Del relato legendario al cuento de violencia

Del relato legendario al cuento de violencia

 

Mito y modernidad: dos conceptos avanzados en la investigación arqueológica, en las literaturas fundacionales y en la reflexión filosófica. La arqueología aspira a romper el velo entre imaginación y verdad, adentrándose en el inquietante mundo de las coincidencias compartidas con la historia, aclaradas por la ciencia con el fin de revisar la esfera de lo conocido y reorientar el entendimiento. En el tomo I de La vida de Grecia (Editorial Suramericana, 1945), al referirse a Heinrich Schliemann, el Cristóbal Colón de la ciudad de Troya a finales del siglo XIX, el gran Will Durant nos cuenta cómo el arqueólogo, “cuando vio que sus obreros le traían esqueletos, cerámica, joyas y máscaras de oro, dirigió lleno de gozo un telegrama al rey de Grecia para informarle que había encontrado las tumbas de Atreo y Agamenón” (p. 56). Las literaturas fundadoras corresponden al imaginario colectivo en grupos y asentamientos tan antiguos y diversos como el misterio insondable. En su extenso trayecto nos entregan la noción de lo clásico en medio de conflictos sociales, nacimiento y muerte de los imperios e interacción de costumbres y creencias. El mito y la leyenda implican de modo extraordinario la violencia universal en multitud de personajes y hechos portentosos. No es posible escapar a esta condición atávica en que los individuos se disputan su naturaleza con poderes humanos y preternaturales. Así en las cosmogonías de comunidades indígenas y en aquellas historias que buscan una explicación arquetípica a los fenómenos físicos. La filosofía se reserva la pregunta sobre el papel del ser ante presencias sobrenaturales, desde el verbo instalado en la liturgia hasta la relación con dioses y semidioses corporizados por lo matérico y lo metafórico. Merced al colorido de la palabra y a la acción poética podemos adentrarnos en la explosión del mito planetario con su carga de oralidad en los primeros tiempos de la especie, en la comedia, la tragedia, el teatro, la poesía y los festejos animados por representaciones disímiles.

La oposición entre mito y realidad, entre razón e imaginación, implantada por el pensamiento platónico y reforzada por la visión pragmática de la historia, fija el punto de partida hacia la pregunta por los mitos fundacionales, ya no de éste o aquél grupo humano en particular sino del conjunto de imaginarios de un país, una región o una zona cultural específica. De manera impulsiva sobreviven la fantasía cursi y lo fantasioso en las artes visuales y en manifestaciones estancas del género artesanal. Más propensa hacia esos dos ejes de la dinámica moderna, la cultura dominante no se resigna a perder su rol en los medios masivos de difusión. La recreación de mitos y leyendas por el cine hollywoodense, con su sesgo de distorsión y falsedad, que afecta por igual la historia de los Estados Unidos, concuerda con la política de afirmación de los héroes imperiales fabricados con el producto desechable, cuyo valor de verdad reside en la ganancia desmesurada. Quedan el arte y la literatura como fuentes de inspiración y resistencia, más allá de modos y modas implícitos en los confines de la pre-modernidad.

Robert Graves, mitólogo, cultor de la novela histórica y reputado investigador de tendencias estéticas en épocas pretéritas, nos sorprende con una versión depurada del mito en los tiempos de la Grecia Clásica, en pleno auge de la técnica y la ciencia. El título Los mitos griegos (Ariel, 1998), nos conduce a los momentos de apogeo y descenso de aquellos personajes que antes habíamos encontrado en Homero, Virgilio y otros exponentes de la cultura latina. El lector puede entrar en este universo heterogéneo con la misma fascinación con que lee La diosa Blanca, una exploración edificante sobre los demiurgos, los poetas y su increíble relación con el lenguaje humano. Esta disposición por convertir lo antiguo en moderno, lo imaginario en auténtica creación poética, es lo que diferencia el devenir del viejo continente de las culturas prehispánicas. Con suficiente tiempo para la memoria, Europa nos ha enseñado épocas de ostentación y derrota, de pujanza y miseria globalizada. Como lectores nos sentimos legatarios de aquel caudal que, cruzando mares y geografías, nos convoca a estadios soberbios de la especie en su travesía de asombros, obligándonos a volver los ojos sobre nuestro pasado.

