La imposición del realismo político

La imposición del realismo político

 

Brasil, Uruguay, Bolivia, tres de los llamados gobiernos progresistas de Sur América, encaran elecciones en el décimo mes del 2014 y de ser obligatoria segunda vuelta en el mes once. Tres gobiernos que por sus características históricas y presentes son similares. Llegaron a la dirección de cada uno de sus países luego de la crisis económica de finales del siglo pasado, acompañados por importantes y activos movimientos sociales y/o por el giro favorable de la opinión pública que anhelaba un cambio en cada una de sus sociedades,

 

Opciones de cambio favorecidas para su ascenso al gobierno por el legado histórico que cargaban cada una de ellas, acumulado en la lucha por la democracia, el fin de la dictadura militar y el protagonismo obrero, como sucedió con el Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil; por el recuerdo de leyenda, ética, solidaridad, internacionalismo y humanismo que resumían, es el caso del Frente Amplio (FA), con una de sus estructuras emparentadas con los Tupamaros, guerrilla urbana de importante protagonismo en los años 60 del siglo anterior en Uruguay; y por su capacidad de confrontación al neoliberalismo, sabiendo relacionar movimientos indígenas y campesinos, con las nuevas expresiones territoriales y urbanas en pro de la defensa de lo colectivo y público, como ocurrió en Bolivia con el Movimiento al Socialismo (MAS). Opciones de cambio que, además, contaban para su gestión con un envidiable ambiente regional donde otros de sus pares también llegaban a la dirección de lo público cargados de la aureola de revolución, todo lo cual habría la ahora desaprovechada posibilidad de romper fronteras, iniciando la superación de los vetustos e innecesarios Estados-nación, superando el sentido de patria, dándole paso a otro ideario de globalización a partir de proyectos integradores soportados en las experiencias, imaginarios, capacidades y necesidades de sus pobladores antes que en las proyecciones económicas y las agendas del capital, como ahora lo hacen alrededor de la Agenda conocida como Integración de infraestructura regional suramericana –Iirsa.

Estas tres experiencias representaban (¿representan?) una opción de izquierda, una promesa de futuro para romper con el pasado y, por lo tanto, una oferta a los suyos de algo totalmente distinto a lo soportado a lo largo de dos siglos en cada una de estas sociedades, que manejadas por oligarquías rentistas propiciaron la consolidación de modelos productivos al servicio de intereses monopólicos internacionales y de capas sociales minoritarias que concentraron en sus bolsillos la riqueza que correspondía a todos, valiéndose luego del poder estatal para imponer la protección de sus intereses, sin importar el uso de la violencia –disfrazada de legítima– ni la renuncia a la democracia formal que tanto adulaban, dándole paso a dictaduras militares como mal necesario para proteger los intereses suyos y los del capital internacional aliado.

El PT (2002), el FA (2006) y el MAS (2005), luego de dos o más periodos al frente de cada uno de sus países acumulan inconsecuencias en su gestión con respecto al original significado simbólico que cargaban, pero también con respecto a las rupturas que como izquierda debían proponer y propiciar.

Aunque con importantes logros sociales a su haber en cada una de sus sociedades, donde redistribuyen la renta estatal de mejor manera que aquellos gobiernos que los antecedieron –sin intentar ampliar esta redistribución de ricos a pobres vía políticas fiscales menos laxas con los que más tienen–, quedaron concentrados, en el mejor de los casos, en una gestión económica orientada a ampliar el mercado interno y sentar las bases para la emergencia o consolidación de un nuevo empresariado, una emergente clase social con vocación nacional y capacidad de producción que garantice márgenes de autonomía y soberanía respecto al capital internacional. Para ello, además de garantizarles una sociedad con mayor capacidad de consumo, el Estado continúa asumiendo la inversión de ingentes sumas de dinero en la construcción de todo tipo de infraestructuras pero contratándolas con el empresariado.

