Home Ediciones Anteriores Edición impresa Nº 172 Artículo publicado N°172 Cataluña: reflexiones sobre autoritarismo de Estado y nacionalismo.

Cataluña: reflexiones sobre autoritarismo de Estado y nacionalismo.

Cataluña: reflexiones sobre autoritarismo de Estado y nacionalismo.

 

La actual situación de Cataluña, entre la Independencia y la intervención del Estado español en su autonomía, nos obliga a revisar la pertinencia del sistema estatal como conjunto de instituciones que aplican el control sobre la población de un territorio. A la par de guerras sin fin en Siria, Irak y Yemen, el independentismo catalán perfila la urgencia de replantearse qué son las naciones, qué las comunidades y si los Estados son una forma de organización político-territorial necesaria.

 

Los Estados europeos tienen diversos orígenes. Algunos se formaron al finalizar el feudalismo, otros por el empuje de ideologías nacionalistas y otros más por las crisis de los imperios. Los primeros reunieron bajo la autoridad de un soberano único a diversas naciones más o menos sujetadas por la iglesia y la monarquía a finales de la Edad Media. Provenzales, bretones y alsacianos en Francia, escoceses, galeses e irlandeses bajo Inglaterra, vascos, catalanes y gallegos en España, tuvieron que plegarse a los mandatos de un gobierno único, con poca o ninguna autonomía, cuando los reyes de Francia e Inglaterra los invadieron o cuando la reina de Castilla se casó con el rey de Aragón. Al mismo tiempo se reorganizaron tres imperios, el ruso, el austriaco y el turco, que se mantendrían hasta principios del siglo XX, tras incubar los Estados que nacieron de la reinterpretación nacional y no monárquica de Europa durante el Congreso de Viena (1815).

 

Del Estado y la nación

 

La autoridad coactiva del Estado fue descrita con la imagen de un Leviatán por Hobbes y su poder para regular la vida de la sociedad fue establecido por Maquiavelo, Bodin, Hume, Locke, a partir de un pensamiento totalitario: el principio del terror como regulador social.  Cuando abordan a los “otros” pueblos, en particular, a las naciones no europeas y no blancas en sus escritos, éstos manifestaron un racismo en todo semejante al desprecio por el campesinado de sus propios países: construyeron a “los negros” con palabras que usaban también para describir a los pobres sin tierras: hombres rudos, ugnorantes, no aptos para la filosofía, las artes, el comercio y, por supuesto, el autogobierno. Dieron razones para la discriminación de las mujeres al interior de sus propias sociedades, aunque Hume las reconociera como las mejores escritoras y Voltaire como aptas para el estudio de las matemáticas. Antes de los pensamientos socialistas libertarios, que confrontaron la lógica de la opresión, sólo Condocert denunció con toda claridad la esclavitud: “[…] el infame comercio de unos bandidos de Europa, alumbra entre los Africanos guerras casi continuas, cuyo único motivo es el deseo de hacer prisioneros para venderlos. A menudo, los mismos Europeos fomentan las guerras con su dinero o con sus intrigas; de manera que son culpables, no sólo del crimen de reducir a unos hombres a la esclavitud, sino también de todos los crímenes cometidos en África para preparar este crimen. Poseen el arte pérfido de excitar la codicia y las pasiones de los Africanos, de comprometer al padre a entregar a sus hijos, al hermano a traicionar a su hermano, al príncipe a vender a sus súbditos” (1).

 

En el siglo XIX, la formación del poder soberano del Estado cambió drásticamente. La revolución francesa de 1789 y los movimientos de Independencia de los criollos y mestizos de la América colonizada por los españoles influyeron en la idea que los Estados son la organización política y territorial de una nación. Una, no muchas.

 

En América, liberales y conservadores inventaron la nación como la población común de un territorio independiente cuyas fronteras eran las mismas que las de la subdivisión administrativa colonial. Guatemala y México al autodefinirse como Estados nación estrenaron repentinamente una frontera, aunque la nación Mam, un pueblo maya, habitara en un territorio que se extiende sobre parte de ambos países. Así el territorio de la nación mapuche fue repartido entre Chile y Argentina. Los casos se multiplican por decenas. La Nación, como invento político y no como conjunto de personas que comparten una cosmovisión, lengua, expresiones religiosas, formas de cultivos y de comercio, mitologías, sistemas de género, expresiones artísticas y distribución del tiempo, se comió a todas las naciones preexistentes, que habitaban desde antes de la invasión europea los territorios donde se conformaban los Estados nacionales.

