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Un estudio crítico. Educación de presidentes en América Latina

Un estudio crítico. Educación de presidentes en América Latina

 

Colombia y América Latina ingresan a la sociedad de la información, con el reconocimiento expreso que el ingreso a la sociedad del conocimiento será el paso siguiente. La forma más expedita de identificar a la sociedad de la información radica en la economía de la información, cuyos principales sectores económicos son: la industria del entretenimiento, de la educación, de la farmacéutica, de la información y las comunicaciones, y la industria de la cultura. Es claro que cada uno de estos sectores económicos tiene sub-sectores.

Como quiera que sea, la sociedad de la información, cuya base material descansa en la economía de la información se diferencia tajantemente del tercer sector de la economía –bienes y servicios–, por el hecho de que los bienes en el cuarto sector de la economía son intangibles, no-materiales. La información genera, al mismo tiempo, riqueza, bienestar y calidad de vida. Y con tanta mayor razón, el conocimiento. En este panorama, la educación –y específicamente los niveles más avanzados de la misma–, desempeña un papel fundamental en el desarrollo personal, social y cultural en todos los países.

Al mismo tiempo, América Latina se caracteriza históricamente por sus gobiernos fuertemente presidencialistas, antes que parlamentarios. La institución de la presidencia desempeñó –y juega hoy en día– un papel rector en los destinos de la región.

De forma histórica, la muy fuerte tradición presidencialista se expresó durante el siglo XX en la figura del populismo, con todos los colores e intereses: de derecha como de izquierda. Sin embargo, hay que reconocer que la idea de la presidencia como un ejercicio personal es, grosso modo, cosa del pasado. En el presente, y desde hace poco tiempo, resalta que el liderazgo individual (o personal) del presidente no es posible sin un fuerte equipo de asesores y colaboradores. Unos de perfil público, y otros de muy bajo perfil, ocupando, estratégicamente, salas anexas y lugares alejados de los focos.

Es más, en estudios sobre liderazgo queda claro que, de un lado, la figura de la presidencia, y de otra parte, el liderazgo como tal, es un proyecto colectivo, en el cual la vocería la puede tomar una persona, como en efecto sucede. De manera puntual: la mediocridad de un líder se identifica si sólo se rodea de gente inferior a él (o ella) mismo, de modo que nadie le robe el protagonismo y la luz de los focos. En este caso el mejor ejemplo es el Álvaro Uribe. Y en contraste, su inteligencia se identifica al rodearse de gente igual o mejor que él (o ella), gracias a los cuales puede emprender una labor de transformación.

Pues bueno, bien vale la pena echar una mirada a la correspondencia entre la presidencia como institución y los niveles de formación de cara al presente y al futuro de América Latina. Específicamente, tomando como referente el nivel más avanzado de formación o educación: el doctorado (Ph.D.). Una mirada desprevenida arroja luces sorprendentes sobre esta correspondencia y permite extraer conclusiones novedosas.

 

 

¿Qué significa un doctorado (Ph.D.)?



Debido a la influencia cultural de España, en la historia de América Latina llaman atávicamente como “doctores” a dos formaciones de pregrado: el derecho y la medicina. Y social e institucionalmente los llaman como “doctores”, lo que en realidad es un rezago del republicanismo en la región. Por extensión, “doctor” (o “doctora”) llaman a toda persona con influencia, poder o mando en cualquier escala y nivel social. La justificación de esta situación es que, de manera tradicional, la mayoría de sus gobernantes y hombres de poder y gobierno estudian derecho. Su impronta es una consecuencia evidente de la herencia española, hasta el punto que existen grupos determinados, sociedades y centros de poder que hacen del derecho un área estratégica de formación, de control social y político. Al fin y al cabo, sin ambages, el derecho es la gramática de la política.

Sin embargo, en el proceso de formación individual y social, los doctorados (Ph.D.) son una experiencia integral novedosa en la historia social, cultural y política de América Latina –a diferencia de Europa, e incluso de Estados Unidos.

Es importante tener en cuenta que el doctorado es el nivel más alto en la educación formal de una persona –y por extensión, de una sociedad. De hecho, los doctorados no son ya postgrados, pues éstos incluyen tan sólo a las Especializaciones y a las Maestrías. Esta idea puede ser presentada en una dúplice perspectiva:

De un lado, las maestrías forman investigadores, en tanto que los doctorados forman científicos, o bien su equivalente,
Las maestrías capacitan en cuanto al estado del arte del conocimiento –esto es, el punto exacto en el que el conocimiento se desarrolla en el presente, supuesta su evolución e historia–, en tanto que los doctorados consisten en una anticipación creativa del futuro, o en una proyección innovativa del presente hacia futuros posibles.

En específico, los doctorados son un componente central en la formación de capital social, humano e intelectual de un país, y constituyen el piso primero para todo el trabajo en términos a investigación y desarrollo (I&D) y, por consiguiente, el piso primero para la innovación –tecnológica y social– de una nación.

