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Colombia, elecciones presidenciales. Lo inesperado y lo esperado

Colombia, elecciones presidenciales. Lo inesperado y lo esperado

 

Pasaron los comicios del 25 de mayo y nadie fue sorprendido con los seleccionados para segunda vuelta presidencial: Juan Manuel Santos y Óscar Iván Zuluaga. Sin embargo, los 458.156 votos que dieron la punta al candidato del uribismo no sólo asombraron, también instalaron una campaña en la que la continuidad o no con el proceso de paz de La Habana es el tema fundamental, determinando las alianzas partidistas y, al mismo tiempo, el desenvolvimiento de la política electoral del movimiento social. ¿Qué significado tiene la pugna en las urnas de la derecha y su hermana extrema?

 

Sorprendidos por los resultados emitidos por la Registraduría durante las dos horas anteriores, los integrantes del comando de campaña de Juan Manuel Santos recibían a las 6 de la tarde del domingo 25 de mayo el consolidado electoral que sonaba a la crónica de una derrota inverosímil. El rostro de Juan Mesa, fruncido por el desespero, era similar a la iracunda mirada de Germán Vargas Lleras, que de seguro recordaba las anteriores derrotas sufridas ante el expresidente Uribe, ahora con un score de 4-0 a su favor (1).

Los minutos pasaban, el peso de las cifras consolidadas no decaía y el ambiente en la sede de campaña era cada vez más lúgubre. Santos, envuelto en una abigarrada chaqueta roja, con la compostura propia de quien no se resigna a perder, mirando a su esposa María Clemencia Rodríguez como en solicitud de apoyo, toma la palabra, y como tratando de auto-convencerse afirmó, entre los tataretos propios de su voz que, “[…] en tres semanas los colombianos tendrán dos opciones: podrán escoger entre quienes queremos el fin de la guerra y los que prefieren una guerra sin fin. ¡Y vamos a ganar con la paz!” (2).

Una bofetada no calculada. El brazo que golpeó en el rostro del presidente-candidato reunía la potencia de 458.156 sufragios, los mismos que recrean una condición novedosa dentro de la final de la primera vuelta y candidatos para la segunda: Juan Manuel Santos y Óscar Iván Zuluaga. Lo innovador es que muy pocos proyectaron que el orden de la elección sería inverso, con el candidato alfil como cabeza y el ahora Presidente secundándolo. Aunque encuestas como las de “Cifras y Conceptos” previeron este escenario, era fácil admitir que un candidato, que a su vez es cabeza del poder ejecutivo, no tuviera la capacidad requerida para liderar las preferencias en las urnas.

Esta es la realidad sellada en las urnas. El tiempo que separa primera y segunda vuelta será de intensa pugna en las entrañas del poder real, donde decidirán si el santismo queda desvanecido en el aire ó si el uribismo pervive en la casa de Nariño como un oscuro recuerdo. En medio de ello, lo cierto es que hasta ahora el uribismo mostró más de lo que aparentaba y el santismo menos de lo esperado.

Mientras tal final queda sellada, el embrujo electoral y la condición que implica para el país de abajo caminar por trochas que son determinantes para su futuro –como los acuerdos rurales de la Cumbre Agraria firmados a principios del mes de mayo, la mesa de La Habana y la probable apertura de la negociación con el eln–, procesos y compromisos que parecieran depender de la continuidad del actual Gobierno, plantean encrucijadas nunca antes vividas por las generaciones que hoy renuevan la izquierda social y política. Valga decir, falsas disyuntivas pues el coste de culminar el proceso de paz con las farc, y no iniciar una mesa de diálogo con eln es algo que la comunidad internacional y las transnacionales difícilmente están dispuesta a tolerar.