 

A los pueblos indígenas, los Estados nación americanos no quisieron reconocerles una personalidad jurídica, una validación internacional ni un pensamiento político propio. Les negaron la posibilidad de conformar un Estado. Hoy apuntan a una organización territorial no estatal, algo que todavía no conocemos, pero que se perfila en ciertas búsquedas políticas contemporáneas. Podría ser también la del pueblo kurdo en Asia. Los y las kurdas son una nación numerosa repartida en cinco Estados, donde conforman minorías nacionales siempre reprimidas, hasta el genocidio en ocasiones, que revelan una cohesión interna y un pensamiento político inédito tras manifestarse como fuerza militar conjunta contra los terroristas de Daesh. Las kurdas y los kurdos conforman una nación, aunque su lengua se hable de maneras diversas, locales, debido a las distancias en su gran territorio ancestral. No es igual de evidente que quieran formar un Estado (2).

 

A los independentistas de la América colonial española, le vino como anillo al dedo la idea posrevolucionaria francesa de que Francia no era una monarquía porque era un conjunto de habitantes: la Francia de los franceses o, más precisamente, la nación francesa. La nación, pues, nace como un concepto revolucionario contra el absolutismo monárquico, un sostén popular y no aristocrático del poder administrativo de un territorio. No obstante, el carácter revolucionario del concepto nación se tiñó rápidamente de elementos xenófobos y racistas. Los revolucionarios franceses abanderaban los principios de Igualdad, Fraternidad y Libertad, pero no aceptaron que los habitantes de la colonia francesa de Haití se rigieran por los mismos. Las y los haitianos pelearon de 1790 a 1804 contra las limitaciones que los franceses le ponían a que los negros fueran tan iguales y libres como ellos. El general Dessalines los derrotó finalmente en Vertière y Haiti se convirtió en la primera república no esclavista de América y del mundo. La isla no quería regirse como un Estado occidental. Hubiera preferido al comercio, la autosuficiencia alimentaria y la cultura propia, por ejemplo. Apoyaron las independencias de América del Sur con todos sus recursos. Fueron brutalmente pauperizados por los Estados nacionales de comerciantes decimonónicos, aún del recién independizado Estados Unidos. 

 

Los antiguos Estados absolutistas se adaptaron a la idea de Estado nación a lo largo del siglo XIX.  Otros surgieron al calor de la expansión nacionalista de un pueblo sobre sus vecinos. Otros más se organizaron en la lucha antimperialista. Italia y Alemania, que se unificaron en 1860 y 1871, respectivamente, construyeron Estados nacionales con el fin de lanzarse a carreras colonialistas que los pequeños Estados monárquicos que englobaron no podían emprender. Alemania se enfrascó de inmediato en guerras contra Francia, mientras Italia se agrupaba de manera sanguinaria. Piamonte invadió militarmente a los diferentes Estados de la península itálica y las islas e impuso por ley a sus naciones una lengua que nadie hablaba, castigando a los parlantes de lenguas neolatinas antiquísimas; se llevó las cajas de los Estados que invadía; destruyó los centros de producción locales para construir un único polo industrial en el territorio que había pertenecido al monarca de los piamonteses; y, finalmente, convirtió en “brigantes”, es decir bandidos, fuera de la ley –hoy se diría terroristas–, a todas aquellas personas que tomaron las armas para rechazar a las tropas invasoras.

 

Nacionalismo autoritario

 

Los nacionalismos del siglo XIX fueron autoritarios, violentos, antidemocráticos y racistas precisamente porque nunca reconocieron el derecho a la autodeterminación de los pueblos tal y como son. Los nacionalismos no expresaron ninguna comunidad, sino que se conformaron como ideologías de Estado.  Sólo Grecia en Europa se liberó de manera nacional de Turquía sin oprimir a otro pueblo. 

 

Fueron autoritarios los nacionalismos europeos, americanos y los idearios de los Estados nación surgidos de la disgregación de los imperios turco, ruso y austriaco. En el siglo XX, después de durísimas luchas para liberarse del colonialismo europeo, muchos Estados nacionales de Asia y África reprimen a sus minorías nacionales. China constriñe con especial brutalidad a kirguisos y tibetanos.

 

Sumamente autoritaria y racista fue la conformación del Estado de Israel en territorio de la colonia británica de Palestina al finalizar la Segunda Guerra Mundial. La población judía de Europa central había sido diezmada por el gobierno ultranacionalista de Alemania, que propagandizó una idea de nación no judía y no gitana, promoviendo la masacre de los habitantes judíos y gitanos de su territorio. Los fundadores de Israel apelaron a un nacionalismo judío llamado sionismo. 

