder que podría ejercer.
Lo que se puede hacer por Palestina

La ilusión de poder visitar Palestina está mediada por las dificultades que la rodean. Hoy por hoy, la imposibilidad de organizar, por ejemplo, viajes solidarios, como se realizan al Sahara Occidental o a Cuba –por las incertidumbres que conlleva: en la entrada al país, en los desplazamientos, con los permisos…, todo sujeto a posibles cambios porque está atravesado por la ocupación y el control israelí–, hace que Montero Moncada considere que lo mejor que se puede hacer por Palestina, desde Colombia o desde cualquier lugar del mundo es “pedagogía, trabajo pedagógico para desmitificar tantas fábulas que incluso juegan con la espiritualidad de las personas, y que pueda tener un reflejo en los decisores públicos. Con una sociedad colombiana consciente de lo que está pasando en Palestina, el decisor público de turno no puede ir en contravía de ello”.
No dejemos de hablar y de aprender de Palestina, de reclamar paz, soberanía y dignidad, de contarle al mundo que, aunque esté lejos, está muy cerca de nuestros corazones y que tiene su lugar en Colombia, en su humilde sede diplomática. Las y los palestinos conservan muchas y justas razones para existir y están ahí, enseñándonos y transmitiéndonos sus valores representados en su bandera –prohibida por Israel–, en la sandía, la llave, su cultura y sus ricas tradiciones, desde la dabke –danza– al tatreez –tejido–, pasando por su gastronomía.
En Palestina, la poesía y todas las artes son actos de resistencia. Tal como escribió Mahmoud Darwish, uno de sus más destacados poetas, “la patria es algo que llevamos dentro”. Salam, sumud.
*Periodista, doctor en Comunicación y Ciencias Sociales