Avanzan estas sociedades, de esta manera, hacia un capitalismo de Estado que no rompe en su totalidad con el neoliberalismo, con todos los límites para el ahondamiento de la justicia que un capitalismo de este carácter carga consigo y la imposibilidad que también conlleva para romper las barreras entre ricos y pobres, entre dirigidos y dirigentes. Sin duda, la política económica en boga determina y secuestra la política ‘revolucionaria’ que dicen profesar estos gobiernos.

Un avance frente a lo heredado pero totalmente insuficiente con respecto a la otra sociedad necesaria y por construir. Los límites de su gestión, con inocultables debilidades estructurales, los cuestionan y debilitan ante los suyos, pese a lo cual, muy seguramente, serán reelegidos en los comicios convocados para los próximos días. Una nueva oportunidad para reorientar sus esfuerzos y lograr que reverse el descontento que por distintos motivos emerge en cada uno de sus países. Nueva oportunidad, que de acuerdo a distintos estudiosos ya no será posible pues el margen de maniobra económica y social cada vez es más estrecho e insuficiente para profundizar lo hasta ahora realizado (ver informe especial págs. 4-11).

Paradoja. Cada uno de estos partidos y movimientos ascendió al manejo del aparato estatal producto de la movilización de sus sociedades ansiosas de cambio, pero en vez de propiciar la conservación o fortalecimiento de tal disposición colectiva descentralizando el aparato de poder heredado, debilitando el ejecutivo, el legislativo y el judicial, dándole paso a nuevas formas de organización y planeación colectiva, control social, producción, reparto de la renta pública, autorregulación, convivencia social y ocupación del territorio, y con todo ello una activa y constante politización ciudadana, terminaron por cooptar y desinflar la inconformidad y el protagonismo colectivo (1).

No asombra por tanto, que luego de estos años de gobierno sea ínfimo el cambio económico, social, político y cultural llevado a cabo en estos países. Estos gobiernos no llegaron a la dirección de sus sociedades para, como dice la máxima zapatista y aconseja el nuevo accionar de izquierda, “mandar obedeciendo” sino para representar, para suplantar, fortaleciendo de esta manera la anquilosada estructura de poder heredada, ahondando la separación entre lo público y lo privado. El presidencialismo es la mejor expresión de ello, con el cual el líder concentra poderes y parece irremplazable, pero también lo son, entre otros aspectos, el nulo o poco cuestionamiento a las principales aristas de lo heredado: la relación de la sociedad con sus bienes estratégicos, el espacio y beneficios que tiene y goza el capital privado, las funciones y la dinámica del legislativo –sometido a la lógica del ejecutivo antes que a la comunitaria–, un modelo judicial conservado para la defensa y protección de la propiedad privada, que sostiene y prologa un sistema carcelario para destruir a los excluidos e insumisos, un régimen internacional que protege a las multinacionales, así como una relación con la naturaleza que la violenta pero en cuya asunción, además, no logra superase el desconocimiento de quienes la habitaron desde siempre, bien humanos, bien animales.

En este afán de conservar y no romper, el acuerdo con los partidos tradicionales o con sus voceros está a la orden del día. El PT ha gobernado todos estos años aliado con algunos de los principales monopolios del país, además de ganar o ampliar ahora su apoyo social no a partir del relacionamiento con las bases obreras sino a través de inmensas capas sociales cooptadas clientelarmente vía subsidios (3), el MAS concreta por estos días acuerdos poco prometedores (2). No sorprende, el afán por la gobernabilidad termina definiendo el qué y cómo proceder de los tres gobiernos, proyectando así su profunda desconfianza para con los siempre excluidos que ahora debieran estar llamados a liderar, cuestionar y exigir del gobierno mayores y más profundas medidas abajo y a la izquierda, a la par de darle formas a modelos de autogobierno, autogestión, liderazgo territorial, relacionamiento y solidaridad internacional, soberanía alimentaria, procesamiento de alimentos, etcétera.

