El bolsonarismo trasciende a los votantes de Jair o Flavio Bolsonaro. La derrota del ex presidente no hizo desaparecer este movimiento, y menos las condiciones que alimentan a la extrema derecha en Brasil. Antiintelectualismo, militarismo y emprendedorismo de ricos y pobres convergen y definen a esta fuerza política.
Para empezar por el principio: no es lo mismo hablar de “bolsonarismo” que hablar de votantes de Bolsonaro. Es cierto que, sea lo que sea, el “bolsonarismo” es uno de los factores detrás de la elección de Jair Bolsonaro en noviembre de 2018, pero la victoria del capitán retirado del Ejército estuvo sobredeterminada de varias maneras, y la coalición que lo eligió es más amplia que cualquier fenómeno que ese nombre pueda describir con precisión. En síntesis, no todos los votantes de Bolsonaro son bolsonaristas, una distinción que es tanto analítica como políticamente esencial hacer.
Menor que su electorado real o potencial, el fenómeno del bolsonarismo es al mismo tiempo mayor que el propio Bolsonaro: no fue creado por el individuo que le presta su nombre, ni depende exclusivamente de él. Esto significa que el vínculo entre “líder” y “movimiento” es sintético y no analítico, y que su fuerza no descansa en algún vínculo esencial, sino en el hecho contingente de que, al encontrarse en el momento cúlmine de su ascenso, Bolsonaro tuvo mejores condiciones que nadie para darle forma. Mi tesis, en resumen, es que el bolsonarismo es una convergencia real de diferentes tendencias en la sociedad brasileña, con el potencial de consolidarse como una fuerza de primera magnitud por mucho tiempo, pero que el arreglo de fuerzas políticas que lo expresa no es coherente ni necesariamente estable. De hecho, una de las principales fuentes de inestabilidad del bolsonarismo reside precisamente en el propio Jair Bolsonaro y sus hijos, con su faccionalismo, sus conexiones turbias y los constantes ataques que lanzan contra cualquiera que pueda amenazar el control de la familia sobre ese capital político.