La I&D pueden identificarse, por consiguiente, como el núcleo de un país o una nación cuyo nutriente fundamental son los doctorados. De esta suerte, el modo y nivel de existencia de la I&D, aunado a otra serie de circunstancias de orden político, económico y cultural, da cuenta perfectamente de la existencia y fortaleza de los doctorados en un país.
El siguiente cuadro resume las implicaciones culturales y mentales de un doctorado:

 

Implicaciones de un Doctorado 

Un doctorado implica:

  • – Una estructura mental altamente desarrollada.
  • – Disciplina mental de alto nivel.
  • – Amplia capacidad de trabajar en red.
  • – Formación en espíritu crítico, y autosuperación al más alto nivel.
  • – Situarse y vivir en términos de conocimiento de frontera.
  • – Superar los límites en función de excelencia y calidad.
  • – Trabajar en función de futuros a corto, mediano y largo plazo, y sus entrelazamientos.

 

Tres características centrales de la apuesta por I&D



De manera puntual, tres son los rasgos distintivos de lo que económica, social y políticamente significa invertir en I&D.

 

  • Inversión a largo plazo. Es decir, se trata de proyectos económicos, financieros, administrativos, políticos y personales a largo plazo. Un doctorado dura como promedio 5 años, lo que corresponde al 7% del tiempo de exitencia de una persona, si se toma como promedio de vida los 70 años.
  • Capital de riesgo: Las apuestas por los doctorados implican capital de riesgo en tanto que nada ni nadie asegura que quien lo comienza lo terminará; o que al cabo del tiempo será más inteligente y creativo; o que tendrá un mejor trabajo. El capital de riesgo constituye el rasgo más sobresaliente de la sociedad del riesgo.
  • Inversión a fondo perdido: Un doctorado forma parte de la inversión fondo perdido puesto que los réditos del mismo revierten a la persona, a la universidad y a la sociedad en términos perfectamente distintos a los económicos, tales como valores éticos, rigor mental, excelencia personal, creatividad, espíritu crítico, y otros.

 

De manera puntual podría decirse que la I&D consisten en las siguientes proporciones:

 

  • Investigación: introducir un capital económico importante para generar conocimiento.
  • Desarrollo: invertir mucho y buen conocimiento a fin de generar ganancias y beneficios económicos y de bienestar material en general.

 

La inversión en I&D integra, de lejos, la más importante que puede efectuar un Estado y una nación, pues representa apostarle al futuro.

 

Presidentes y su nivel de educación



En la historia de América Latina sólo tres presidentes asumieron el máximo cargo contando con estudios formales como doctores: dos de México, y uno del Ecuador. El resto, todos, han sido simplemente profesionales, algunos con uno u otro estudio de lo que eufemísticamente se denomina como “especializaciones”.
Con cuatro excepciones notables, presidentes sin estudios universitarios que descollaron desde muy jóvenes por razones biográficas en las que está mezclada la pobreza y la política: José Mujica (Uruguay), Lula da Silva (Brasil), obrero de profesión, Evo Morales (Bolivia), campesino más que indígena, y Nicolás Maduro (Venezuela), conductor y sindicalista.

La tabla adjunta recoge a los presidentes con título de doctorado en Latinoamérica:

País  Presidente
México Carlos Salinas de Gortari (Economía política y Gobierno)
México Ernesto Zedillo (Economía)
Ecuador Rafael Correa (Economía)
Chile Sebastián Piñera (Economía)
Chile Ricardo Lagos (Economía)

Como queda claro, excepto por estos tres casos, existe una total desproporción entre los niveles de educación y el cargo más importante en cualquier país de América Latina. Y sin ambages, el presidente de un país tiene un alto valor simbólico, cultural y representativo, que no se corresponde con el momento y dinámicas que vive el mundo, y el futuro inmediato al que se abocan los pueblos y las sociedades.

En verdad, la inmensa mayoría de presidentes en América Latina tienen y han tenido tan sólo título de pregrado. Y ocasionalmente de algún estudio superior, o como eufemísticamente dicen, de “especializaciones”. Que, en rigor, en la línea de desarrollo intelectual y mental es poco para alguien con las dignidades, cargos y compromisos de la presidencia de un país.

Esta es la realidad. Pero también existen expresidentes, exministros, exalcaldes, y otros altos dignatarios con cursos en Harvard. En muchas ocasiones los grandes medios exaltan estos estudios, cuando en realidad son simples cursos de extensión no conducentes a título.

Miguel de la Madrid tiene una maestría, Michelle Bachelet, médica, posee una especialización en pediatría. Para efectos prácticos, una especialización médica equivale en el mundo entero a una maestría. Laura Chinchilla y Ollanta Humala también tienen una maestría. Y Juan Manuel Santos cursó dos maestrías, un caso único, explicable parcialmente por su origen familiar.

 

Contexto

 

Los países de América Latina sufren estructuralmente de impunidad, corrupción pública y privada, una fuerte asimetría de la información, en muchas ocasiones, incluso, una ausencia total de información transparente y compartida; incluso, en varios casos existe –o existió– una cierta connivencia entre delincuencia, mafia y poder. Con notables excepciones, desde luego.