Oralidad y escritura: sabiduría arrasada a sangre y fuego y escrituras proscriptas, tal la gestión adelantada por los usurpadores en el nuevo continente. Por las grietas de la controversia avistamos a los profetas, poetas y cantores de las culturas Maya, Inca, Azteca, Chibcha, Quiché, Agustiniana…, y el distanciamiento ante el “tiempo loco”, impuesto por la España imperial contra los imaginarios colectivos de la América milenaria. El “tiempo loco” de los europeos, así entendido por el maestro Chilam Balam de Cumayel, delator y contradictor de las prácticas del despojo y cristianización de los pueblos sometidos. Es la irrupción de la gran literatura, de los grandes cuentos orales transmitidos a las nuevas generaciones, pero pronto vendrá la era del neocoloniaje, de la identidad extirpada en los procesos de alienación imperantes hasta nuestros días. En Eclipse, un pequeño y estremecedor cuento de Augusto Monterroso, fray Bartolomé Arrazola no logra impedir el ajusticiamiento por parte de los indígenas guatemaltecos, mientras uno de ellos recitaba “las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles”. Al sur del continente, entre la historia revisitada y las culturas precolombinas, Eduardo Galeano propone un recorrido ambicioso de sortilegios, guerras, conquistas, hechizos, profecías, cantos, corsarios y servidumbres para enseñarnos la poesía del fuego inserto en la conciencia, en la metamorfosis fabulosa de indios y negros en lucha desesperada por resistir a la sevicia de los invasores.

Relegado a condición tributaria durante los siglos consagrados a la consolidación y afianzamiento de la república, el mito se repliega sobre las islas, sobre las costas y cordilleras o desciende a los valles bajo el aspecto embrionario de la imaginería. En ciertos casos el sincretismo revela las fronteras entre pasado y presente, tanto en las culturas nativas como en las formas autóctonas de la vida campesina. La expresión aldeana encuentra entre nosotros un lugar oportuno en los cuentos de don Tomás Carrasquilla, Efe Gómez, Jesús del Corral, Eduardo Caballero Calderón, Manuel Mejía Vallejo y otros autores telúricos, seguidos en la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI de varias generaciones situadas entre el candor poético y la violencia desproporcionada. Requeridos por el antagonismo en campos y ciudades, los escritores conservan el habla y las costumbres propias del subdesarrollo, ajenos a la demanda teórica en diversos países del continente. El cuento urbano o de ciudad, desarrollado a la par con el proceso de industrialización y la componenda, muy poco ofrecían a esa corriente renovadora del realismo poético, el realismo fantástico o lo real maravilloso. Los nombres de Hernando Téllez, Eduardo Santa, Jorge Zalamea, Arnoldo Palacios, Fanny Buitrago, Carlos Arturo Truque, Jaime Espinel e incluso Elmo Valencia, sin contar a los narradores con una obra vigorosa en los albores del presente siglo, podrían tomarse como destellos en un terreno estéril para la brevedad. Con el advenimiento del “Realismo mágico”, las escuelas literarias y las transformaciones operadas en los dominios de la estética, todas derivadas de tendencias significativas provenientes de Europa, se abre para el escritor colombiano un panorama decisivo en cuanto a la concepción y puesta en marcha de su escritura. Pero este despertar es apenas transitorio, pues la literatura, concebida al calor de aquella experiencia iniciática, luego se vería supeditada a un giro repentino determinado por la dictadura del mercado.

El colapso inevitable del “boom” latinoamericano, la flexibilización de contenidos y la preferencia de los editores por obras de consumo inmediato, factores destinados a la suplantación del arte por la mercancía, ocasionaron una fuga de plumas y una “domesticación” forzosa de los creadores, convertidos en discretos monigotes publicitarios. Cegado por una modernidad ilusoria, el narrador actual mantiene su balanza entre las bondades de la mercancía y el descubrimiento de experiencias inéditas de la creación literaria. Al igual que en los mitos antiguos, la violencia constituye el núcleo temático de expresión en todos los ámbitos de la vida personal y comunitaria.