 

No ha muerto

 

El ejercicio político liderado por Uribe por más de veinte años, tanto en el gobierno regional –Antioquia– como nacional, además de sus últimos años como opositor, bastaron para crear y hacer pervivir en amplios sectores sociales, valores y símbolos, así como una condición política e ideológica que lo presenta como triunfador en la batalla cultural. Es decir, con la constante de acciones comunicativas a través de los grandes medios de comunicación; el favor de los presupuestos departamental y nacional; un discurso reiterativo, que como la gota perfora la dura roca, acompañada de una escalada paramilitar que azotó pequeñas y medianas poblaciones, sin dejar de estar ausente en las grandes, con esa constancia lograron para sí la dirección intelectual y moral de los sectores sociales que más influyen en el sistema político: las clases medias urbanas y rurales concentradas en el país andino y llanero, resumidos por su acción ante las urnas en 3.759.971 votos, según el 99,97 por ciento escrutado de los comicios del 25 de mayo; personas que no se movilizan corporativamente pero que sí tienen capacidad, en esta democracia de minorías, para hacer comprender que las ideas de derecha radical aún moldean el país.

Ante estos hechos destaca lo que el profesor universitario Fabio López de la Roche, en su obra Las ficciones del poder (2014), llama nacionalismo anti-farc, soportado sobre una base social que palpita con discursos como el pronunciado por el candidato Zuluaga después de la victoria de la primera vuelta presidencial: “No podemos dejar que las farc pretendan comandar el país desde La Habana. El Presidente de la República no puede, ni debe ser manipulado por las farc, el principal cartel de narcotraficantes del país”. No es casual, por tanto, el énfasis que toma la campaña donde Santos, que no es pacifista, queda como su referente.

Con un saldo de varios miles de votos a su favor, con el incremento del abstencionismo que también parece estar a su favor, Zuluaga encara la segunda vuelta con el reto de la reconstrucción parcial del bloque que sostuvo a Álvaro Uribe en el poder. No es casual, por tanto, su llamado a la candidata conservadora Marta Lucía Ramírez –tercera votación– para “[…] unir esfuerzos en beneficio de Colombia y construyamos el cambio que nuestro país anhela y necesita” (3).

La respuesta llegó pronto. Las declaraciones del 28 de mayo de adhesión de Ramírez a la campaña de Zuluaga (4) dan forma a un curioso pacto entre el expresidente de la mano dura –Uribe–, el de la mano blanda con la guerrilla –según AUV– Andrés Pastrana, y el sector de las bases conservadoras de Marta Lucía, que no fue ni es respaldada por la cúpula de congresistas de su partido, decididos por la campaña reeleccionista de Santos, quien para las elecciones del Congreso entregó más de 145 mil 600 millones de pesos en cupos indicativos a barones electorales godos como Roberto Gerlein y Efraín Cepeda.

Consolidado el triunvirato Zuluaga, Pastrana, Ramírez, y si los votos fueran endorsables, 1.995.698 de los conservadores quedarían sumados a los del candidato del Centro Democrático, reuniendo de esta manera alrededor de 5 millones 755 mil, es decir, el 44,77 por ciento de los emitidos el 25 de mayo.

 

¡Vengan todos por la paz!

 

Efecto teflón. Semanas de “propaganda negra”, con denuncias y develamiento de los manejos uribistas de las redes sociales al estilo NSA, con los cuales fue posible neutralizar los intentos de la campaña del Centro Democrático por paralizar a la santista, no surtieron efecto en los votantes. Incólumes, indiferentes por aquello que llaman ética, los uribistas asistieron en masa al ritual electoral. Las cifras arrojadas por el rápido conteo de la Registraduría lo confirman.

Ante esta realidad, al final del 25 de mayo, el equipo de campaña santista toma cartas en el asunto. El reto no es menor: recuperar el espacio perdido y sobrepasar al contrario en la segunda vuelta. Corregir es la consigna, y para ello el expresidente César Gaviria (1990-1994) y exsecretario general de la OEA (1994-2004), asume las riendas de la campaña: precisa, indica y orienta las nuevas coordenadas: más cuñas por televisión, ofensiva con el tema de la paz, contactos políticos para ganar aliados, movilización por las regiones, ahondamiento del esfuerzo en Bogotá en procura del voto de opinión, y como si desatara guerra sucia: generar miedo ante el posible regreso de la guerra y la clausura de la negociación en curso en La Habana.

