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Un cuarto de siglo de ausencia de políticas en ciencias y tecnología

Un cuarto de siglo de ausencia de políticas en ciencias y tecnología

 Pese a los cambios en marcha en la actual sociedad planetaria, a través de los cuales el mundo transitó del capitalismo postindustrial hasta la actual sociedad de redes, en el último cuarto de siglo Colombia ha optado por congelarse en el tiempo: los presupuestos y las políticas aprobadas para y en ciencia y tecnología ni estimulan ni permiten que el conocimiento esté enrutado hacia la potenciación de lo mejor de nuestros pueblos, ni hacia la apropiación de lo mejor de la humanidad.

 

1991-2016: veinticinco años, un cuarto de siglo, algo más de una generación en términos demográficos. La Constitución de 1991 es contemporánea con la Misión de Ciencia y Tecnología, que resulta en un buen llamado: Colombia al filo de la oportunidad, el documento maestro de lo que en su momento se propuso que fueran las políticas de ciencia y tecnología si se quería un país próspero, desarrollado y con crecimiento. Una oportunidad que nunca se construyó, hasta la fecha, y que jamás se supo aprovechar tampoco. Veinticinco años, la edad cuando un adulto joven está en la plenitud de sus procesos de aprendizaje.

A título genérico, vale recordar lo sostenido por el matemático H. Poincaré: la grandeza de un gobierno se mide por las artes y la ciencia que ha producido. No por los edificios y las construcciones. Oídos sordos. En este cuarto de siglo los gobiernos correspondientes poco y nada de ciencia han producido (1) . Pues bien, concomitante con el tema de ciencia y tecnología, emerge ante la mirada reflexiva también el tema de la educación.

Hace 25 años fue creado el Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología (SNCyT), y se tuvo siempre la pretensión de elevar a Colciencias (Departamento Administrativo) al nivel de ministerio. Jamás se llevó a cabo esa ilusión. Por el contrario, en abril del año 2015 el gobierno de Santos decidió eliminar el SNCyT y subsumirlo bajo el Sistema Nacional de Competitividad e Innovación –eufemísticamente denominado Sistema Nacional de Competitividad, Ciencia, Tecnología e Innovación–, que se encuentra en el Departamento Nacional de Planeación (DNP). Un giro frente al cual los científicos y académicos expresaron en su momento sus reservas y dudas (2).

Giro fallido y en contravía de los desarrollos globales. En el curso del último cuarto de siglo –1991-2016– el mundo transitó del capitalismo postindustrial a la sociedad de la información (años 90), a la sociedad del conocimiento (años 2000) hasta la actualidad, la sociedad de redes. Mientras tanto, Colombia no implementó ninguna política de ciencia y tecnología efectiva, el presupuesto (ver Presupuestos…) en el tema jamás llegó al 1 por ciento del PIB (en contraste con otros países de desarrollo similar en América Latina y en el mundo), y el presupuesto de Colciencias se redujo drásticamente, lo que ocasionó que en varias ocasiones sus directores dimitieran como señal de protesta.

 

Paralelamente, el mundo hizo en el mismo período la transición de la web 1.0 a la web 2.0 –redes e interacciones sociales– hasta los comienzos de la web 3.0 –la internet de las cosas–. Colombia crea en el 2009 el Ministerio de Tecnologías de la Información y Comunicaciones (Mintic): las TICs, un concepto que en rigor obedece a los años 70 y 80 del siglo pasado. Las tecnologías convergentes –también llamadas NBIC+S (esto es, la nanotecnología, la biotecnología, las tecnologías de la información, las tecnologías del conocimiento y la dimensión social de las tecnologías)– permanecen prácticamente ignotas por parte del alto gobierno nacional.

En materia de educación, por primera vez en la historia del país, su presupuesto para el año fiscal 2016 fue superior al de defensa, pero ello debido principalmente a las presiones de la Ocde (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), en la que Colombia espera ser admitida como miembro.

 

Ciencia, tecnología y educación

 

De manera atávica, la ciencia y la tecnología se han desarrollado al interior de sus Universidades, de las cuales en el país hay alrededor de 80, de ellas 32 públicas. Sin embargo, de acuerdo con los desarrollos de la cienciometría, las universidades, y con estas,los programas académicos de pregrado y postgrado, los grupos de investigación y los propios profesores e investigadores, se ven sujetos a mediciones y escalafones que determinan su calidad y productividad (rankings), todo esto sin reparar en el pleno y efectivo desarrollo de sistemas de ciencia e investigación de punta, acordes con políticas estratégicas estatales en procura de la felicidad de los gobernados y un sentido de buen-vivir o de saber-vivir.