La violencia y la vida, la muerte y el odio con sus variantes multidireccionales. En campos y ciudades, en selvas y villorrios, durante siglos asistimos al círculo vicioso de un despotismo que traspasa las fronteras nacionales. Lo hallamos en la poesía, el drama, el cuento, la novela y el cine, además del folclor llevado a la rima, al canto y a la greguería. Nos pasea por la Revolución Mexicana de la mano de Juan Rulfo o por la violencia política colombiana en los cuentos y novelas de Gabriel García Márquez, o nos presenta un panorama de mortandad y desolación en la pluma de Miguel Otero Silva. Contra este pasado reciente reaccionan algunos escritores, so pretexto de minimizar el impacto de la violencia en la literatura o de hacer caricatura con autores de mayor acercamiento a los padecimientos del hombre periférico, según lo consigna Carlos Fuentes en La nueva novela hispanoamericana (Siglo XXI, 1990). Para él, Rulfo es el último representante de esta escritura apartada de la naciente narrativa continental. Desde luego, la fuerza emotiva y la concisión poética de la obra rulfiana superan ampliamente semejante cumplido.

Menos afortunado en estilo y más celoso de la imprenta —al fin y al cabo hechura del negocio bogotano—, el autor “Malpensante”, conmovido por la noticia del premio Nobel concedido a la canadiense Alice Munro, llega a considerar el tema de la violencia como una de las dos causas de la escasa proliferación del género en Colombia. Pasa por alto ensayos puntuales sobre las características de un cuento bien logrado o ha llegado a un extremo inaudito de perversidad. Partidarios de la indiferencia impresa en la cotidianidad, muchos escritores fungen de jerarcas ante la franquicia del gusto. Prefieren la “trivialización” del género, el simple divertimento. Otros temas ingresarán a la lista negra de estos nuevos censores y, por lo que vemos en la oferta, las historias arraigadas en los mitos originarios todavía siguen a la espera, salvo contados asomos en la llamada literatura infantil juvenil. La otra causa, a su parecer, es la poca producción de cuentos entre los escritores del momento, aunque dicho reclamo no debiera extrañarnos si admitimos que vivimos en un país donde la calidad literaria se mide por kilómetros. ¿Cuántos libros de cuentos publicaban al año autores como Juan Rulfo, Jorge Luis Borges o Juan Carlos Onetti?

Un país de un premio Nobel, una reina de belleza, un poeta, un ensayista, un científico, un héroe narcotraficante, un mejor policía del mundo, una gran editorial, un periódico de circulación nacional, un novelista escandaloso, un único presidente con calzones, una santa, un…, ¡uno!…, probablemente producirá cuentistas sin lectores pero también demasiados pedantes a la caza de compradores ingenuos. Un artista del lenguaje con cierto sentido ético de la escritura, aun cuando haya sido galardonado por la academia, no dejará de sorprenderse ante la impostura de los autores empresarios. Sobre un panorama de fosas comunes todavía fresco en los titulares de la prensa oficial, ellos suspiran con los paisajes bucólicos y las pequeñas travesuras de la clase media europea y norteamericana. Desconocen la capacidad transgresora de la poesía para descubrir los horrores de una sociedad condenada a la hipocresía y al crimen organizado.

No hay espacios ni temas vedados para la concreción de un cuento de alcances literarios. Lo sabían y lo saben Augusto Monterroso, Juan Rulfo, Luis Britto García, Sergio Ramírez, Mario Benedetti, Horacio Quiroga, y un largo etcétera latinoamericano. Tampoco las ideologías constituyen barreras para aparezca, en el ideario de una sociedad que busca la modernidad, un escritor reacio a la triste ayuda de los “Malpensantes”. Un monstruo de los bosques tropicales o un fantasma tomado de la mitología andina podrá provocar una risa sarcástica a un especialista en literaturas foráneas. Para un poeta o un narrador pueden ser la puerta de entrada a los misterios del arte. Nosotros, escribas subyugados por la rentabilidad de la imagen, tenemos los temas al orden del día. Con atmósferas situadas en el campo, en la ciudad, en sitios reales o ficticios, el escritor aplicado avanza hacia estructuras exigentes –no por ello menos estéticas–, basadas en las mismas fuentes que han nutrido a miles de generaciones.

Cercanos y remotos, mitos y leyendas hilan la abigarrada trama de los imaginarios sociales latinoamericanos, andinos y universales. Aproximadamente cinco mil años antes de Freud, los enigmáticos habitantes de la zona ocupada por el complejo escultórico de San Agustín habían indagado en el inconsciente humano y en la eterna disputa entre fuerzas opositoras: la batalla del águila y la serpiente, dispersa en las culturas arcaicas del Japón, la China y la Península de Yucatán. Ahí tenemos uno de los antecedentes legendarios del cuento de violencia. 

 

*Poeta, narrador y ensayista.

 

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