Éstos son algunos de los propósitos. Pero hay más, y los blancos son fijos: copar parte del 66 por ciento de los colombianos que no votaron o lo hicieron en blanco; retomar el país andino y llanero, perdidos ante el uribismo; ganar en las áreas de frontera colombo venezolana, movilizadas por clases medias y sectores comerciantes insatisfechos por la difícil situación económica que enfrentan; acelerar la entrega de 32 mil viviendas gratis; tratar de sanar la cuenta de cobro pasada al gobierno en los departamentos donde ocurrió el paro agrario, que son los más afectados por la agudizada dinámica de los Tratados de Libre Comercio, entre ellos Quindío, Huila, Risaralda y Boyacá; ganar electoralmente (en alianza con poderes regionales) los departamentos con presencia histórica de la insurgencia, incluidos aquellos que componían la dispersada retaguardia nacional de las farc, es decir, Caquetá, Meta, Vichada, Casanare, Norte de Santander y Arauca. Y un reto especial: ‘cobrar’ los 2,4 billones de pesos y 1.975 puestos repartidos en las elecciones al Congreso, llamando al orden a congresistas con influencia electoral en regiones como la costa Caribe para que multipliquen actividades e intenten con ellas reducir en unos puntos la abstención, crecida allí a un histórico del 68,31 por ciento (ver tabla).

 

El respaldo tácito del verde y el Polo como alfil

 

Una pretensión reeleccionista que demanda más, muchos más votos. Si Santos quiere asegurar la continuidad en la Casa de Nariño necesita los sufragios reunidos por el Polo, en cabeza de Clara López (1.958.414) y por el Partido Verde, en cabeza de Enrique Peñaloza (1.065.142). Por ello los corteja. Y si su éxito con este propósito fuera total, así y todo encabezaría la segunda ronda por un estrecho margen de menos del 6 por ciento.

La Alianza Verde ni muy muy ni tan tan. El candidato verde Enrique Peñaloza, tras aceptar su estrepitosa derrota en la primera vuelta presidencial, afirmó: “Colombia está en una coyuntura histórica. La posibilidad de terminar el conflicto con la guerrilla ojalá esté cerca. La ilusión de construir un país en paz puede ser una oportunidad cercana, a condición de que superamos la enorme inequidad de nuestra sociedad, a condición de que tengamos un Estado capaz de producir resultados. Sino, puede ser una oportunidad perdida y sería un enorme fracaso de nuestra generación” (5). Justificaba así la decisión tomada el 28 de mayo, cuando la Alianza Verde decidió no apoyar a ninguno de los dos candidatos pero haciendo el guiño para que sus votantes apoyen a Santos, el “candidato de la paz”, continuando así los pasos del petrismo que, liderado por Guillermo Alfonzo Jaramillo, Jorge Rojas y Aldo Cadena, ya había anunciado su llegada a esta campaña, con la decisión de colocar en marcha lo que denominan “un frente amplio por la paz”.

Por los amarillos. Al mismo tiempo el primer mandatario hizo ojitos al Polo Democrático Alternativo –PDA–, para lo cual no ahorró elogios, al afirmar: “Qué bien diseñadas las propuestas de la doctora Clara López para tener un país más incluyente y más equitativo, y para apostarle a la reconciliación en el posconflicto. Esas son también mis prioridades: los pobres y la paz. ¡Claro que vamos a hacerlo!” (6). Sin embargo, como lo confirman múltiples fuentes, al interior del PDA y la UP –de Aída Abella– la propuesta santista causa debate, existen posturas diversas sobre una posible alianza, algunos de sus líderes, como el congresista Iván Cepeda, su sector político y el Parido Comunista, azuzan en las discusiones con afirmaciones como “yo votaría por la paz” –mencionadas incluso 10 días antes de la primera vuelta–, mientras que sectores como el Moir de Jorge Enrique Robledo prefieren mantener una postura independiente y afirman en su twitter “Cero democrático obligar a escoger entre Santos y Zuluaga y negar que el voto en blanco o no votar es una opción democrática respetable”.

Difícil decisión la del PDA: si apoyan a Santos podrían obtener beneficios inmediatos particulares como el viejo y nunca olvidado propósito del trámite y aprobación en el Congreso, por ejemplo, del Estatuto de la Oposición. Pero el precio de esta ganancia no sería bajo: significaría minar parte de la credibilidad de un proyecto que a mediano plazo, junto con la UP, llegue a representar la renovación de las credenciales de la izquierda electoral en el país. Un riesgo que no es pequeño, mucho más cuando luego de cinco años de estancamiento Clara López barrió con el tope de 1 millón 250 mil votos que condenaban a la izquierda al estancamiento, fortaleciendo su rostro como alternativa electoral para las justas locales del 2015, donde de nuevo estará en juego la alcaldía de Bogotá y donde seguramente la misma Clara será candidata.