En muchos casos, el caudillismo y el populismo, con diversos visos, ha marcado la historia política y presidencial de la región Y ambos son claramente residuos del pasado y obstáculos para el presente y el futuro.

Pues bien, si se quiere luchar estructuralmente contra estos males, una medicina necesaria es la capacidad mental, de formación y educación para entender la seriedad de estos problemas y para combatirlos decididamente.

La educación es un proceso mental con manifiestas cargas de orden moral y ético, hasta el punto que cabe suponer sin desconfianza –sin ser una regla de oro infalible–, que a un alto nivel de educación le corresponde un elevado estatuto moral. Lo mejor de la filosofía moral, de la filosofía política y de los compromisos morales de la economía apuntan en esta dirección en la historia de la humanidad.

 

Moral

 

¿Es posible improvisar en un cargo como la presidencia de un país? Tal vez sí, pero a riesgo de perjudicar a millones de personas. Por lo tanto, un adjunto de gran peso con la formación académica radica en el proyecto de país liderado, para ser rigurosos con el cual es muy importante una alta formación académica.

Es fundamental reconocer de manera explícita que la ausencia de una alta formación puede ser suplida por el conocimiento colectivo, garantizado por un buen equipo de gobierno, el cual no se limita necesariamente al integrado por los ministros, sino, que vincula, como ocurre usualmente, decenas de personas que acompañan, soportan, lideran, ejecutan, y demás, el proyecto colectivo. Todo depende, al parecer, de la importancia del proyecto económico, social y político que se quiere liderar.

De cara a la sociedad de la información y la sociedad del conocimiento, es deseable, siguiendo la prestancia de los presidentes de la nación, que también los primeros cargos de las grandes compañías y los más altos cargos públicos y privados tengan formación doctoral, pues ello redunda en una estructura mental más desarrollada, mejor visión, etc.
En nuestros países, los doctorados son el punto de llegada –personal, social o institucional–, pero en el mundo más industrializado, por el contrario, los doctorados son apenas el punto de partida.

Se trata, en efecto, del punto de arranque para procesos de investigación de gran alcance, y para procesos de desarrollo personal y social en toda la línea de la palabra.

En esta lógica, los países de la Ocde acordaron determinar que un país miembro no puede invertir menos del 1,2 o 1,5% del PIB en I&D. Lo cual, antes que un simple indicador macroeconómico, es una medida de desarrollo humano, de formación de capital social, capital humano y capital intelectual.

Finalmente, por derivación, cabe pensar que también altos cargos privados y públicos, que comportan en muchas ocasiones responsabilidades de gran envergadura, deben corresponderse con el hecho de que a su frente haya doctores (Ph.D.), Pues una persona con doctorado no necesariamente se dedica a la academia, sino, más ampliamente, es alguien con las mejores herramientas educativas, conceptuales y éticas que cabe esperar en el marco de la sociedad de la información y de la sociedad del conocimiento.

Ahora bien, es claro que la formación académica –por sí sola– no garantiza la ética. Pues, debe existir un fuerte y aceptado proyecto de país que motive a las personas para no dejarse embelesar por el afán del lucro personal; pero además, un dinámico proceso de participación social que le permita a la sociedad, en pleno, intervenir en los asuntos más diversos, participación que a su vez potenciará que los responsables de altos cargos se sientan parte de un proceso colectivo de país, por lo cual desisten ante la provocación que con toda seguridad les vendrá a la hora de hacer negocios a nombre de todos y todas. Lo dicho: cuando existe un proyecto país, que es lo que efectivamente puede apreciarse en los nombres de Evo Morales, Lula da Silva o (en una medida algo menor) en José Mujica.

La idea final es que dada la tradición presidencialista de los países de América Latina, el sentido de este estudio consiste en poder extrapolar la importancia de la buena formación también, en general, para los líderes de un país. Los del sector privado y los del sector público, los del ejército y los de la sociedad civil. Al respecto, cabe mencionar cómo, por ejemplo al interior de las fuerzas armadas, existe una tendencia creciente a tener títulos de maestría y doctorado, lo cual conlleva serias transformaciones con respecto a las tradicionales formas de poder y autoridad basados en la antigüedad y en el rango. La educación viene a cuestionar y a superponerse a aquellos otros criterios, y todo ello puede redundar en posiciones más democráticas al interior de los ejércitos.

Como quiera que sea, dada la importancia de la sociedad de la información, y el paso siguiente que será la sociedad del conocimiento, cada vez más los proyectos tienen y pueden ser colectivos. Y es entonces cuando las inteligencias, capacidades, y demás se complementan y fortalecen.

Entre tanto, alrededor del mundo los casos de presidentes con estudios de doctorado no son acontecimientos tan raros como en Latinoamérica. América Latina lleva, claramente una ventaja en materia de presidentes con doctorado. Europa ha tenido dos, uno en Hungría y uno en Alemania (un excanciller), pero ambos tuvieron acusaciones de plagio en sus tesis doctorales. Por su parte, E.U. sólo ha tenido uno: Widrow Wilson. 

 

 

por Carlos Eduardo Maldonado*

*Profesor titular. Facultad de Ciencia Política y Gobierno. Universidad del Rosario

 

 

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