 

Etienne Balibar nos enseñó que todas las organizaciones racistas actuales se niegan a ser llamadas así, reivindicando ser nacionalistas (3). No obstante, los discursos sobre raza y nación nunca se han alejado demasiado, al punto que hoy contra las y los migrantes en Europa se levantan supuestos discursos nacionalistas, que de hecho son racistas y clasistas. Estos cunden fácilmente entre una población receptora educada a la obediencia de leyes de Estado que nacen de lógicas políticas propias. Las y los migrantes tienen otras ideas sobre cómo puede ser la convivencia, cuáles son las reglas éticas de comportamiento y qué valor tienen las cosas y los símbolos. No es necesariamente racista decir “piensan de otro modo que este conjunto de personas educadas por un Estado nación”, pero seguramente lo es emitir juicios sobre la higiene, la salud, la capacidad intelectual y la prestancia física de las y los migrantes sobre la base de que piensan de otro modo. 

 

 ¿Es posible un nacionalismo no racista, a pesar de que las expresiones racistas se han desarrollado siempre en Estados nacionales? ¿Es lo mismo querer el reconocimiento del derecho a vivir agrupándose según la propia cosmovisión, lengua e historia, que la idea de superioridad de raza enarbolada por los supremacistas blancos en Estados Unidos, donde llegaron los europeos en la misma época que los africanos, aunque los primeros a invadir territorios de pueblos que sujetaron y los segundos como víctimas de trata?

 

Si la repuesta fuera que nacionalismo y racismo son básicamente sinónimos, la Comunidad Europea estaría en lo justo al apoyar a España contra la independencia de Cataluña, aún condenando su uso excesivo de la fuerza represiva. Pero si se plantea la posibilidad de que no se trate de sinónimos, entonces la Comunidad Europea (CE) está dando muestra de una doble moral en la defensa de los derechos humanos y de una finalidad economicista de existencia. ¿Acaso sólo por el uso de prácticas de genocidio, hoy la CE defiende a la minoría musulmana de Myanmar, el pueblo Rohingya, desplazado forzosamente por las políticas represivas de las autoridades birmanas? ¿Las y los rohingyas no tendrían derecho a un autogobierno?

 

En la década de 1970, Immanuel Wallerstein empezó a señalar la crisis terminal de lo que denomina “sistema mundo”, eso es la organización planetaria del capitalismo. El sociólogo estadounidense señalaba que: “El sistema-mundo moderno nació, por razones que habría que explicar, de la consolidación de una economía-mundo, por lo que tuvo tiempo para alcanzar su pleno desarrollo como sistema capitalista. Debido a su lógica interna, esta economía-mundo capitalista se extendió más tarde hasta abarcar el globo, y en este proceso absorbió a todos los minisistemas e imperios-mundo existentes. Así, hacia finales del siglo XIX existía por primera vez en la historia un único sistema histórico; nos encontramos todavía en esa situación” (4).

 

¿Qué son las naciones? ¿Son necesarios los Estados?

 

Propongo que nos detengamos en las formas del sistema mundo para pensar las naciones, porque hasta ahora el capitalismo ha requerido de territorios estatales para sentirse seguro y proyectarse en el sistema mundo. De hecho, el capitalismo descansa en el Estado y se adapta particularmente bien a su característica “nacional” decimonónica, abriéndolo a la competencia liberal y enlazando la nación con la calidad de producción. Para ello mantiene constantes conflictos entre el Estado y las naciones que éste subyuga (que ha dado en llamar “etnias”). ¿Y si a las etnias las llamáramos naciones sin Estado? Defienden el territorio al cuestionar las formas de producción antiecológicas, se visibilizan cuando son negadas, buscan limitar la expansión capitalista sobre las formas comunales de trabajo y tienen sistemas de género divergentes al binario hegemónico.  Desde esta perspectiva, las naciones no son asimilables al discurso del racismo, sino que son afines a la conservación planetaria y a la liberación de opresiones.

 

El peligro de las naciones para el sistema mundo estriba en que son muchos los pueblos que pueden levantar una demanda de reconocimiento nacional no racista y no ecocida. En América, por lo menos 607 pueblos con lenguas, cosmovisiones, economías propias viven hoy en condiciones de discriminación en sus propios territorios ancestrales. En África las propuestas de mujeres de diversas “etnias” apuntan al autogobierno y a economías comunales, no capitalistas. En Asia, un gran número de pueblos podría poner en jaque la pujanza capitalista de los “tigres” de la explotación, como China, Corea y Japón.