 

Una democracia para mamarse

 

Algunas de las cifras arrojadas en los comicios del 25 de mayo son elocuentes: 59,8 por ciento de abstención, es decir solo 4 de cada diez colombianos refrendan en las urnas el sistema político, los mismos que determinan los rumbos de la nación. De agregar a ellos los históricos 770.610 votos en blanco –4.46 por ciento más que en las elecciones presidenciales de 2010–, la conclusión es que sólo 2 de cada 10 de los habilitados para votar depositaron el tarjetón por Zuluaga o por Santos.

La actual situación arroja un supuesto callejón, Zuluaga la guerra versus Santos la paz, dicen muchos, pero ¿qué significaría para los movimientos sociales votar por la paz santista?, mucho más cuando es público que esta paz garantiza continuidad de los TLC y la reconversión productiva que genera despojo y desindustrialización.
En estas circunstancias, el movimiento social queda ante una disyuntiva, común para la historia de las izquierdas mundiales cuando existen crisis capitalistas. Éstas, en determinado momento –como en los albores de la Primera y Segunda Guerra Mundial–, pueden optar entre los siguientes dos caminos:

Uno: en procura de mayores estadios de democracia, acompañar como vagón de cola al sector “menos malo” de la burguesía, en este caso el santismo. De hacerlo, garantiza a corto plazo su subsistencia, pero queda absorbido en el mediano por el ritmo del aparato político estatal, con lo cual perdería toda posibilidad de concreción de sus propósitos estratégicos.

Dos: intentar el despliegue de una política independiente, con la cual fortalezca la alianza de los sectores de izquierda y de centro, para buscar fracturar los espacios de la democracia aparente, desatando la indignación, ¡mamándose de esta democracia!, para así abrir camino a la refundación del sistema político colombiano, estableciendo un sendero por el cual llegar a ser no sólo gobierno sino también poder, todo ello a costa de enfrentar fuertes embates en el corto plazo por parte del poder establecido.

Dilema difícil de resolver, mucho más cuando los movimientos sociales están obligados a denotar –a costa de parecer contrarios a la solución política– que las banderas de la paz no pueden garantizarse con un movimiento de alfiles desde arriba, insistiendo en una conjunción de acciones de mediano y largo plazo, entre economía, política, ideología, comunicación, que permitan, además, arrebatarle la hegemonía sobre los corazones y mentes de los connacionales a la derecha radical.

 

Los dados están por lanzarse. 

 

1 Primera derrota: el expresidente mintió y engaó a la opinión pública afirmando que las farc eran las autoras del atentado con carro bomba que sufrió en 2005 Germán Vargas. y en 2011 la opinión pública supo que un agente del DAS había orquestado la entrega de los explosivos y el atentado mismo (http://www.semana.com/nacion/articulo/el-atentado-german-vargas/247895-3); segunda derrota: en el segundo mandato de Uribe colocan en marcha un esquema de control de las regalías sobre el departamento de Arauca, con el supuesto de controlar la intervención de la guerrilla en los presupuestos públicos, pero en tal momento Cambio Radical -partido de Vargas- poseía la mayoría de las alcaldías de los principales municipios del departamento, al constreñir el erario público se desató una fuerte pelea en la cual Vargas Lleras, entonces Senador, terció por los alcaldes contra el gobierno nacional, pugna en la que fue derrotado de un plumazo por Uribe; tercera derrota: durante la discusión por la posible segunda reelección de Uribe, a Germán Vargas, opuesto a esta posibilidad, le quitaron todo el poder burocrático que poseía en el Estado, perdió, entre una decena más de instituciones, el control del Viceministerio de aguas y acueductos; la cuarta derrota acaeció, precisamente, el 25 de mayo
2 http://www.wradio.com.co/noticias/actualidad/santos-dijo-que-colombianos-elegiran-entre-fin-de-la-guerra-y-guerra-sin-fin/20140525/nota/2242261.aspx

3 http://www.elespectador.com/noticias/politica/el-discurso-de-oscar-ivan-zuluaga-tras-resultados-de-pr-articulo-494456

