Home Ediciones Anteriores Edición impresa Nº 125 Artículos publicados Edición Nº 125 A propósito del texto de Alain Finkielkraut. Una sombría tendencia del presente: la derrota del pensamiento**

A propósito del texto de Alain Finkielkraut. Una sombría tendencia del presente: la derrota del pensamiento**

A propósito del texto de Alain Finkielkraut. Una sombría tendencia del presente: la derrota del pensamiento**

 

“Los prejuicios constituyen
el tesoro cultural de cada pueblo”

Alain Finkielkraut

 

Disputando contra lo universal



El pensamiento está venido a menos en nuestra época. Así parece ser, a pesar de lo fervorosa que ésta es con la producción de conocimiento. Esta dualidad nos permite considerar que saber y pensamiento no son estrictamente equivalentes. Sin embargo, podemos afirmar que lo que en verdad está en declive es el pensamiento como un valor, como una dicha de la vida o como una experiencia imprescindible para la cotidianidad.

Esta es una realidad palpable. Cada día se nos dice que supuestamente no es menester contar con el pensamiento, pues el sentido común suple tranquilamente su lugar y así la vida es más dichosa y tranquila. Eso sí, cuando ella nos muestra sus colmillos y nos recuerda que nada está tan ordenado y armonioso como quisiéramos acudimos desesperados a los tecnicismos del alma para que nos respondan qué hacer, cómo proceder, cuál camino optar.

Para dilucidar esta dualidad, que parece una contradicción, elegimos la vía indicada por Finkielkraut en la que muy exhaustivamente nos diagnostica esa derrota del pensamiento, aunque despreocupándose por mostrarnos la valoración que efectua sobre el particular y mucho menos su alternativa ante tan grave derrota: “…la barbarie ha acabado por apoderarse de la cultura. A la sombra de esa gran palabra, crece la intolerancia, al mismo tiempo que el infantilismo. Cuando no es la identidad cultural la que encierra al individuo en su ámbito cultural y, bajo pena de alta traición, le rechaza el acceso a la duda, a la ironía, a la razón –a todo lo que podría sustraerle de la matriz colectiva–, es la industria del ocio, esta creación de la era técnica que reduce a pacotilla las obras del espíritu.Y la vida guiada por el pensamiento cede suavemente su lugar al terrible y ridículo cara a cara del fanático y del zombie”.

Y elegimos esta vía para indicar que el pensamiento ha entrado en desuso precisamente porque ha sido considerado un valor universal, y lo universal terminó considerado como un enemigo a combatir con urgencia, pues la polémica que en relación a la cultura encontramos desde el siglo XIII: lo particular vs lo universal, ha virado a lo primero como una supuesta democracia que, intentando dar lugar a aquellas culturas menos dominantes a lo largo de la historia –como los pueblos tradicionales o los países del llamado nuevo mundo–, ha conducido, en cierto sentido, a un nihilismo cultural que iguala por lo bajo y “después de rebajar la cultura al rango de los gastos improductivos, eleva cualquier distracción a la dignidad cultural”.

Una sofisticada censura al debate



Asumir una acepción de la noción de cultura como las manifestaciones concretas que en términos de estética, costumbres, alimentos, cosmogonías, tiene una sociedad particular, y oponerla a esa otra acepción de que es la cultura equivalente al pensamiento reflexivo, produce una confrontación, tal vez innecesaria en la que, por un lado, los pueblos ensalzan per se sus tradiciones, combatiendo una actitud crítica con su propia historia e invitando a una adscripción absoluta a lo propio, y por otro, el pensamiento y la racionalidad que él implica terminan siendo exclusivos de unos grupos sociales y no una posibilidad y una búsqueda de todos los seres humanos. Así, la pluriculturalidad mal entendida cae en la paradoja de cerrar el diálogo entre las culturas e impide que las mayorías gocen de las producciones artísticas y culturales que ya se han ganado un lugar en la historia.

Así pues, la polémica cultura particular-cultura universal hace casi inmoral que hoy pensemos en valorar la producción estética o intelectual y que nos atrevamos a decir que algo es bueno, malo, trascendente o frívolo, pues una posición firme que argumente decididamente a favor de algo, es descalificada por nuestro tiempo como un afán clasificador y como una racionalidad supuestamente autoritaria. ¿Será democrática, acaso, la posición que opta por inhibir el debate y hacernos perder criterio diciéndonos la falsedad de que todo es igual a todo? Ahora, mientras fracasa la universalidad y nos hundimos en un mundo incapaz de construir nuevas y complejas “trascendencias”, triunfa la globalización, la economía de mercado y la angustia de nuestros jóvenes que, mal-dotados por una educación complaciente, no saben cómo asumir una posición estética, filosófica, ética, y mucho menos política, en un mundo complejo que ya no tiene verdades absolutas.