 

No creo que Cataluña sea enteramente una nación contrapuesta al sistema mundo. Una parte de su movimiento autónomo es francamente separatista por motivos de pujanza comercial. Esgrime una ideología nacionalista asimilable al racismo, en cuanto sostiene una jerarquía nacional de capacidad productiva, clasista y competitiva. No obstante, un sector popular de la nación catalana no considera apoderarse del Estado producido por el capitalismo, sino deshacerse de él y provocar otras formas de relación entre naciones.

 

La Comisión Europea frente al complejo nacionalismo catalán se comporta como una renovado Leviatán, brutaliza prometiendo mantener el orden. El 33 por ciento del Producto Interno Bruto de España va directamente a las cajas de la Comunidad Europea y Cataluña es la región más rica de España. La posibilidad de que Cataluña se declare independiente ha repercutido fuertemente en la economía española. Los propios bancos catalanes se han retirado de Barcelona; el turismo ha visto canceladas muchas reservaciones; la industria del libro se vería afectada por el cambio de lengua… Sin embargo, después de un periodo de incertidumbre, Cataluña podría convertirse en un Estado nación más en el concierto de Estados soberanos europeos. Lo mismo pasaría con Escocia, Córcega, Sicilia y Transilvania, cuyas naciones reivindican su particularidad.

 

Cuando me pongo a pensar en estas cosas llego al extremo de preguntarme si la brutal desaparición de Yugoslavia no respondió a la necesidad europea de demostrar que los Estados plurinacionales son débiles porque contienen un factor de desestabilización y una semilla de racismo. Yugoslavia era un país socialista con una economía estable aún después del fin del mundo bipolar, lo cual la convertía en un mal ejemplo para el sistema neoliberal en expansión. Pero sobre todo se había conformado después de la Primera Guerra Mundial con pueblos eslavos y las minorías albanesa y gitana, gracias a la caída del imperio austrohúngaro y la voluntaria anexión de monarquías locales. Confrontó a la Italia fascista que se quería apoderar de Albania, país autónomo, porque Gran Bretaña se la prometió para que abandonara su histórica alianza con Alemania y Austria y entrara al conflicto del lado aliado durante la Primer Guerra Mundial. ¿Por qué Europa siempre ha insistido en las limpiezas raciales de los serbios, minimizando las de los otros pueblos eslavos del sur? ¿Por qué eran ortodoxos y no católicos? ¿Hay algo de racismo europeo en esto?

 

Yugoslavia se deshizo en varios países nacionales con la ayuda de la CE y de la Otan, ¿por qué hoy entonces el órgano político de la economía europea suspira de alivio cuando el referéndum escocés arroja que esa nación no va a separarse del Reino Unido y no apoya el derecho del pueblo catalán a efectuar su propio referéndum?

 

El panorama mundial revela la crisis terminal de un sistema. La explotación capitalista de los recursos ha llegado a agotar la capacidad de la Tierra de producir fuentes para la vida y la industria. La crisis climática ha desatado una serie de cataclismos impredecibles. Las sequías provocan graves hambrunas en extensas zonas desertificadas. Las guerras se prolongan, no tienen fin ni proyectan futuros de paz. Muchas de estas guerras surgen de invasiones lideradas por potencias no limítrofes como en Afganistán, Iraq, Siria, Libia. Hay procesos de independencias nacionales truncos como el de la República Árabe Saharaui Democrática y dictaduras que no se cuestionan porque son ejercidas por un presidente elegido en las urnas, como en la Turquía de Erdogan, o por un ejecutivo de facto por rebelión parlamentaria, como Temer en Brasil. A la vez, están en curso guerras que la prensa no reporta, como el conflicto sociopolítico yemení, desatado por el golpe de Estado de 2014, o la guerra de Armenia y Azerbaiyán por la posesión de Nagorno Karabaj, un territorio del estado azerí habitado por armenios.

 

Realmente ha llegado el momento de preguntarse nuevamente qué son las naciones, y si los Estados son una forma de organización político-territorial necesaria.

 

1. Reflexiones sobre la esclavitud de los negros, 1781, firmada con el seudónimo de M. Schwartz.

2. Ver al propósito la película documental Binxet: Bajo la frontera, de Luigi d’Alife, 2017.

3.“Racismo y nacionalismo”, en E. Balibar e I. Wallerstein, Raza, Nación y Clase, 1988.

4. Capitalismo histórico y movimientos antisistémicos. Un análisis de sistemas-mundo, 2004.

 

*Escritora y filósofa.

 

 

 

 

 

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