En días recientes, el expresidente de Ecuador, Osvaldo Hurtado Larrea, durante una entrevista concedida a un medio digital manabita, utilizó el término “dictadura” para caracterizar al gobierno de Daniel Noboa (1). Posteriormente, tras la viralización de sus comentarios en la esfera pública ecuatoriana, precisó su caracterización utilizando el término “criptodictadura”, y, yendo un paso más allá, calificó a Noboa como “protodictador”. Hurtado, uno de los protagonistas del retorno al régimen constitucional a finales de los años setenta, entiende a una criptodictadura como un régimen político en el que las instituciones democráticas permanecen formalmente en pie, pero se encuentran progresivamente subordinadas al poder Ejecutivo.
La caracterización de Hurtado tiene la contundencia propia de la controversia política, y ciertamente responde a una creciente preocupación compartida por muchos ecuatorianos. No obstante, plantea un problema conceptual. En Ecuador se celebran elecciones competitivas; existe la oposición parlamentaria; la prensa cuestiona y critica al gobierno. Adicionalmente, la Corte Constitucional ha detenido en más de una ocasión decisiones tomadas por el gobierno, y Noboa ha tenido resultados adversos en las urnas en procesos electorales, como el de la consulta popular.