 

Pinceladas sobre el pensamiento



Y si bien aún no nos atrevemos a apostar por una definición precisa del concepto de pensamiento, sí arrojamos cuatro elementos que brindan luces en esa senda: 1) La racionalidad y la crítica son imprescindibles para pensar. 2) Aunque todos los seres del lenguaje están en condiciones de razonar, el pensamiento es exclusivo de personas o momentos en los cuales podamos (más no necesariamente queramos) asumir una posición subjetiva que se atreva a ir en contra de nosotros mismos, valga decir, en contra de las ideas que marcan nuestra propia identidad. 3) Dado que todos los humanos somos criaturas tendencialmente dogmáticas, como nos lo dijo Estanislao Zuleta, el pensamiento es una dicha y una necesidad de la vida porque nos ayuda a gozar de la conciencia en este efímero e irrepetible paso por la existencia y a tener elementos para elegir mejor entre las múltiples opciones que tenemos para una vida que, de todas maneras, estará marcada por la falta. 4) Una estrategia para abrirse a la posibilidad de pensar, aunque nada lo garantiza, es el ejercicio efectivo de la conversación, bien sea con otros, bien sea con los libros, bien sea consigo mismo.

En esta misma línea, agregamos tres condiciones “que debe comportar un sujeto para situarse en posición de pensar” de las que nos ha hablado Carlos Mario González: a) Un reconocido estado de insatisfacción frente a algo que le incumbe y de desajuste ante el saber instituido con respecto a ello; b) Fuerza para desprenderse y sostenerse más allá del juicio dominante y, c) Apropiación y dominio de lo sabido en el presente sobre el objeto que preocupa, de tal manera que la imaginación propia prenda sobre un terreno cultivado y no sobre una espontaneidad caprichosa (1).

De esta manera, y en el esfuerzo por lograr que el pensamiento retome su lugar y logre la valoración social, cotidiana, indispensable para la superación de generalidades que se asumen como verdad absoluta –para no hacerle culto a lo superfluo por parecer evidente–, es importante cultivar los elementos y condiciones aquí relacionados, siempre dispuestos a interrogar e interrogarnos por todo aquello que consideramos ya sabido, siempre dispuestos a reflexionar, explorar, compartir, escuchar, y debatir.

 

** Artículo que evidencia parte de lo que en comunidad se reflexionó sobre el tema que titula esta nota. Ejercicio público desarrollado en el marco de una labor de formación ciudadana que se adelanta en Medellín-Colombia bajo el nombre, “La conversación del miércoles”. Para más detalles: www.corpozuleta.org.
1 Boletín de La conversación del miércoles Nº 1. www.corpozuleta.org

*Máster en Medio ambiente y desarrollo, Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Integrante de la Corporación Cultural Estanislao Zuleta.

sandra@corpozuleta.org

 

 


 

Palabra desatada

 

Vincent D. Restrepo*

 

Quienes amamos el pensamiento, por más lejos que éste se encuentre de nosotros, le damos un gran valor en tanto herramienta poderosísima para la producción de conocimiento. A partir del tema propuesto alguien planteó que la dificultad propia del pensar apabulla y retuerce los fundamentos de época actual, exaltadores de la facilidad y la ligereza, en tanto el pensamiento tiene como condición –más no como garantía– el cultivo paciente y sostenido de las ideas.
¿Por qué nuestra época hace una denostación del pensar? Se dijo que el pensar es revolucionario, o, valga decir, implica una transformación de la forma en que nos vemos, en que vemos el mundo y dialogamos con él. Ante la propuesta del pensar, que reclama disciplina, paciencia, esfuerzo por superar la dificultad que exige salir del sentido común, la época actal responde con su exaltación perpetua del quehacer desmedido y del entretenimiento vacío. A lo que se agrega que nuestra época está marcada por su indiferencia para con el pasado y con el futuro, su negación de otros sentidos posibles por los cuales se puede encaminar la vida, y la altivez con que repite su sempiterna máxima exaltadora ante todo del presente: “vive el aquí y el ahora, nada es más importante”. Valga decir que la defensa del pensamiento radica en que da al ser humano posibilidades, nuevos sentidos y caminos alternativos y diversos.

 

¿Qué nos ofrece esta época como condiciones para el pensamiento? No es el tiempo el que se nos dispone socialmente para el pensamiento, pues los momentos de ocio son ocupados en la gran oferta de entretenimiento vanal e incluso esta época logra plantear que es contradictorio usar las palabras “ocio” y “creativo” en la misma oración. De otro lado, gran parte de la humanidad está obligada a trabajar para sobrevivir, es decir, suplir a duras penas los reclamos del cuerpo sin tener posibilidad siquiera de cultivar el espíritu. Además, ¿qué decir de las condiciones culturales que se nos presentan? ¿Es acaso lo superfluo, el entretenimiento enajenante, o la burla al semejante, lo que debemos entender por cultura?
Ahora bien, ¿permite siempre el pensamiento una mejor forma de ver el mundo? ¿Son los nuevos sentidos que emergen tras el derrocamiento de prejuicios y dogmas, garantes de las mejores posibilidades de realización y existencia para el ser humano?

Interrogantes, todo ellos, pertinente, abiertos para un ejercicio personal, reflexivo o en grupo de los mismos, pretendiendo que su dilucidación nos permita ahondar en criterios para enfrentar con éxito la oferta cultural de la sociedad presente, y construir bases para un pensamiento fundado y duradero. 

* Estudiante de Ingeniería de sistemas, Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Integrante de la Corporación Cultural Estanislao Zuleta.

 

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