Historia del spam

Al momento de escribir este artículo, sentí compasión por el traductor que lo traduciría al francés. “Spam” remite a una combinación heteróclita de neologismos y puros galimatías, que son tomados a la vez de la informática, la ingeniería de protección, el derecho penal, el crimen (común u organizado) y la poesía de una Internet políglota alimentada de la jerga anglosajona. Allí se codean desordenadamente nociones ininteligibles como “envenenamiento bayesiano” (el arte de eludir o corromper los filtros antispam), “botnets” (redes de “máquinas zombis”) o “linkbaits” (vínculos concebidos subrepticiamente para estimular el deseo del internauta de cliquear sobre ellos). Este lenguaje altamente erudito suele evocar más onomatopeyas de historietas que un temible flagelo planetario: “sping” (contracción de spam y “ping”, que designa una solicitud enviada de una computadora a otra), “splog” (contracción de spam y blog), “lulz” (rasgo humorístico cruel)… Tratar de describir la industria del spam significa en el fondo importar el argot de los ladrones y estafadores a la tecnosfera del siglo XXI, conectar la corte de los milagros a la banda ancha. Imagínense a François Villon con un mouse en la mano, y empezarán a tener una idea de lo que los acecha.

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