De esta manera, vale preguntar, ¿qué fuerzas se encuentran realmente detrás de la timidez de los cambios llevados a cabo en estos tres países? ¿Estamos ante simples “traiciones” al ideario con el que estos proyecos accedieron al gobierno, o ante la imposibilidad política de transformaciones radicales al interior de las estructuras formales del sistema establecido? Bolivia, así como también lo vivió Ecuador y Venezuela, refrendaron nuevas cartas políticas, ideales en muchos de sus contenidos, lo que permite asegurar que el problema no es de leyes, lo que a su vez nos permite recordar una manida frase que no por resabida deja de tener hoy mucho sentido: “una cosa es el gobierno y otra el poder”.

Pues bien, el acceso al poder está hoy más cercado que décadas atrás. Las potencias y grandes conglomerados económicos han construido murallas de contención y plataformas de ataque con las cuales bloquean de manera legal o violenta cualquier intento de cambio, más si es  constitucional, mucho más efectivas cuando enfrentan economías que dependen sustancialmente de su comercio exterior en razón de su papel subordinado en la división internacional del trabajo. El aislamiento y el bloqueo económico es parte de la respuesta que encuentran ante su decisión de transformación. Las recientes experiencias de Irak, Irán y Rusia así lo recuerdan, disuasivos fuertes que seguramente intimidan a quienes acceden al gobierno más con buenas  intenciones que con verdadero poder.

Esto permite inferir que proponer transformaciones verdaderamente radicales es hoy más complejo que en el pasado, cuando existía el llamado “campo socialista”. Razón de más para aclarar siempre ante sus sociedades, si por cualquier razón se busca acceder al gobierno de forma tradicional, lo posible y lo imposible de lograr, evitando de esta manera crear falsas expectativas y desilusiones, y así evitar desgastar un discurso de cambio cuyo incumplimiento alejará aún más a sus promotores de la meta de sociedades verdaderamente democráticas y solidarias.

Este es un plano de la realidad. El otro descansa en la autonomía política la cual pasa por la autonomía económica, la misma que recuerda que pretender ser diferente viviendo de la misma forma no es más que un contrasentido. Extractivismo y consumismo son dos caras de una misma moneda en nuestros países, y una prolongación del colonialismo que por siglos ha sometido a los países de la región. De ahí que repotenciar lo propio, así suene a cliché, es hoy más urgente que nunca, condición indispensable para cimentar verdadera soberanía económica y poder colocar en marcha un intercambio social y político y un comercio realmente diferente con el mundo en general y con los vecinos y hermanos en particular.

Por ahora, con cambios claramente insuficientes en todos los planos y con promesas cada vez más “realistas” por parte de quienes dicen representar una esperanza de cambio en estos tres países, hay que reconocer que la izquierda quedó al mando de la política nacional pero su contraparte conservó el timón de la economía. ¿Hasta cuándo será sostenible esta convivencia? Luego de la abortada experiencia de Salvador Allende en Chile, cincuenta años atrás, de nuevo es necesario preguntar, ¿tiene porvenir alguna revolución por vía institucional? n

1   El Partido de los Trabajadores (PT), por ejemplo, “(…) apostó en la des-movilización social, en la des-politización, en la anti-lucha política, en la homogenización y la pasteurización del discurso y la acción. Desaparecieron del debate términos como imperialismo, oligarquía, transnacionales y se ocultó al enemigo número uno de las últimas décadas: el FMI. Si un extraterrestre llegara a Brasil hoy, en septiembre de 2014, tendría dificultad para ubicar quien es de “izquierda” o de “derecha”. Eso sucedería porque la cúpula del PT apostó conscientemente en extenuar esas diferencias, tratando de crear una coalición que garantizara una “modernización conservadora”, con el “progreso de todos” y la “gobernabilidad”. En, Wexell Severo, Luciano, “Brasil entre el ‘keynesianismo avergonzado’ y el ‘neoliberalismo insolente’”, http://www.desdeabajo.info/mundo/item/24935-brasil-entre-el-keynesianismo-avergonzado-y-el-neoliberalismo-insolente.html

2   Stefanoni, Pablo, “Bolivia vota por Evo Morales”, p. 10

3   http://www.rudaricci.com.br/blog-ruda/pmdb-o-governo-das-sombras/

 

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