Sistemas de ciencia e investigación acordes, de verdad, con lo enunciado entre los años 60 y 80 por un destacado autor quien resaltó la existencia de dos clases de ciencia, así: la gran ciencia (big science) y la pequeña ciencia (little science) (3), caracterizada la primera por la participación activa de científicos y humanistas, del sector público y privado, de académicos e ingenieros, por ejemplo, en programas de investigación. La segunda, por su parte, reducida a grupos y líneas de investigación, donde cada ciencia y disciplina hace lo suyo. En este sentido, la ciencia en Colombia siempre ha sido pequeña, y el país se encuentra lejos de la gran ciencia, algo que define a los países y sociedades más desarrollados.

No es gratuito que el pensamiento abstracto haya sido históricamente menospreciado en toda la historia del país (4). En efecto, la filosofía, las matemáticas, la lógica y la música han ocupado en la educación nacional y en la valoración social de las mismas lugares secundarios. La inmensa mayoría de los colombianos educados son médicos, ingenieros, abogados, educadores o administradores. Cinco áreas destacadas esencialmente por el hacer, no por el pensar. Basta con mirar a lo largo y ancho de la geografía nacional cuántas facultades y escuelas de estas cinco materias hay y cuántas de las cuatro áreas del pensamiento abstracto. Pareciera que las élites de Colombia menospreciaran, históricamente, el valor del pensamiento abstracto, que es crítico y creativo a la vez.

Un autor destacado (5) dice que América Latina no produce ciencia ni tecnología, sino, en el mejor de los casos, científicos e ingenieros. De manera atávica, las universidades colombianas producen, en el mejor de los casos, cohortes y egresados, a nivel de pregrado o de postgrado.

Aunque sea un truismo, vale recordarlo: los pregrados producen profesionales, las maestrías sitúan a los estudiantes en el estado del arte del conocimiento, pero sólo los doctorados producen investigadores. Así, la capacidad de producción de ciencia es directamente proporcional al número de doctores que tiene un país, y es sabido que Colombia, si bien ha hecho progresos, no clasifica precisamente en los primeros lugares en cuanto al número de doctores con respecto a la población nacional. En ese orden, Brasil, Argentina, Cuba y Chile se encuentran en los primeros lugares en la formación de doctores (Ph.D.). Luego sigue Colombia. Veinticinco años de ganas, sólo ganas y promesas insatisfechas.

 

Crisis de la ciencia, crisis de pensamiento

 

En materia de educación, en este cuarto de siglo se solidificó el sistema de postgrados: nuevas maestrías fueron creadas, nuevos programas de doctorado, y la oferta se fortaleció y amplió. Al mismo tiempo, se implementaron procesos de acreditación de calidad en los diferentes niveles de la educación universitaria, desde el pregrado hasta el doctorado, tomando medidas de seguimiento a programas y universidades cuyas actividades resultan dudosas a los ojos del ministerio de Educación.

Pero esta es tan sólo la epidermis. Por debajo de estos procesos la mayoría de las universidades entraron en el régimen del capitalismo académico (6) y se impuso el sistema de presión del publish or perish (publicar o morir), a la vez que las reuniones de gestión del conocimiento se generalizaron a lo largo y ancho de la geografía nacional.

Sin duda, se trata de mantener ocupados a los profesores e investigadores, meterlos en la carrera de los escalafones, publicaciones e impacto pues así tienen menos tiempo para pensar. La crisis de la ciencia en Colombia es, concomitantemente, una crisis de pensamiento, el cual, por definición es crítico, reflexivo, autónomo y radical. Que se haga investigación no significa necesariamente que se piensa –el mundo, la sociedad, la realidad o la vida misma.

Este es un tema que tiene que ver directamente con la filosofía. Y en un plano más amplio, con la epistemología, los estudios críticos sociales sobre ciencia y tecnología, en fin, con la filosofía de la ciencia, tres áreas sensibles acerca del sentido, el papel y el significado de la ciencia en una sociedad.

