Dos culturas, dos países

por Philip Potdevin

n vísperas de las elecciones se desarrolla un almuerzo campestre a 30 kilómetros de la capital. El anfitrión es un hombre honesto, bien intencionado y generoso. Se cree campesino por vivir en las afueras de la ciudad a pesar de que nunca ha tenido la necesidad de agarrar un azadón entre las manos. Atiende a sus invitados con cortesía y magnanimidad. En medio del almuerzo, el tema de conversación converge naturalmente hacia la situación política del país y la hora crucial de las elecciones. “¿Pueden creer ustedes –pregunta, dirigiéndose a sus huéspedes, sin alcanzar ocultar su desconcierto– que este municipio es uno de los más ricos del país? Aquí el índice de analfabetismo es cero, tenemos pleno empleo, la seguridad social está cubierta para todos, la criminalidad es muy baja, hay tres casas de la cultura, doce coliseos cubiertos y ocho polideportivos para que quien desee pueda practicar deportes, hay dos piscinas municipales, todo el mundo tiene acceso a los servicios de salud y educación… –y después de algunos segundos de incomoda tensión– agregó: … ustedes pueden creer que este pueblo es totalmente de izquierda y siempre vota por el candidato ese?


La reacción no se hace esperar por parte de uno de los invitados: –y usted, ¿a qué atribuye eso?–, ante lo cual el anfitrión guarda un apretado silencio. Después, como sacudido por su propio mutismo, dice: “Eso yo no lo puedo explicar; para mi es inaudito”.


La conversación deriva a temas menos tensos y el almuerzo campestre concluyó de manera tranquila y amable. El episodio, que podría pasar inadvertido para muchos es demasiado profundo y revelador para, en realidad, ser pasado por alto. Para los invitados, que seguían su camino hacia otro destino, bastó estar en ese bello y cómodo lugar un par de horas y observar, el otro lado, la otra cara de la situación, y comprender lo que es demasiado complejo e inexplicable para los dueños de casa. Alrededor del almuerzo giraba un pequeño núcleo de personas al servicio de los propietarios, quienes, mientras todos los invitados gozaban libremente, fuera y adentro de la casa, de estar sin mascarilla, ellos, todo el tiempo la tuvieron puesta. Por otra parte, el trato hacia ellos, fue evidente de ser innecesariamente autoritario, seco y cortante. Los invitados se miraron entre sí y comprendieron todo en un instante.


Lo que parece que una parte del país no logra entender, la otra parte lo comprende de sobra. Aquí hay dos mundos que parecen no reconocerse entre ellos, a pesar de convivir en el mismo espacio. Doscientos años de dominación, explotación, abuso, desprecio, racismo, clasismo y maltrato han generado la suficiente conciencia social para que ese otro país comience a despertar, a darse cuenta de lo que ha sucedido y decida sacudirse ese lastre que lo asfixia como un pesado manto sobre su rostro. Un país que despierta a la realidad de que no es cierto que exista un libre juego democrático, despierta a lo que sus padres y abuelos vivieron bajo una animadversión bipartidista impuesta, despierta al engaño en que ha vivido en una nación donde una sola casta dominante, entroncada en el poder político y económico, ha regido desde la Independencia y aun desde antes, cuanto estas tierras eran una colonia corrupta y dominada por los privilegios.


El miedo se apodera de muchos, y lo esparcen porque los protege; el miedo, creen ellos, los hace fuertes porque intimida y amenaza. El sonsonete de “la democracia está en peligro” es un estribillo que solo lo creen ellos y los grandes medios que le hacen la corte a aquellos. En medio de una campaña pobre en ideas, donde un lado ataca y grita ¡lobo! para amedrentar a los pusilánimes, la otra hace saltos mortales para defenderse, esquivar y evitar ser señalada de ser una iniciativa totalitaria vulneradora de los más esenciales derechos humanos.


Dos culturas vemos en el país: una que se niega a ceder un ápice el poder que detenta hace dos siglos, la otra, que crece y sueña, que habla y afirma, que da un paso y otro más, porque se ha atrevido, más allá de pensar críticamente, a hacerse sentir con su voto y su voz.

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