Entre fríos discursos leídos y arañazos de tigre, Colombia asoma a un nuevo abismo electoral esperando milagros, mientras el miedo al futuro dicta la pauta del voto en defensa propia y las encuestas prometen descifrar si la ilusión del “cambio” será suficiente para vencer al atávico fantasma del comunismo.
En el país del Sagrado Corazón de Don Jediondo y Karol G habrá elecciones. Un país donde se tiende a tragar entero, sin saborear, prestándole poca atención al olfato. Y se asiste con impavidez a la impunidad con que se roban, entre otras, las palabras Libertad, Cambio, Dignidad. Un país que enciende velas cuando juega su selección de fútbol, ansiando goles milagrosos que le alegren la vida, así como espera que el próximo gobierno resuelva algo de lo mucho que ningún gobierno le ha resuelto en su vida. Fuera de toda duda razonable, se trata de un país con exceso de víctimas que no se rebelan y así devienen clientela de la esperanza, creyendo que algún día se tendrá algo diferente a lo que se vive gracias a eso que se elige.