De manera generalizada, lo impuesto en este cuarto de siglo fue el modelo de transferencia de tecnologías, y de conocimientos, expresado muy bien en las políticas de Colciencias: no existe prácticamente ningún apoyo a la investigación básica, y por el contrario, la inmensa mayoría de apoyos están orientados a la investigación aplicada y experimental. De esta manera, Colombia permanece aún lejos, en materia de políticas públicas de conocimiento, de entender y apoyar decididamente la investigación básica. Esta continúa haciéndose ampliamente en otros países, y prima aquí el cortoplacismo, y criterios de efectividad y eficacia, que no son precisamente los más relevantes en materia de ciencia, tecnología, investigación y pensamiento.

Es evidente que existen colombianos destacados en ciencia y en ingenierías, dentro y fuera del país. Pero, generalmente, estamos ante méritos personales antes que el reflejo de políticas apoyadas desde el Estado o el gobierno. Como con acierto dijera el profesor Takeuchi, el padre de las matemáticas en Colombia: “Un colombiano piensa mejor que un japonés, pero dos japoneses piensan mejor que dos colombianos”. El problema de base es la creación sostenida en el tiempo de procesos de integración, acuerdo, cooperación y trabajo en ciencia y tecnología a largo plazo con redes nacionales e internacionales. Un esfuerzo titánico que se logra más como resultado de relaciones interpersonales antes que de convenios y acuerdos institucionales.

Hay avances, sí. Pero ampliamente son el resultado de logros particulares antes que de políticas públicas. En otras palabras, los avances existentes tienen lugar a pesar del Estado, y no gracias al apoyo decidido a la investigación por parte de los gobiernos nacionales. Los estamentos gubernamentales y buena parte del sector privado (7) se encuentra aún lejos de entender plenamente el papel de la ciencia y la tecnología; en el mejor de los casos, apenas si alcanzan a pensar en competitividad, cuando la realidad es que la ciencia se hace con base en cooperación y redes de apoyo, discusión y debate. La innovación se asimila en estos tiempos al emprendimiento y el desarrollo de nuevas empresas y fortalecimiento de las antiguas.

Veinticinco años: la edad de mayor y mejor aprendizaje. Y sin embargo, todo parece indicar que el Estado poco y nada ha aprendido en materia de ciencia y tecnología, y si acaso, lo poco que ha aprendido es debido a presiones externas, notablemente de la Ocde.

En los marcos de los estudios de complejidad tanto como de sistemas evolutivos, la idea anterior es clara: hay organismos, hay sistemas, hay personas que no aprenden. Pues bien, los sistemas y organismos que no aprenden tienen claras desventajas adaptativas. La historia sucede a pesar de ellos. Y eventualmente, al cabo del tiempo, terminan por volverse endémicos y desaparecer.

Sin la menor duda, la ciencia y tecnología constituyen las mejores ventajas selectivas de aprendizaje y adaptación. Es más, ambas son la mejor condición, hoy por hoy, de desarrollo humano y social, de calidad y de dignidad de vida. Colombia ha entrado en el camino, acaso irreversible, del posacuerdo. Pero si es así, no hay que olvidar jamás que la protección de los derechos humanos pasa por y se funda exactamente en la lucha y la generación de condiciones para que la vida se haga posible y grata, mejor, con mayor calidad y con cada vez más dignidad. Digámoslo sin ambages, las políticas de ciencia y tecnología son, así, políticas de derechos humanos. Algo que los gobiernos elegidos en los últimos veinticinco años poco entendieron y continúan sin entender. 

 

1 Omitimos aquí la referencia puntual a las artes por delimitación del tema.
2 Basta con ver los varios pronunciamientos de la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y del órgano conjunto de las academias científicas del país.
3 De Solla Price, D., (1986). Little Science, Big Science… and Beyond. New York: Columbia University Press.
4 Cfr. Bushnell, D., (1996). Colombia. Un nación a pesar de sí misma. Bogotá: Planeta.
5 Cereijido, M., (2004). Por qué no tenemos ciencia. México: Siglo XXI.
6 Cfr. Maldonado, C. E., (2016), “El capitalismo académico: las universidades como entidades del mercado y mercadeo”, en: Revista Latinoamericana de Ensayo, año XIX, disponible en: http://critica.cl/educacion/el-capitalismo-academico-las-universidades-como-entidades-del-mercado-y-mercadeo
7 Hay que recordar que alrededor del 95 por ciento de las empresas en Colombia son pequeñas y medianas (PyMes).

 

*Profesor Titular de la Universidad del Rosario.

 

 

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