4 http://www.elespectador.com/noticias/politica/zuluaga-y-ramirez-prometen-darle-una-oportunidad-paz-articulo-495132

5 http://www.claudia-lopez.com/dicurso-agradecimiento-enrique-penalosa/

6 http://www.elespectador.com/noticias/politica/discurso-del-candidato-reeleccion-juan-manuel

 

* Integrante del Consejo de Redacción, Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 


 

Recuadro

Una rectificación para ver la hegemonía

En la edición 130 de Le Monde diplomatique, edición Colombia fue anunciado el colapso del embrujo uribista basados para ello, por lo menos, en cuatro factores:

 

Primero, la fractura de la unidad política que sostenía el poder total, marcadamente unipersonal. Así, por ejemplo, los partidos de la U, congresistas conservadores e incluso fracciones del PIN rompieron con él, resquebrajando la unidad compulsiva del bloque de poder tras la figura del caudillo autoritario de carriel;

Segundo, como ha sucedido en pocas ocasiones de la historia nacional, el bloque económico está dispuesto a depurarse. Es decir, la burguesía financiera –que hoy lidera la reestructuración de la economía capitalista en el país– ve la necesidad y siente que tiene la capacidad de reducir el poder y la incidencia económica de los terratenientes, pues el proyecto agro industrial y de extracción minero energética obliga a reordenar las 114 millones de hectáreas que componen el país, revocar el amplio territorio en que está situada la ganadería extensiva, y menoscabar los poderes regionales existentes;

Tercero: la anterior condición permite comprender que para la cúspide de las clases sociales que dominan a Colombia, Uribe fue una necesidad temporal, un bonapartismo sui generis, tras el cual se cobijaron al vaticinar la apertura de una crisis de dominación y explotación, pero una vez superada esta disrupción estratégica ya era entendido como un autoritario inútil, sediento de poder, que imposibilita y no permite virar hacia donde lo requiere el capital.
Así, del apoyo unánime de los medios de comunicación, gremios financieros y bancarios, de los industriales, exportadores y cafeteros, se pasa a una condición en la que tan solo algunos excéntricos burgueses lo apoyan, entre ellos Luis Carlos Sarmiento Angulo quien –según el Fondo Nacional de Financiación de Partidos y Campañas electorales– donó 400 millones de pesos a la campaña;

Cuarto, porque se venía conjurando la contra al embrujo, a través de la indignación que despertó su presencia en poblaciones conservadoras como Boyacá y la paramilitarizada Soacha, donde centenas de manifestantes, incluso líderes agrarios como César Pachón increpaban al exmandatario haciendo que sintiera inseguridad en las plazas públicas del país.

Sin embargo, a las cuatro cruces colocadas sobre una tumba prefabricada como proyección de los resultados minoritarios del Centro Democrático en las elecciones para Cámara y Senado, les quedó suelta la elipsis de la vida política, la misma que ahora hace presencia. El uribismo no sólo descansa sobre las fuerzas que reúne el bloque de poder dominante.

Desde luego, el uribismo no es la opción económica acelerada que necesitan las transnacionales y la burguesía financiera, urgidas de reconvertir el campo, ni tampoco es la vía para la consolidación democrática que permita usar a las guerrillas desmovilizadas como partidos que reafirmen en un nuevo pacto social su condición política, llevándolas a su autodestrucción a través de la defensa del acuerdo de paz, en el esfuerzo por participar como partidos culpables en un Estado relegitimado.

En estos aspectos Zuluaga está en las antípodas, representa un campo esencialmente terrateniente y la opción por intentar acabar con las guerrillas política y militarmente antes de su conversión en partidos, creando un Estado autoritario bajo la egida de un liderazgo en las sombras. Pero, aun siendo el más atrasado de los andares, el uribismo es una variable viable a la cuál puede adaptarse el bloque de poder en depuración, mucho más cuando sabe que maneja directamente las cúspides de las otras dos ramas del poder público: la legislativa y la judicial.


M.S.

 


 

Departamento % votantes Votos para Santos
Córdoba 36,13 206.311
Sucre 39,76 112.398
Bolívar 26,71 143.926
Atlántico 24,28 194.711
Magdalena 31,56 134.294

 

  

 

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